LIMONES
Mientras todo lo horrible sucede,
los tercos limones no dejan
de crecer, arriba, en mi terraza.
el daño que el poder
nos hace, buscando deshacernos,
cada día, a toda hora, un poco más.
Por el contrario, ellos,
con su empecinado modo
de cantar y perfumar la noche,
en la ovalada obstinación
de sus perfectas sonrisas de conejo,
en la aguda promesa de una acidez
que mañana, o pasado,
lloverá finamente sobre una milanesa,
están recordándole, a toda
esa caterva exigua de hijos de mil putas
que hoy ríen y celebran un nuevo
despojo a nuestra dignidad,
que ellos, los limones que orondamente
lucen su preñez cargada de semillas,
seguirán creciendo, sosteniendo,
obstinados, el lujo imprescindible,
la gracia improscribible de
nuestro más ancho orgullo, la necesaria
lucidez de nuestra gente
que hará que un día, pleno y limonado,
les desfondemos, de una vez y para siempre,
la impune prepotencia, la extensa mezquindad,
la torpe y desgraciada forma de ser ricos,
imbéciles, cobardemente crueles,
para llenarles luego, de a uno,
a cada uno, lentamente, el culo
de limones lucientes, rotundos, imparables.
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