sábado, 10 de enero de 2026

James Tate (Kansas, Missouri, EEUU, 1943–2015)

 

 

El arrepentimiento del comisario

 

Hacía varios días que me estaban pegando y torturando. Y de repente
un día les llegó la información de que se habían equivocado de persona. El
comisario me soltó. Se disculpó por todas las molestias –lo puso en esos
términos– ocasionadas. Me dijo que me iban a borrar el prontuario. Me 
acompañó a la puerta y me deseó las buenas noches. Cuando llegué
a mi casa traté de curarme las heridas. Tenía la espalda toda marcada
y los brazos cortajeados. Me preparé un buen bife y abrí una botella
de vino. Me tomé casi toda la botella hasta que me convencí
de que todo había sido una pesadilla. El comisario vino a verme
la mañana siguiente con una docena de rosas rojas. Me dijo
que se sentía muy mal por lo que me había pasado. “Estábamos
con demasiadas cosas en la comisaría, era inevitable que se 
cometieran algunos errores. De todos modos, ojalá encuentre
la forma de perdonarnos”, me dijo. Agarré las rosas que me ofrecía
y las puse en un jarrón. “Nunca hice nada que pudiera lastimar
a nadie”, le dije. “Ahora lo sé. Nos equivocamos feo. Cada vez
que lo pienso me dan ganas de llorar”, me dijo. “Bueno, ya pasó
y todavía estoy vivo. No pienso demandar a nadie. Me doy cuenta
de lo difícil que debe ser su trabajo”, le dije. “Hacemos lo mejor
que podemos, pero de vez en cuando cometemos un grave
error”, me dijo. Ahora estaba llorando, realmente compungido.
Me acerqué y lo abracé. “Bueno, bueno, ya está”, le dije. Él se apretó
contra mí. “Quiero a mi mamá”, me dijo. “Ya sé, yo también”, le dije. “Quiero 
mi osito de peluche”, me dijo. Y se quedó dormido en mis brazos.
 
Traducción de Ezequiel Zaidenwerg Dib
  

Dara Wier, James Tate


 

No hay comentarios:

Publicar un comentario