(Fuente: Daniel Edgardo Petasne)
(Fuente: Literatura EnEspiral)

Una palabra dentro de la boca,
frotada contra la lengua llena de esporas.
Las cosas ya no remiten a esas cosas,
en mitad un vacío como si no
las oyeras bien del todo.
Y no lo entiendo: dibujo
la constelación de vuestras iniciales
en un mapa que da ganas de llorar;
luego me viene el dolor de cabeza.
Arriba la radio resuena
hasta las tres de la madrugada,
después comienza el correr de sillas.
¿Es eso a lo que te referías? Reglas
no escritas que vagamente
comprendes y que no llegan
nunca a nombrar. Dibujo
una cuerda trenzada
como nos enseñaron: tres trazos
y en la línea siguiente dos íes griegas,
una derecha, la otra al revés.
¿Por qué cambiaste de idea?
¿Es verdad que cambiaste de idea?
Había una sábana y acarreábamos la sábana
por la ciudad. Por turnos,
salíamos a cumplir con las tareas.
Caminábamos juntas bajo la sábana
y esa era nuestra forma de vida.
Pequeños núcleos de pensamiento
que no cristalizan en una idea,
lo que se consolida en el momento antes
de que se consolide.
No sé de dónde viene el olor
a perfume en la habitación:
sostener un hilo sin extremos.
Viene algunas tardes,
hablamos de sus asuntos.
Sentadas, pan y algo de queso.
Sólo la forma deliberada en los dientes
que en este tiempo no ha cambiado.
Una bola repartida entre los cuerpos,
existiendo sólo
mientras la sostengamos.
Otra: amarnos a la vez que caminamos.
En las rotondas iluminadas o alrededor
de los monumentos patrios.
Entre lo que está dentro y lo que está fuera,
el tacto es otra cosa:
todo potencia, todo por hacer.
Entras a la habitación del fondo
y me dices lo que ves.
(Fuente: Life vest under your seat)
(Fuente: Jonio González)
(Fuente: Lab De Poesía)
(Fuente: Lab De Poesía)
Te gusta llegar a la estación
cuando el reloj de pared tictaquea,
tictaquea en la oficina del jefe-estación.
Cuando la tarde cierra sus párpados
de viajera fatigada
y los rieles ya se pierden
bajo el hollín de la oscuridad.
Te gusta quedarte en la estación desierta
cuando no puedes abolir la memoria,
como las nubes de vapor
los contornos de las locomotoras,
y te gusta ver pasar al viento
que silba como un vagabundo
aburrido de caminar sobre los rieles.
Tictaqueo del reloj. Ves de nuevo
los pueblos cuyos nombres nunca aprendiste,
el pueblo donde querías llegar
como el niño el día de su cumpleaños
y los viajes de vuelta de vacaciones
cuando eras -para los parientes que te esperaban-
sólo un alumno fracasado con olor a cerveza.
Tictaqueo del reloj. El jefe-estación
juega un solitario. El reloj sigue diciendo
que la noche es el único tren
que puede llegar a este pueblo,
y a ti te gusta estar inmóvil escuchándolo
mientras el hollín de la oscuridad
hace desaparecer los durmientes de la vía.
(Fuente: Zenda libros)
(Fuente: Daniel Freidemberg)
(Fuente: Grover González Gallardo Poesía)
(Fuente: César Cantoni)
(Fuente: Jonio González)

(Fuente: Cecilia Pontorno)