jueves, 20 de agosto de 2026

Zbigniew Herbert (Leópolis, Segunda República de Polonia, 29 de octubre de 1924-Varsovia, Polonia, 28 de julio de 1998)

 

 

 

poesía polaca, ancianos 

 

 

EPISODIO EN UNA BIBLIOTECA

 

Una muchacha rubia está inclinada sobre un poema. Con un lápiz filoso como una lanza, ella transfiere las palabras a una hoja en blanco y las convierte en trazos, acentos, hemistiquios. El lamento de un poeta caído se ve ahora como una salamandra que es devorada por las hormigas.
Cuando lo cargamos bajo el fuego de las ametralladoras, yo creí que su cuerpo, aún tibio, resuscitaría en sus palabras. Y ahora, mientras observo la muerte de las palabras, sé que no hay límite para la decadencia. Todo lo que quedará de nosotros en esta tierra negra será sílabas dispersas. Acentos sobre la nada y el polvo.
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EL PARAÍSO DE LOS TEÓLOGOS

 

Pasadizos, largos pasadizos bordeados por árboles tan cuidadosamente recortados como los de un parque inglés. De vez en cuando un ángel pasa por aquí. Su cabello cuidadosamente rizado, sus alas susurran con el latín. En sus manos lleva un pulcro instrumento llamado silogismo. Camina rápido sin agitar el aire o la arena. Pasa en silencio por los símbolos tallados en piedra de las virtudes, las cualidades puras, las ideas de los objetos y muchas otras cosas completamente inimaginables. Nunca se pierde de vista porque aquí no hay perspectivas. Orquestas y coros permanecen en silencio y aún así la música está presente. El lugar está vacío. Los teólogos conversan espaciosamente. También esto se supone que es una prueba.
.....

por G. A. Chaves (via Peter Dale Scott via Czeslaw Milosz)
 

(Fuente: Daniel Freideimberg) 

Julia Otxoa (San Sebstián, España, 1953)

 

 

 

DE   BAJO LOS ASTROS DE LA REPETICIÓN 

 

 




«Tras el crimen fuisteis arrojados a la sima

junto a tres perros vivos».

J.O.



ESA IMPOSIBILIDAD DE NARRAR

VUESTRO DOLOR


La palabra me esquiva,

empeñada en no ser,

va de una herida a otra herida

clavándome en sus orillas como si yo fuera culpable,

como si yo hubiera desactivado los lenguajes del espíritu

y recorriera las calles victoriosa de mi nada,

y consintiera que una jerga sin alma,

brutal como bota claveteada golpeando el rostro,

se impusiera y el día fuera luego aliento frágil,

apenas una tachadura donde seguir errando.


Fidelidad incondicional de su ausencia,

la palabra se disuelve en la mendicidad de mis noches,

su ley es el olvido de mí,

la no injerencia en el íntimo espacio

donde a duras penas intento ser,

su disidencia me arroja lejos de ella, como apestada,

al no lugar.


Nos une el silencio,

ese espacio vacío que ella mantiene entre ambas,

como infinita galería de espejos donde día y noche me busco,

lo busco, despojada de todo, como si en esta terrible partida

lo que escribí antes no contara para nada,

salvo para cercar y señalar el desierto expresivo del ahora,

la tiniebla sin ella.


Lo que alguien puede tomar en mis escritos

por juegos de palabras

es silencio,

una forma desesperada de esconder

las distintas vías del derrumbe,

una huida a la medida de mi mudez,

no son llaves entonces los vocablos

sino disolución de sentido,

olvido, libro de excrementos.


Su rechazo hace de mí una imposibilidad,

una escenografía para el simulacro,

las palabras que escribo no son la palabra,

ella lo sabe, aquí no crece nada,

esto no es el tiempo, esto no es el tiempo…


Ya nada permanece en pie excepto mi impotencia

para nombrar el enigma.

El ruido del mundo a mi alrededor es ensordecedor.

Me gustaría subir a los estrados y clamar: ¡Mirad,

mirad todos, mi rostro sin lengua!

¡Hace tiempo emprendí un largo viaje

y no puedo contarlo!


Ella ha decidido callar sin mi consentimiento,

sueño todo el tiempo letras sin sentido,

la blancura de mi silencio no es la del sosiego

sino la de la sangre derramada de una batalla

sin contendientes, que agota y no mata.


