sábado, 3 de octubre de 2026

Héctor Giuliano (Murazzano, Italia, 1947 / Reside en San Juan, Argentina)

 

 

Como
los 140 caracteres
de Twitter
en ruinas y desfalcos,
ámbito e impacto
de por acercamiento;
semilla transgénica,
noche en sí misma,
adentro y abajo,
inminencia,
claror gris
con sus botas acuáticas,
de filo y apretando el pescuezo.
 
Buscamos una palabra sofocada
que nos alegra no hallar.
 
We all want to be young.
 
Héctor Giuliano
- Inédito -

 

Serguéi Esenin (Konstantinovo, Rusia, 3 octubre 1895–Angleterre Hotel, San Petersburgo, 28 diciembre 1925)

 

 

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SIN LAMENTOS

 

Sin quejas, ni lamentos ni llantos
como el humo a través del florido manzano
hasta mí llegó la marchitez dorada
ya no seré más joven y lozano.
 
Ya no lates con la fuerza de antes
mi corazón tocado por el hielo
y caminar descalzo por el bosque
ya no es una ilusión, no es un anhelo.
 
El deseo de aventura cada vez es menor
y el fuego de los labios ya se ha ido
¡oh mi joven y lejano frescor
mis antaños pletóricos sentidos!
 
Ahora son escasos mis afanes
¿he vivido mi vida o la he soñado?
Es como si en un alba primaveral
galopé sobre un caballo rosado.
 
Nuestro destino es frágil y finito
el cobre de las hojas lento emana
por todos los siglos sea bendito
lo que florece hoy para morir mañana.
 
 
 

ESTOY CANSADO DE VIVIR EN MI TIERRA…

 

Estoy cansado de vivir en mi tierra.
Fatigado por la vasta llanura de trigo
sarraceno, abandonaré mi cabaña,
me marcharé, y seré vagabundo y ladrón.
Con los rizos blancos del día
buscaré un paradero miserable.
Y, pensando en mí, mi amigo querido
afilará la navaja de su bota.
El camino amarillo del prado
se envolverá con sol y primavera,
y aquélla cuyo nombre guardo
me expulsará del umbral.
Y de nuevo volveré a la casa del padre,
me consolaré con ajena alegría
y una tarde verde, bajo la ventana,
me colgaré de mi propia manga.
Al pie del cercado los sauces canosos
amorosamente inclinarán sus copas,
y me enterrarán sin lavar
bajo el ladrido de los perros.
Navegará la luna, navegará,
y dejará caer sus remos en los lagos.
Y Rusia vivirá como antes
bailando y llorando al pie del cercado.
 
 
 

LAS ESTRELLAS

 

¡Las pequeñas estrellas de las estrellas, usted está tan alto y tan claro!
¿Qué usted ha conseguido en usted, tan fascinando?
Las estrellas, profundas en pensamiento, así que discretas usted aparece,
¿Qué la energía a que las marcas usted están tentando tan?
¡Las estrellas, pequeñas estrellas, usted es tan denso y tan sólido!
¿Cuál es ese le hace tan grande y fascinando?
Cómo puede usted, los cuerpos divinos, producirlo:
¿Revolvimiento de una sed y de un deseo para aprender?
Porqué, como usted brille, son usted agradable y la invitación
¿En sus brazos abiertos de par en par, el instante?
Satisfaciendo el corazón, tan benigno y tentando,
¡Estrellas divinas, tan telecontrol y tan distante!

 

(Fuente: Henderson Espinosa) 

Pablo Ananía (Rosario, 1942)

 

 

 

 

 

LITOGRAFÍA

 

¿Y si me dejaran vivir mi día
sin decirme cuál es el pensamiento
del poema, qué significa el dulce
y grávido murmullo de dolor
de las avispas? ¿Qué son esas
líneas, las rectas, las sinuosas?
Aléjense si no saben qué decirme.
No hay todavía piedras en mi memoria.
El empapelado de las paredes
resiste aunque haya palabras escritas
que al fijarse en el papel pierdan
su sentido. Llevo dátiles en mis oídos.
Ensordecen. Es lo que necesito. No oír.
¿Cómo si no comprender qué quiso decirme
Sarah Kirsh cuando incluyó en su poema
Lithograph la imagen de un árbol
que brotó de la cabeza del rabino?
En mi mente, un gusano agazapado,
en las orejas audífonos que lanzan
ladridos y gritos bárbaros. Colecciono,
me apropio, robo versos y frases
a los poetas griegos, latinos
y en pocos casos orientales. Ahí
el enjambre. Como dijo Pound "Cristo
Re, Dio Sole". El niño que aún vive
regresa para ver ese nido de urraca
instalado en su cráneo en lugar
de un pesebre. ¿Es la luz, es el cuerpo
de un dios o la superficie plana
del poema? ¿Qué estoy escondiendo?
 

