lunes, 14 de septiembre de 2026

Graciela Perosio (Buenos Aires, 1950)

 

 

 

 

 

 

EL ERROR

 

Yo he querido encerrar un mundo alucinado.
Puse despertadores, ritos y comidas.
Hijos y documentos.
Firmé libretas y abrí compromisos en la sangre.
Arrojé con vigor y alegría
los niños de mi vientre calcinado
y busqué sin hallar una conversación amena,
tendí -infructuosamente- los puentes para el diálogo.
He intentado negar la música y el sueño,
el despropósito que nació conmigo y no a mi lado.
He querido domar por miedo
al amor, al delirio, al absurdo…
Y me arrasó la locura de pañales y llantos.
Mientras un monstruo burdo asediaba
desde la inocente bolsa del mercado.
Y nunca sabré qué será la cordura.
Es inútil huir.
se han disuelto los cercos.
Porque cárcel, guardián y condenado
conviven en el curso represivo de mis pasos.
He querido encapsular visiones y fantasmas
-eternos cancerberos del camino-
Y se vengaron de manera sutil.
El orbe estructurado,
la trinchera de papeles y sangre,
de claros ideales y de amigos
se han ido corroyendo como un barco
eternamente anclado sin destino.
No se puede vivir segando sin cosecha.
La hoz ha sido cruel en mis entrañas,
Solo dejó un útero de tintas y cuadernos.
Los hijos del sol y de la risa,
los que acuné asombrada,
en la gruta primordial de mi regazo
se alejan ya por los senderos nuevos
y mi voz no es su voz
ni mis manos, sus manos.
Sé que los amo, sí, pero a veces no basta.
Y el hombre a mi lado
es un árbol de otoño
que duerme sin descanso
que produce la savia y da la sombra.
Pero ignora los fuegos y los rayos.
Ignora las tormentas, los vientos clandestinos
que azotan mi cuerpo desolado.
Él está, permanece. Sus raíces son hondas.
Vegetal perenne, simple y sabio.
Yo he querido
-Dios sabe que he querido-
sepultar los incendios
en el vientre arcaico de la tierra.
Pero el aire y el fuego no procrean raíces,
solo fantasmas en las brumas
y espectros del ocaso.
Yo -queriendo salvarme-
redimí el futuro de los otros
y perdí -pecaminosamente-
mi pasado volcánico.
Perdón, muñecas solas y juegos escondidos.
Perdón por el error.
Caro lo estoy pagando.
 
 
 
En 1980, con treinta años, escribo este texto. Habían ocurrido ya el suicidio de mamá y el secuestro, desaparición y asesinato de Beatriz, mi hermana. Y yo sentía que lo único que me quedaba de verdad, era la escritura. Cuánto se paga por crecer, amigas y amigos, pero se crece. Se crece pese a todo y aún gracias a todo.
 

Jorge Gimeno (Madrid, España, 1964)

 

 

 

 

Imagen de Jorge Gimeno - Editorial Pre-Textos 

 

 

 

ECLIPSE

 

Hoy todas las mujeres
nos hemos levantado
con dolor de cabeza.
 
Sabemos que se acerca
la tormenta perfecta.
 
Que sólo un hombre gris,
él también muy perdido,
ha de ver nuestros ojos.
 
Hoy todas las mujeres
vamos a un bar vacío.
El bar se llama Eclipse.
 
La barra es circular
y el café es incoloro.
Y el dinero no sirve...
 
Hoy todas las mujeres
nos miramos el pecho
en el cristal, ahumado.
 
Y contamos historias
 
que no tienen final,
y nuestros padres dicen:
Eso no son historias.
Hoy todas las mujeres
hemos estado a punto
de dejarnos los labios
en la plaza gigante...
 
Y volvemos a casa
con el paso torcido
del que no vuelve a casa.
 
 
 

UN CHAVAL

 

Tiene 10 años.
 
Está tumbado en la cama, despierto,
de noche.
 
De día a veces.
 
Lo borra,
cierra los ojos
y borra el mundo.
 
Logra pensar su inexistencia,
la del mundo y la suya.
 
Logra ver la pequeñez de la Tierra
en el Universo.
Su verosímil
inexistencia.
 
