Había dos o tres rezagados que no podían seguirles el paso
a los demás. Le dije al capitán, “¿Qué hacemos con los
rezagados?”. Me dijo, “Fusílelos. Muchas veces a los rezagados
los captura el enemigo y los tortura hasta que revelan nuestro paradero.
Mejor que no nos puedan delatar”. Volví hasta donde estaban los
rezagados y les dije que tenía órdenes de fusilarlos.
Se pusieron a correr para alcanzar a los demás. Después a un francotirador
lo bajaron de un árbol de un tiro. “Buen trabajo”, dijo el capitán. Después
subimos una montaña. Cuando llegamos a la cima, el capitán dijo,
“Cien dólares para cualquiera que sea capaz de avistar al enemigo”.
Nadie fue capaz. “Vamos a pasar la noche acá”, dijo el capitán.
Me tocó el primer turno de la guardia. Me fumé un cigarrillo y me puse a mirar
el bosque con mis anteojos de visión nocturna. Algo se movía,
pero era difícil determinar qué era. Había mucho movimiento,
pero no parecían hombres, más bien animales. Pronto
me quedé dormido. Cuando Juárez me dio una palmada en la espalda
para darme a entender que me iba a relevar, me dijo. “¿Estabas dormido,
no?”. Yo lo miré con ojos suplicantes. “El capitán te haría fusilar,
sabías, ¿no?”. No dije nada. La mañana siguiente Juárez
no estaba. “Capitán, ¿quiere que organice una partida de búsqueda?”,
le dije. “No, siempre sospeché que estaba con el enemigo”, me dijo.
“Hoy bajamos la montaña”. “Sí, señor, sí, capitán”, le
dije. Los soldados se revolcaron y rodaron, rebotaron contra árboles y
piedras. Algunos se rompieron la nariz y los brazos. Yo estaba al lado
del capitán al pie de la montaña. “Fusílelos
a todos”, me ordenó. “Pero Capitán, son nuestros hombres”, le dije. “No,
qué van a ser. “Mis hombres tienen disciplina y están bien entrenados. Mire
el lío que hicieron. Éstos no son mis hombres. Fusílelos”, volvió
a ordenar. Levanté el rifle y después me di vuelta y le pegué un culatazo
en la cabeza. Después me agaché y lo esposé. Los soldados
se congregaron a mi alrededor y emprendimos el regreso a casa. Por supuesto,
ninguno de nosotros sabía adónde volver, pero teníamos nuestros sueños y recuerdos.
O al menos eso creo.
Traducción de Ezequiel Zaidenwerg Dib
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