El enemigo
Estuve buscando una salida, pero sin éxito. Vi en el espejo nublado los jirones de un futuro alguna vez espléndido. Sentía que había desperdiciado algo precioso e infrecuente. La amistad que otrora había conocido ya no me pertenecía. Ni siquiera el hospicio me quería. Traté de amontonarme con los sin techo pero me sacaron a palazos. Así que me alisté en el ejército y mi suerte empezó a cambiar. Enseguida me ascendieron. Era un soldado ideal. Seguía órdenes. Decía, “Sí, señor. No, señor”. No había nada que no estuviera dispuesto a hacer para complacer a mis superiores. Cavaba trincheras. Trepaba sogas. Podía pasarme el día tirando al blanco y siempre le acertaba al centro. Entonces un día entramos en guerra. Estaba loco de entusiasmo. En mi cabeza, el enemigo estaba cada vez más cerca. Me iba a llenar el pecho de medallas. El primer día que salimos a patrullar no vimos a nadie. Ah, sí, algunos chicos nos tiraron piedras, y un viejo montado en un burro hizo de cuenta que no nos veía. Se oyeron unos tiros, pero no se sabía a quién estaban dirigidos. Esa noche, en el campamento, explotó una bomba, con tres víctimas fatales. El segundo día estuve a punto de pisar una mina. El corazón me latía a mil por hora. De repente me asusté. Buscamos en edificio tras edificio sin resultados. Le dije a otro soldado de Kansas, “¿Dónde carajo están?”. Me dijo, “Están por todas partes. Nos tienen rodeados, nos vigilan, saben todo lo que hacemos”. “¿Y por qué no hacen nada, entonces?”, dije yo. “No les hace falta. Estamos haciendo exactamente lo que ellos quieren”, me dijo. Seguimos caminando, pateando la arena. El calor era insoportable y ya empezaba a ver cosas. Pero sabía bien que no tenía que abrir fuego. Un cohete nos pasó volando por encima y explotó, a punto de pegarnos. “Vino de por allá”, le dije a Kansas. “No te preocupes, no lo vas a encontrar. Desapareció”, me dijo. Una mujer estaba llenando su jarra en un aljibe. Nos dispersamos y rodeamos una vieja iglesia. “Les gusta esconderse en iglesias”, le dije a Kansas. “No te confíes”, me dijo. Abrí la puerta de golpe, con el rifle preparado. Había gente anciana rezando de rodillas. Se dieron vuelta y me miraron. “Perdón”, les dje. El capitán recibió el informe de que habían fuerzas enemigas escondidas entre los escombros no muy lejos de donde estábamos. Nos acercamos con cautela. Sonó un disparo y abrimos fuego, los rifles retumbando atronadoramente. Seguimos disparando varios minutos. Después se hizo un silencio y enviaron a un explorador para ver qué pasaba. Ahí no había nada, salvo unas latas viejas y la taza de una rueda. Esa noche cantamos alrededor del fogón. Era lindo estar en compañía de hombres de verdad. Sentía orgullo de pertenecer. A la mañana, cinco soldados aparecieron muertos en sus tiendas de campaña, con la garganta cortada. Tenía tanta rabia que sentía el sabor de la sangre en la boca. La venganza era nuestra misión. Marchamos por el pueblo, pateando puertas, aterrorizando a la gente, registrando cada habitación. Después de varias horas, no encontramos nada. Le dije a Kansas, “¿En qué estamos fallando?”. Me dijo, “Vos no entendiste nada todavía. El enemigo somos nosotros”. Me sentía confundido. Nos reagrupamos y salimos del pueblo. A un soldado le dio miedo una sombra y le tiró.
Traducción de Ezequiel Zaidenwerg Dib
SEMANA JAMES TATE
James Tate (1943–2015) nació en Kansas City, Missouri; el padre, piloto de la Fuerza Aérea, murió en la Segunda Guerra Mundial cuando el poeta tenía cinco meses. La prestigiosa serie Younger Poets de Yale seleccionó su primer libro, The Lost Pilot, cuando todavía estudiaba en el Iowa Writers’ Workshop. Después publicó una veintena de libros, enseñó en la University of Massachusetts Amherst y fue Chancellor de la Academy of American Poets entre 2001 y 2007.
El surrealismo de Tate es menos decisión estilística que diagnóstico cultural. Una y otra vez, el ejército y las fuerzas de seguridad de EE.UU. son presentadas en sus poemas en un inglés a la vez coloquial y burocrático. Pero enseguida, detrás del uniforme y de la jerga, aparece el ejercicio público de la violencia con el pretexto de la “seguridad”. La voz se mantiene impasible; y lo más ominoso no es la fábula, casi siempre absurda y a menudo cruel, que los poemas ponen en escena, sino la impune frescura con que la autoridad habla de su propia violencia administrada. Por lo general, lo que enciende la mecha es una orden razonable que se interpreta demasiado al pie de la letra; y de pronto ya es hábito, es planificación política, realidad mundial.
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