Había una espía en mi vida que no me dejaba dormir.
Todos los días sin falta me torturaba con los instrumentos
más sofisticados. Al principio, yo chillaba como un cerdo en el matadero.
Después me volví adicto. Entre sesiones, me ponía inquieto
e impaciente. Gritaba, “¿Cuánto más me vas a hacer esperar?”.
Y entonces ella me hacía esperar cada vez más. Me volví un experto,
un genio del aplastapulgares y del potro. En realidad
ya no la necesitaba. En su última visita me lo leyó en los ojos,
y eso le hizo un agujero por el que pude ver algo
parecido a la eternidad y a algunos de esos angelitos
cuyo único trabajo es fingir que lloran por gente como nosotros.
Traducción de Ezequiel Zaidenwerg Dib
No hay comentarios:
Publicar un comentario