He sabido que por más que busque en la

desorientación de lo innombrable

permaneceré siempre en las preguntas,

la piedra no se hará transparente

porque yo lo quiera,

toda mi vida arropada en un lenguaje

que ahora desconozco

y me es extraño.

Desde el otro lado de mí misma ignoro

cómo he podido escribir mis libros,

parecen no pertenecerme.


¿Quién fui entonces?

Cada traducción que hago del universo

me parece una impostura.

¿Cómo afrontar la escritura desde esta ruina?

Soy una mudez de piedra fragmentada

a quien el mundo le duele dentro como un parto

condenado a no ver la luz.


En lugar de la palabra escrita el espejismo,

el latido de la alucinación como gramática,

como metafísica de lo roto y ajeno.


Los objetos de mi pensamiento pasan

de un vértigo a otro sin salida,

mis manos desconocen,

los huesos de mis dedos no pueden

darles forma en el papel,


¿cuál es el origen de tanta energía

a favor de la imposibilidad de narrar

la medida de vuestro dolor?




Julia Otxoa

Bajo los astros de la repetición


Editorial Averso

 

                 (Fuente: Papeles de Pablo Müller) 

Federico García Lorca (Fuente Vaqueros, España, 1898-camino que va de Víznar a Alfacar, España, 18 de agosto de 1936)

 

 

 

«La cogida y la muerte»

 



(5 de junio de 1898 - 18 de agosto de 1936)
 


 
 
A las cinco de la tarde.
Eran las cinco en punto de la tarde.
Un niño trajo la blanca sábana
a las cinco de la tarde.
Una espuerta de cal ya prevenida
a las cinco de la tarde.
Lo demás era muerte y sólo muerte
a las cinco de la tarde.

   El viento se llevó los algodones
a las cinco de la tarde.
Y el óxido sembró cristal y níquel
a las cinco de la tarde.
Ya luchan la paloma y el leopardo
a las cinco de la tarde.
Y un muslo con un asta desolada
a las cinco de la tarde.
Comenzaron los sones del bordón
a las cinco de la tarde.
Las campanas de arsénico y el humo
a las cinco de la tarde.
En las esquinas grupos de silencio
a las cinco de la tarde.
¡Y el toro solo corazón arriba!
a las cinco de la tarde.
Cuando el sudor de nieve fue llegando
a las cinco de la tarde.
cuando la plaza se cubrió de yodo
a las cinco de la tarde.
la muerte puso huevos en la herida
a las cinco de la tarde.
A las cinco de la tarde.
A las cinco en punto de la tarde.

Un ataúd con ruedas es la cama
a las cinco de la tarde.
Huesos y flautas suenan en su oído
a las cinco de la tarde.
El toro ya mugía por su frente
a las cinco de la tarde.
El cuarto se irisaba de agonía
a las cinco de la tarde.
A lo lejos ya viene la gangrena
a las cinco de la tarde.
Trompa de lirio por las verdes ingles
a las cinco de la tarde.
Las heridas quemaban como soles
a las cinco de la tarde.
y el gentío rompía las ventanas
a las cinco de la tarde.
A las cinco de la tarde.
¡Ay qué terribles cinco de la tarde!
¡Eran las cinco en todos los relojes!
¡Eran las cinco en sombra de la tarde!





en Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, 1935







Fotografía original: Federico García Lorca jugando a hacerse 
el muerto en Cadaqués, por Anna Maria Dalí

 
 
(Fuente: Descontexto)


 

Pablo Iráculis (España)

 

 

tú solo piensa en esto 

 

 




tú solo piensa en esto

en el temblor de tu mano

la mimosa florece

cuando le apetece

y quien dice mimosa

dice libertad

 

 



Pablo Iráculis. Paisajes Vetados. 2026

 

(Fuente: Voces del extremo) 

Sidney Keyes (Gran Bretaña, 1922-1943)

 

 

 

"Elegía en memoria de Mrs. Virginia Woolf"

 

 


 
 
 
 
Desventurada dama, donde el blanco ranúnculo
da inútiles guirnaldas, con estrellas de flores
ajadas, yace al fondo, duerme, sin fieros vientos
de las pugnas y guerras que nos rigen.