Negro
en el negro.
 
El pleonasmo de toda psicología.
 
La inutilidad de su sufrimiento.
 
Lo contingente de su vida:
su colegio,
su familia,
las cosas que le hacen sufrir:
 
el cheviot materno,
la enuresis nocturna.
 
Un agujero que se sienta.
Un agujero que se levanta.
Un agujero que duerme y come
y cae... en un agujero.
 
Oscuro como un montón de uretras.
 
Fácilmente todo
podría no existir.
 
Así se aleja de la Tierra
su corazón.
 
Hasta no sentir
y no sentirse.
 
Lo hace
cuando no puede más.
 
Le asusta hacerlo.
 
Tener la fuerza de imaginar
la verdad de la nada.
 
Le asusta su imaginación.
Su inteligencia.
 
Su nulo poder real.
 
Acaba con el mundo
porque es un niño.
 
Le alivia.
 
 
 

EL SUBSUELO, AL AIRE LIBRE, O EL MENDIGO

 

O demasiado sublunar, o demasiado poco.
¡Zas! Yo era un mendigo...
Un ¡zas! es el sublime acontecer.
Sentado en la acera, me apoyo en una mano, con la otra pimplo. Tengo más clase que los dos caballeretes del Déjeuner sur l’herbe, de Manet.
(A la altura de mi visual, el mundo es ptolomeico. Detenta la belleza de unas pantuflas olvidadas.)
Me miré las manos y repuse: ¡Ajá!...
Se esfumó mi preocupación inhumana y mi humor melancólico.
(Aquí, tirado en la calle, a veces pienso: tiene color de uña vieja el aire de esta salita.)
Antes, cuando era joven, almorzaba una lata de cassoulet, marca Champion.
Ahora un take-away oriental, yo mismo lo aderezo en el suelo con dos salsas de sobre, agridulce y sésamo.
(Vive bien y piensa en el origen del mundo.)
Ese busto taxidermizado que veis estratégico, soy yo.
No soy un filósofo, en absoluto. No paso frío, charlo con colegas.
Los bulevares de París son la mejor eyaculación que he tenido, larga, ancha, espumosa de sol, nubes, cielo gris.
La melena leonada —radiante de smog, perlada de calderilla.
 
De noche sí que soy pobre. Mi sueño no tiene váter. Para dormir, he de hacerme cucaracha.
Duchas calientes, mercromina fría en las llagas: me gustaría.
 
La dicción no la he perdido.
Es que no he perdido nada...
Sólo pido un poco de socialismo.
El pato necesita su maíz. Mi hígado es patrimonio nacional.
Ayudadme en mi estilo de vida..
 

 

(Fuente: Henderson Espinosa) 

César Seco (Venezuela, 1958)

 

 

SECO

 

"Profundo y bellamente transformado
canta el pueblo ladrón de mi sangre"
                                          Gottfried Benn 
 
 
Todos dicen conocer mi nombre aquí.
Por horizonte:
apacibles aguas, nubes lentas.
Viajé a lo largo del asfalto.
Tunas en el pecho y en mi boca nada.
En mis ojos el vivir de un mismo morir.
Flor ausente, arena.
Hablaría del agua,
ya hablo del fuego.
Ha caído el rayo donde mismo.
En lo alto borro mis huellas.
 
No estoy.
No me ven.
Hablo vacío.
 
 
en Acto de aparecer y desaparecer. C.S. 1997. en Lámpara y silencio. Antología poética, 2007, y en Poemas selectos, 2026.
 

Rafael Alcides (Cuba, 1933 - 2018)

 

 

Puede ser una imagen de texto que dice ""Toda mi vida ha sidojun desastre del que no me arrepiento. La falta de niñez me hizo hombre y el amor me sostiene". Rafael Alcides" 

 

 

 

Toda mi vida ha sido un desastre
del que no me arrepiento.
La falta de niñez me hizo h
ombre
y el amor me sostiene.
La cárcel, el hambre, todo;
todo eso me ha estado muy bien:
las puñaladas en la noche,
y el padre desconocido.
 
