El impulso sanador
Después del bombardeo perdí la vista. Estaba ciego. Me puse a gatear por el suelo en busca de algo. Encontré un rifle. Estaba cargado. Fui hasta la ventana y la abrí. Saqué el rifle y apunté de un lado a otro. “Chris”, oí que alguien cuchicheaba mi nombre. “No dispares, soy yo”. “Estoy ciego”, le dije. “Andá a la puerta de atrás. Vas a encontrar un burro. Te va a llevar a la clínica”, me dijo la voz. Encontré la puerta de atrás y, efectivamente, había un burro. Me monté encima y salimos. De vez en cuando, una bomba nos caía cerca. Cuando llegamos a la clínica una enfermera me ayudó a bajar y me llevó adentro. Me pusieron en una habitación que tenía una cama. Hasta donde sabía, podía estar en el hospital del enemigo. Nadie tenía cara para mí. Los juzgaba por la amabilidad de sus voces o por la falta de ella. La primera enfermera, Ruby, era muy amable. Me tocaba los ojos como si fueran la posesión más valiosa del mundo. Después vino el Dr. Rankenberg y me pidió que me sentara en la cama. “Abra los ojos. ¿Qué ve?”, me dijo. “Veo unos fantasmitas grises que flotan en un paisaje soso y gris”, le dije. “Eso está bien, está muy bien”, me dijo. Después me golpeó con el brazo en la cara con tanta fuerza que casi me desmayo. “¿Ahora que ve?”, me dijo. “Manchitas rosas que se juntan con otras manchitas rosas”, le dije. “Excelente. Vuelvo más tarde para ver cómo está”, me dijo, y se fue. “Ese hombre es un monstruo”, me dijo Ruby. “Tenemos que sacarte de acá”. Me ayudó a levantarme de la cama y me acompañó a la puerta. “Tenés que volver a subirte a tu burro”, me dijo. “Te va a llevar hasta un lugar más seguro. Ahora andá, antes de que te descubran”, me dijo. Le agradecí su ayuda. El burro anduvo y anduvo toda la noche, aunque yo no veía nada. Me imaginaba palmeras bamboleantes y jóvenes bailarinas, aunque sabía que no había nada de eso. Probablemente sólo unos viejos barriles de petróleo y algunas cajas vacías de fruta, y me acordé de un velero de juguete varado entre unas piedras en alguna parte, luchando por soltarse. Y vi a un viejo de pie entre el velero y yo gesticulando con las manos, sin que palabra alguna saliera de su boca. Algo muy adentro se había roto.
Traducción de Ezequiel Zaidenwerg Dib

No hay comentarios:
Publicar un comentario