Desde donde estaba, las tropas parecían muy chiquitas. Después
se acercaron y todavía parecían diminutas. Ahí me di cuenta
de que estaba mirando por el extremo equivocado de mis binoculares.
Me dio tanta vergüenza que los tiré. Ahora las tropas parecían
bastante cerca y de estatura normal. Salté de entre los matorrales
y grité, “¡Sorpresa!”. Los soldados que venían a la vanguardia enseguida
me apuntaron, pero el capitán les ordenó que pararan. Les dije, “Hola,
me llamo Jaime y voy a ser su guía”. Los soldados miraron a su capitán,
que se encogió de hombros. “Bueno, muchachos, vamos, marchen”,
les dije. Y empecé a marchar. Primero marchamos por arriba del cerro,
entre robles y arces y sauces llorones. Después bajamos el cerro
y marchamos entre Chevrolets y Fords calcinados. Después
por un largo valle poblado de locales de Burger King y Kentucky Fried
Chicken. “¿Dónde le gustaría parar a comer?”, le pregunté
al capitán. “Yo elegiría McDonald’s”, me dijo. Ahí nomás encontramos
uno y comimos. Después sugirió que todos durmiéramos la siesta.
A mí me pareció razonable. Así que dormimos cuarenta y cinco minutos
debajo de unas palmeras de plástico. El capitán dijo, “Fórmense”
y todos los soldados obedecieron. Me puse al lado del capitán y él
me cuchicheó, “¿Y ahora adónde vamos?”. “Derechito, señor”, le dije yo.
Marchamos por una plaza donde jugaban un montón de chicos. Después
por un shopping con muchísimo tráfico. Le dije al capitán: “Necesito parar
acá a comprarme unos calzoncillos. ¿Podrían esperarme?”. “Unos
minutos, nada más”, me dijo. Entré y me puse a hacer compras. De un local
entré a otro y de repente estaba haciendo mis compras navideñas.
Me olvidé del ejército. Cuando salí del shopping ya no estaban.
De vez en cuando encuentro algún soldado perdido en mis andanzas,
pero nada que se pueda llamar un ejército.
Traducción de Ezequiel Zaidenwerg Dib
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