Y así de lo que no tuve
nace esto que soy:
bien poca cosa, es verdad,
pero enorme, agradecido como un perro".
Rafael Alcides | El agradecido
.
.
.
Rafael Alcides ocupa un lugar singular en la poesía cubana por haber convertido el exilio, la pérdida y el silencio en materias esenciales de su escritura. Su poesía no se limita a representar el desarraigo como experiencia individual, sino que lo transforma en una condición colectiva: tanto quienes parten como quienes permanecen pueden experimentar la ausencia y el extrañamiento. De este modo, su obra construye una geografía íntima donde la patria deja de ser únicamente un territorio para convertirse en memoria, afecto y pregunta.
Uno de los rasgos fundamentales de su poética es la presencia del hombre común. Alcides encuentra en los objetos cotidianos —los domingos, la panadería, los espaguetis, una camisa, una planta— una dimensión capaz de trascender lo aparentemente insignificante. Lo doméstico se convierte así en una vía hacia lo universal y en un espacio de complicidad civil.
Su escritura también se caracteriza por el sarcasmo, la irreverencia y una mirada crítica frente al poder. El silencio, lejos de significar ausencia, se transforma en una forma de resistencia: el grito contenido de quien se niega a renunciar a su propia voz. Alcides hizo de la poesía un territorio de libertad, juego y memoria, donde la vulnerabilidad humana adquiere dignidad y donde la voz individual termina convirtiéndose en una voz colectiva.
 

Teresa Wilms Montt (Viña del Mar, Chile, 1893-París, 1921)

 

 

Vuelve Teresa Wilms Montt, la mujer fatal que acabó como escritora maldita - Zenda 

 

 

ALTA MAR

 

De tanta angustia que me roe, guardo un silencio que se unifica a la entraña del océano.
 
En la noche cuando los hombres duermen, mis ojos haciendo tríptico con el farol del palo mayor, velan con el fervor de un lampadario ante la inmensidad del universo.
 
El austro sopla trayendo a los muertos cuyas sombras húmedas de sal acarician mi cabellera desordenada.
 
Agonizando vivo y el mar está a mis pies y el firmamento coronando mis sienes.
 
 
 

BELZEBUTH

 

Mi alma, celeste columna de humo, se eleva hacia
la bóveda azul.
 
Levantados en imploración mis brazos, forman la puerta
de alabastro de un templo.
 
Mis ojos extáticos, fijos en el misterio, son dos lámparas
de zafiro en cuyo fondo arde el amor divino.
 
Una sombra pasa eclipsando mi oración, es una sombra
de oro empenachado de llamas alocadas.
 
Sombra hermosa que sonríe oblicua, acariciando los sedosos
bucles de larga cabellera luminosa.
 
Es una sombra que mira con un mirar de abismo,
en cuyo borde se abren flores rojas de pecado.
 
Se llama Belzebuth, me lo ha susurrado en la cavidad
de la oreja, produciéndome calor y frío.
Se han helado mis labios.
 
Mi corazón se ha vuelto rojo de rubí y un ardor de fragua
me quema el pecho.
 
Belzebuth. Ha pasado Belzebuth, desviando mi oración
azul hacia la negrura aterciopelada de su alma rebelde.
 
Los pilares de mis brazos se han vuelto humanos, pierden
su forma vertical, extendiéndose con temblores de pasión.
 
Las lámparas de mis ojos destellan fulgores verdes encendidos
de amor, culpables y queriendo ofrecerse a Dios; siguen
ansiosos la sombra de oro envuelta en el torbellino refulgente
de fuego eterno.
 
Belzebuth, arcángel del mal, por qué turbar el alma
que se torna a Dios, el alma que había olvidado las fantásticas
bellezas del pecado original.
 
Belzebuth, mi novio, mi perdición…



(Henderson Espinosa)

Kathleen Raine (Gran Bretaña, 1908 - 2003)

 

 

 



En The Beck

 

Hay un pez que tiembla en el estanque,
él mismo es una sombra, pero su sombra, clara.
Cógelo una y otra vez, todavía está ahí.
 
Contra el flujo de la corriente, su vida está en paz
con la muerte --el impulso y el destello de la gracia
se oculta en su quietud; se mueve para permanecer inmóvil.
 
