PLAYA EN SETIEMBRE
Labios, carnívoros labios mordiendo tanto corazón,
desgarrando tanto corazón, furiosos pájaros,
en la brisa caliente como la arena donde se derrama
el cuerpo —yacija donde fermenta el deseo, después el agrio
grito de gaviota sola, perdida por el arenal,
vecino ya de la aspereza de los maizales, grito como uñas
arañando en un vidrio, cruelmente—, agosto denso.
Sube un vaho de horno desde la arena, siento
como si la arena hubiese entrado en mí por los poros,
la siento crujir, terrible, entre los huesos. Las sienes
muelen la arena, lentas; parece que la humedad
me hincha los huesos de la cabeza desmesuradamente:
con ella parece crecerme toda la calavera
como por una inminencia gigante. Un estupor,
una savia caliente corre por todos los huesos
deteniéndose en el rostro —petrificado, atónito,
cara al cielo o al silencio—, oh cuerpo, oh vida, oh tú,
súbitamente absorbido, desucado, seco de pronto.
Hay el arado, amarillento, con una amarillez de hueso,
y hay el cráneo del asno entre las brozas tiernas
y hay una lejanía de sábanas secándose,
hay una barca en la arena, hay otras cosas, Françoise.
Hay pisadas también, espaciadas y graves,
hay la señal de unas nalgas alegres y pequeñas,
y soledad, Françoise, más soledad aún.
Hay también la cama metálica, hay la habitación
por horas, hay la virgen con unos ojos grandes por el pánico,
y desnuda, en un rincón, mirando avanzar al hombre:
hay la virtud, Françoise, y la virginidad,
y el invierno, en la playa, y hay los cristales, tan sucios,
y hay las sábanas, grasientas, rasgadas con las uñas,
y hay los barcos, Françoise, con nombres prestigiosos,
en el agua lenta y triste y aceitosa del puerto.
Hay dos barcos daneses cargando mandarina.
LOS AMANTES
«No había en Valencia dos amantes como nosotros.
Ferozmente nos amábamos desde la mañana a la noche.
Todo lo recuerdo mientras vas tendiendo la ropa.
Han pasado años, muchos años; han pasado muchas cosas.
De pronto aún me coge aquel viento o el amor
y rodamos por tierra entre abrazos y besos.
No comprendemos el amor como una costumbre amable,
como una costumbre pacífica de cumplimiento y telas
(y que nos perdone el casto señor López Picó).
Se despierta, de pronto, como un viejo huracán
y nos tumba en tierra a los dos, nos junta, nos empuja.
Yo deseaba, a veces, un amor educado
y en marcha el tocadiscos, negligentemente besándote,
ahora un hombro, y después el pezón de una oreja.
Nuestro amor es un amor brusco y salvaje,
y tenemos la nostalgia amarga de la tierra,
de ir a revolcones entre besos y arañazos.
¡Qué queréis que haga! Elemental, ya lo sé.
Ignoramos el Petrarca e ignoramos muchas cosas.
Las Estances de Riba y las Rimas de Bécquer.
Después, tumbados en tierra de cualquier manera,
comprendemos que somos bárbaros, y que eso no debe ser,
que no estamos en la edad, y todo esto y lo otro.
No había en Valencia dos amantes como nosotros,
porque amantes como nosotros son paridos bien pocos».
(Fuente: Henderson Espinosa)