Que la clara corriente te respete, pues fuiste
espíritu acuático; guarde tus mansos ojos;
gusano y lagartija tu timidez respeten;
ya sin sorpresa, húndete, lindo cráneo cansado.

Sobre aquella cabeza y los huesos pequeños,
nobles, ve raudo, río juvenil; su retiro
guarda. Común, el sauce, no lejos de su tumba,
se inclina y, como es propio, arrastra su follaje.

En asilo del Tiempo, donde el gasterosteo
tiene hogar laberíntico, reposa;
colores y corrientes la cuidan; ya no cansan
su mente-río nuestras villas y cielos rotos.
 
 

Sidney Keyes, incluido en Antología de poetas ingleses modernos  (Editorial Gredos, Madrid, 1963, trad. de Mariano Manent).
 
 
(Fuente: Asamblea de palabras) 

 

Magda Portal (Barranco, Lima, Perú, 27 de mayo de 1900 — Lima, 11 de julio de 1989)

 

 

César Vallejo

César Vallejo se nos fue muriendo
todos los días      poco a poco
Se moría a pedazos

Primero se murió en Santiago
de Chuco      luego en Trujillo
y después
se murió tras los barrotes
de una cárcel de aldea

La madre      las hermanas
y aquella dulce Rita
de junco y capulí
y el padre      hacedor de sus huesos
y nada más
todos fueron muriéndolo
y antes y siempre
la roja llaga del Perú
sangrándole
por todos los costados

No podía vivir así

Apurando sus hieles
se fue      a París      a España
Hambre de ser
de ver el Sol desde otros horizontes
los paisajes      los hombres
sus ansias de vivir sus sueños

Hambre de      pervivir
de vivir y sufrir
por quienes      y por todos
Hambre de recrearse aupándose
sobre sí mismo
hambre de hombre integral

Nadie sabía mucho de Vallejo
apenas los amigos      algunos
los poetas tal vez
que es otra forma de amistad
tal vez los enemigos
¿tenía acaso César enemigos?
pero él seguía con su muerte a pausas
a retazos
moría diariamente sin esperar el día

Cuando dejó el Perú
se fue tras de su muerte
 

Magda Portal - Alchetron, The Free Social Encyclopedia

(Fuente: Ezequiel Zaidenwerg Dib) 

miércoles, 19 de agosto de 2026

Eduardo Álvarez Tuñón (Buenos Aires, 1957)

 

 

Es vana la quietud y es inútil la fuga

por Pedro Donangelo - agosto 16, 2026 
 


 

 

 

El elegido    

«...conosco i segni dell´antica fiamma..»
(Purgatorio, XXX, 46- 48 )    


Es vana la quietud y es inútil la fuga:  
Cuando alguien ama, una ciudad se acerca. 
La anuncian los aromas de la noche y la espera. 
Quien recorre sus calles lo hace en busca de un rostro. 
Son eternas las vísperas si atraviesas su puerta. 
No querías volver. Te sientes viejo 
y ya la lluvia bendice tu retorno. 
Es vana la quietud y es inútil la fuga.
Los árboles lo dicen a tu paso: 
Amas a esa mujer porque la has visto
en un lugar de la tierra en donde nadie ha muerto
y envidias nuestras ramas que pueden darle sombra. 
Una ciudad se acerca. No apartes este cáliz.
Interrumpe tu viaje, que son bellos los miedos
y si no la recorres ella desaparece. 
No amarás un color porque alguien lo ha visto.
Nada ha de conmoverte cuando caiga la tarde.
Recuerda el signo de la antigua llama: 
De nuevo una mujer y una ciudad.
Los árboles lo dicen a tu paso:
No es el amor que vuelve. 
Es obra de los días y los vientos.
Te han elegido.
Han querido enseñarte lo que sintió la piedra de viejas catedrales
cuando alguien la apartó de aquél secreto río
y vio su soledad transformada en un templo.

EDUARDO ÁLVAREZ TUÑÓN (1957, Ciudad de Buenos Aires, Argentina)
Enlaces: JotDown | Festival de poesía de Buenos Aires
Fotografía: Carolina Clerici

 

(Fuente: El poeta ocasional)