(Fuente: Daniel Edgardo Petasne)
Estudié la ciencia de la despedida
en las calvas quejas de la noche.
Rumian los bueyes y la espera se alarga,
la última hora de las vigilias de la ciudad.
Sigo el rito de esta noche del gallo,
cuando, tras llevar una penosa carga,
los ojos llorosos miraron a lo lejos,
y lágrimas de mujer se mezclaron con el canto de las musas.
¿Quién puede saber al oír la palabra «despedida»
qué separación nos aguarda?
¿Qué nos anuncia el canto del gallo
cuando la llama arde en la Acrópolis?
Y en la aurora de una nueva vida,
cuando en el zaguán perezosamente rumia el buey,
¿por qué el gallo, heraldo de la nueva vida,
en la muralla de la ciudad agita sus alas?
Y yo amo el hilo de la costumbre
se desliza la canoa, susurra el huso.
Mira: a nuestro encuentro, como pluma de cisne
vuela, ya, descalza, Delia.
¡Oh, mísera trama de nuestra vida,
donde es tan pobre el lenguaje de la alegría!
Todo pasó antes, todo se repetirá de nuevo.
Y solo nos es dulce el instante del reconocimiento.
Que así sea: una figura transparente
yace inmaculada en el plato,
como la piel tersa de una ardilla.
Una muchacha, inclinada hacia la cera, la contempla.
No nos toca adivinar la suerte del Érebo.
Para las mujeres es cera lo que para los hombres cobre.
A nosotros solo en las batallas nos habla el destino,
y a ellas, les es dado morir leyendo el futuro.
1918
De Tristia (1916-1921)
Traducción: Jesús García Gabaldón
(Fuente: Biblioteca Ignoria)
Quizá la mejor manera
de vernos reflejados no sea
mirarnos en un espejo sino
en la hoja de un árbol,
en los ojos de los animales,
en las manos
de quienes nos rodean.
**
Merodean por los saltos del corazón
expertos fontaneros,
barnizadores de jaulas,
que saben cómo reconducirnos la cólera.
Ellos diseñaron los mapas
que la desembocan en quien respira
dos centímetros más abajo,
en quien se apretuja con nosotros
en la estrechez del camino,
en el que se queda fuera
de las líneas que ya antes edificaron.
La llevan por tubos luminosos
que evitan las curvas y las encrucijadas.
La bombean para que parezca que deja atrás
el horario, el hueco del colchón y el ruido de la despensa.
Pero sabemos bien del embrujo venenoso de su abecedario
y nos sigue provocando llagas pronunciarlo.
Esta furia, que boquea
desde el desconcierto y el miedo,
aguijoneada por la frustración
pero también por el amor.
Esta ira, que tiene médula
indomable porque de las ampollas
y de las sonrisas raídas parte.
Esta rabia, que puede
agujerear sus conductos,
disolver sus atlas.
Esta,
con la que lograremos
quemar las cuerdas
que nos apresan los sueños,
que nos enguantan las manos,
que nos dirigen los ojos
lejos del abrazo.
**
Recomponer
lo que una vez estuvo unido;
ese abrazo
ensartado hoy por un alfileteo de grietas,
ese abrazo entre nosotras,
aquel con el entorno,
el que nos funde con el oxígeno
y las acacias y las liebres,
ese abrazo, ahora estrangulado por fronteras
y soberbia, que construye
una geometría donde nadie
puede quedarse atrás.
Recomponerlo,
no como meta
sino como única posibilidad de existencia.
Alberto García-Teresa. El áspero dolor de la esperanza. Lastura Ed. 2025
(Fuente: Voces del extremo)

Crúcenle las manos sobre el pecho: así. Enderécenle un poco más las piernas: así. Y llamen al coche para que se la lleve a casa. Su madre va a llorar un poco, igual que sus
hermanas y sus hermanos. Pero todas las demás pudieron bajar y están
a salvo y ella es la única de las chicas de la
fábrica que tuvo mala suerte con el salto cuando
empezó el incendio. Es la voluntad de Dios y la falta de escaleras
de incendios.
Traducción de Ezequiel Zaidenwerg Dib
(Fuente: Asamblea de palabras)
(Fuente: La comparecencia infinita)