El Bosque
Habría que volver a planearlo todo;
a los árboles perennes donde anida el venteveo.
He visto al señor Guzmán guardar en la alacena
una bolsa de 25 kilos de harina, a la panadera
sellar unos frascos de conserva, al joven
del bote con que los turistas cruzan a la isla, afilar
cuidadosamente un cuchillo con mango de cuerno de carnero.
Los he visto
a las seis; cuando el día los impregna de cansancio,
así como la sangre a una mordida
como el calor a los desiertos
fumar unos cigarros de hoja,
beber el licor casero de las frutas y el vino
aflautado y oscuro de los valles. Es mejor
ahora, cuando se escucha el agua acelerar entre las rocas,
un nuevo plan
una maniobra precisa
desde la infinita soledad, oler
el petróleo que se quema en la lámpara
que cuelga del clavo de la puerta,
la olla burbujeante del guiso ancestral
la manta con el aroma de alguien que se ha amado.
También puede pasar que;
el búho desde el primer árbol del pinar contemple
como se ovilla un hombre en su asiento de afuera
mientras el rocío lo cubre y más tarde lo escarcha.
Aquí entre los árboles;
el invierno y la muerte
son un plan accesible. Más que nada en las vueltas
del rio que se hiela.
Ahora viene Guzman escondido en su abrigo,
nos saludamos de lejos
y queda un aire en las ramas,
un mañana universal sin razón
ni despedida.
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