viernes, 9 de enero de 2026

Rainer Maria Rilke (Praga, 1875 - Val-Mont, Suiza, 1926),

 

 

 

 

 

Elegías de Duino

 

Octava Elegía

 

Con todos sus ojos la criatura
ve lo abierto. Sólo nuestros ojos
están como al revés y alrededor,
trampas al acecho de la salida.
Lo que está fuera nos alcanza
solo a través del animal; al niño
de tierna edad lo apartamos
para obligarlo a mirar atrás,
al mundo de la forma, no a lo abierto
que la faz del animal tan hondo
trasluce, libre de la muerte.
Nuestra mirada solo a ella ve.
 
El animal, libre, tiene siempre
su ocaso tras de sí, y delante
a Dios; cuando camina, penetra
en la eternidad como en la fuente.
Pero nosotros, ni siquiera un día,
tenemos por delante el espacio puro
donde la flor al infinito se abre.
En torno subsiste el mundo
y nunca aquello que nada limita,
lo puro, sin retención, que se respira
y se sabe infinito y no se ansía.
 
A veces alguien, un niño, se extravía
en su seno, estremecido, hasta que es arrancado.
Otro perece, y es. Porque cerca de la muerte,
ésta ya no se ve, y los ojos quedan fijos
en la lejanía, con la visión profunda del animal.
Cerca están los amantes, asombrados,
pero entre sí se atajan las miradas.
Como al descuido se les revela
lo que está por detrás, pero ninguno
logra avanzar hacia el otro y al instante
otra vez se configura el mundo para ambos.
Vueltos siempre hacia la creación,
de ella no vemos más que el reflejo
de lo libre, oscurecido
por nosotros. O acontece que un animal,
criatura muda, levanta la cabeza y en calma
nos atraviesa la mirada.
¿Qué es el destino sino lo que siempre está delante
y nada más que delante?
Si el manso animal que se acerca fuese consciente
como el humano, nos arrastraría a seguir
su paso. Pero su ser es para él
infinito, sin borde ni juicio
sobre su estado, puro como su mirada.
Y donde no vemos más que futuro,
él lo ve todo y en todo él se ve
y está a salvo para siempre.
 
Sin embargo sobre el animal cálido y alerta
gravita la inquietud de una gran melancolía.
Porque también padece del apego
a eso que al humano subyuga: el recuerdo
—como si aquello a lo que tendemos
con insistencia ya hubiese estado,
alguna vez, más próximo y leal, y el enlace
fuese dulzura infinita.
 
Aquí todo es distancia. Allá, todo era
respiración. Después del primer hogar,
el segundo aparece híbrido, azotado por los vientos.
Oh felicidad incomparable de la pequeña criatura
que en el seno que lo gestara permanece.
Oh la dicha del mosquito
que interiormente salta todavía
hasta en sus bodas: todo es seno materno.
Y la seguridad un tanto incierta del pájaro
que por su origen participa de lo ambiguo,
como si fuese el alma de un etrusco
al salir del muerto a quien el espacio recibe,
pero con la figura inmóvil como efigie.
 
Qué turbación la de quien debe volar
y procede de un regazo. Surca los aires
como si se agrietara una taza. Así la huella
del murciélago raya la porcelana de la tarde.
Y nosotros, espectadores, dondequiera
y en todo tiempo vueltos hacia todo
pero sin mirar la lejanía.
Las cosas nos abruman. Las ordenamos
y caen. Otra vez las ordenamos
y entonces también
nos despeñamos.
 
¿Quién nos ha hecho girar así, de modo
que hagamos lo que hagamos, siempre
quedamos en actitud de partir?
Como aquel que desde la última colina
contempla el valle por entero,
y una vez más se vuelve, se detiene,
se demora,
así vivimos: en despedida.
 
 
 
 Elegías de Duino, Buenos Aires, Leviatán, Colección Poesía Mayor, 1997
Versión de Ferenc Ovary.
 
(Fuente: Cecilia Pontorno) 
 

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