Ninguna red lo retendrá, siempre regresará
donde se asientan las ondas y la arena;
vive inmóvil, acorde con al arroyo,
el hombre se ajusta a su sueño como las flores al aire.
---
 
 

NOCTURNO

 

Cae la noche, un ángel se levanta
midiendo el tiempo de las estrellas,
aún están los vientos, aún están las horas.
 
Sería apacible mentir
aun en las tranquilas horas a los pies del ángel,
sobre una estrella colgada de un cielo estrellado,
pero los corazones latieron en otro ritmo.
 
Cada cuerpo, tal como está, sin alas,
envía su mariposa de la noche
con alas delicadas y ojos enjoyados.
 
Y algunos son arrojados a las costas del día,
y algunos se perdieron en la oscuridad,
en olas más allá del mundo donde flotan,
en algún lugar, las islas de los bienaventurados.
 
---
 
 

Tormenta

 

Dios en mí es la furia sobre el páramo desnudo
Dios en mí sacude el reino interior de mi cielo.
Dios en mí es el fuego en que me quemo.
 
Dios en mí, nube turbulenta y lluvia torrencial
Dios en mí llora un pájaro solitario sin nombre
Dios en mí estrella mi cabeza contra una piedra.
 
Dios en mí los cuatro elementos de la tormenta
Furioso en el paisaje desamparado de la mente
Fuera de las puertas enrejadas de mi Goneril* corazón.
 
 
 Traducción de Lab De Poesía 
 
*𝙿𝚎𝚛𝚜𝚘𝚗𝚊𝚓𝚎 𝚏𝚎𝚖𝚎𝚗𝚒𝚗𝚘 𝚍𝚎 𝙴𝚕 𝚛𝚎𝚢 𝙻𝚎𝚊𝚛, 𝚍𝚎 𝚆𝚒𝚕𝚕𝚒𝚊𝚖 𝚂𝚑𝚊𝚔𝚎𝚜𝚙𝚎𝚊𝚛𝚎. 𝙴𝚜 𝚕𝚊 𝚙𝚛𝚒𝚖𝚘𝚐é𝚗𝚒𝚝𝚊 𝚎 𝚑𝚒𝚓𝚊 𝚖𝚊𝚢𝚘𝚛 𝚍𝚎𝚕 𝚛𝚎𝚢. 𝚄𝚗𝚊 𝚟𝚒𝚕𝚕𝚊𝚗𝚊 𝚘𝚋𝚜𝚎𝚜𝚒𝚘𝚗𝚊𝚍𝚊 𝚌𝚘𝚗 𝚎𝚕 𝚙𝚘𝚍𝚎𝚛.
 

(Fuente: Lab De Poesía) 

Victoria Herreros Schenke (Santiago, Chile, 1988)

 

 

«Cosmonauta»

 




 
 
 
Alzo la vista sobre el eje de atlas, 
la vértebra que sostiene el universo 
que llevo dentro del cráneo.
mientras observo el que está afuera, 
en lo oscuro,
donde la noche está llena de ojos.
cada estrella es uno de ellos, 
han de ser la omnipresencia de algún Dios, 
cuyo nombre no recuerdo, 
y en cuya existencia no creo, 
porque no creo en nada, 
no existe ninguna verdad, 
y si hubiera alguna, tampoco creo en ella.
Me convertí en cosmonauta 
de las constelaciones que ella tenía en los párpados abiertos
cuando observaba fijo esas estrellas, 
que le apuntaron con sus pupilas como puñales, 
y el último de ellos, 
le atravesó la frente.
Alzo la vista,
el humo de mi cigarro es una nebulosa en expansión, 
la primera cervical se va a romper 
por el torque de mirar al cielo, 
para no ver esto que llevo dentro, 
la última vez que le eché una mirada 
habían dos soles viejos a punto de extinguirse.
y un vacío cenagal,
en el que sé que me voy a hundir,
y que se me van a vaciar las andrómedas, 
los planetas, los asteroides, la inmensidad, 
y hasta el universo mismo 
va a desaguar cuánticamente por el foramen magno, 
porque tampoco creo en él.




en Beatriz, editorial signo, 2017


(Fuente: Descontexto)