domingo, 21 de julio de 2024

Víctor Velázquez (Cuba)

 

La guayabera:

 

 

En la perpetuidad oscura de las reuniones parroquiales, emboscados tras el tapujo de la guayabera, los trémulos nadies se miran de reojo. Y de mirar y mirar, hay como un desahogo del deseo de no ser. Porque no todo es blancura de lirio en la guayabera, cierto amarillo manteca contamina los rebordes del cuello y las axilas, como queriendo anegar las largas sintaxis nevadas que estremecen al personaje de arriba abajo. Y es bueno que así sea, que una porción de humanidad asome por los agujeros en forma de mugre, de salpicaduras de orín, de manchas de nicotina, de lagrimitas de perdón sobre las charreteras.
 
Una guayabera perfectamente blanca no es de fiar.
 
Nada más falso que la guayabera. La guayabera es sobre todo un disfraz, un pellejo postizo, una boscosidad de plástico para tapar la calvicie manchada de la piel. Es la máscara desde donde nos mira nadie o, por lo menos, alguien sin identidad, del color de bola sucia de la amnesia.
 
La guayabera es como el alma, blanca al principio, y luego se va resintiendo con el pecado de inmovilidad del primate que la viste (cuyo mandato es el de percha), y va perdiendo sustancia hasta degenerar en una corrupción pálida aventada de vacío, un daguerrotipo del vacío. Por eso el blanco inicial, de códice, impoluto y fusilable, a veces se adorna de consignas, enarbolando una frase del líder, fuera de contexto pero segura, grande, ideal. La lealtad lo es todo hasta que se demuestra lo contrario y todo el personaje se viene abajo, bien lo saben las guayaberas más viejas, las guayaberas de la sobrevida, las que lo han aguantado todo, las que han picoteado más. A esto le llaman "caer en desgracia".
¡Qué tardía la asunción de la culpa! La aceptación del hecho de que todos somos culpables, de que la culpa brota de nosotros como un mineral de la tierra. 
 
Hay guayaberas que mueren por ingestión de blancura, demasiado fósforo afrodescendiente, afrodisíaco, demasiado yeso sobre las sonrisas de sangre. El blanco es la aspiración, la sabrosita morfina del vértigo que se interpone entre el mundo real y la llaga del primate, el color peatonal por donde todos dan volteretas eludiendo las rayas negras de la cebra, acertando los blancos travesaños que no son sino guayaberas sacrificadas para que la mentira funcione. La mentira que es a su vez el arcoiris musical que la osamenta desde sus cataratas prefiere: blanco, negro, sólido gris, ondulación unánime, inaudible vacío, como dicen que fue en tiempos bíblicos la boca de Caín cuando hacía gárgaras con la sangre todavía caliente del hermano.
 
 
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