Anna Świrszczyńska (Polonia, 1909 - 1984)

 

 

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UNA MUJER HABLA DE SU VIDA

 

El viento me hace recorrer caminos,
el viento, dios del cambio
con mejillas llenas de aire.
 
Amo este viento,
celebro
los cambios.
 
Camino por el mundo
acompañada o sola
y me complacen de igual forma
el anhelo y la muerte del anhelo
llamada realización.
 
Hay en mí algo excesivo.
Salgo por los bordes
como levadura. La levadura tiene
su propia clase de dicha.
 
Camino, sigo caminado,
a veces se me une un hombre.
 
Caminamos juntos,
él dice que será hasta la muerte,
después se pierde al oscurecer
como una cosa sin importancia.
 
Camino sola,
después una vez más a la vuelta
aparece un nuevo compañero.
 
Camino, sigo caminando,
el viento me hace recorrer caminos.
En mis caminos
siempre hace viento.
 
 
(Traducción: Ada Trzeciakowska).
 
— Anna Świrszczyńska
Falleció en Cracovia, Polonia, el 30 de septiembre de 1984
Nota: Recordamos hoy en Hermeneuta a la poeta polaca Anna Świrszczyńska (1909-1984). Nació en una humilde familia de artistas y en la década de 1930 comenzó a publicar sus poemas. Formó parte de la Resistencia durante la ocupación nazi de su país, publicando entretanto en revistas clandestinas. En el alzamiento de Varsovia colaboró, también como enfermera. En sus obras recoge esto, pero también ofrece poemas más individualistas en torno a sus sentimientos. Un buen ejemplo de ello es este que ofrecemos, donde acepta las pérdidas, pero celebra igual la libertad y la capacidad de seguir caminando sola.
 

(Fuente: Hermeneuta. Revista Cultural) 

Jean-Marc Desgent (Montreal, Canadá, 1951)

 

 

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UN POEMA 

 

Las cosas temporalmente se multiplican y nos poseen: si no
¿por qué se mantendrían tan cerca de nosotros? Nuestra
piel, nuestros huesos se convierten en la conjunción
particular de sus almas: son nuestra milagrosa identidad.
Al amanecer, podemos verlas respirar y aspirar
el paisaje. Habito su territorio. El amor no existe sin
su presencia. 
 
 
__________________________
en “Lo que soy ante nadie”, UNAN, México, 1999. Trad. Laura González Durán. En la imagen, Jean-Marc Desgent (Montreal, Canadá, 1951 / Editions Poètes de Brousse)
 

(Fuente: Jonio González) 

José Carlos Becerra (Villahermosa, Tabasco, México,1936 - Brindisi, Italia, 1970

 

 

Puede ser una imagen en blanco y negro de una o varias personas y barba 

 

Las noches que el mar colecciona en su álbum de olvidos


De Diario de mar (1958-1960)

Mar hundido


Al Maestro Carlos Pellicer

De espaldas al cielo, bajo el color azul,
tumbado en ti mismo,
adivinándote.

Sospechando que sí,
que en el fondo del llanto hay peces oscuros
y barcos que no debieron abandonar el puerto.

Yo llego a ti,
a tu trono de pie, a tu vuelo inmóvil,
a las telarañas verdes de tu olvido,
a tu esqueleto de naufragios,
a tu guardarropa celeste,
a tu mirada que las olas de arriba no dispersan.

Arriba a ti ¡Oh mar de mares!:
a tus ciudades sumergidas dentro de sí mismas,
a tus alcobas cuyas ventanas dan siempre hacia adentro:
y llego a ti con los ojos listos para robarte.

Bucear, entrar al alma del mar,
al fracaso del cielo, al secreto de la tierra,
a las noches que el mar colecciona en su álbum de olvidos.
Tocar un día hundido hace tiempo,
hablar con un ahogado que nos recuerda,
conversar con un color que es balbuceo de verde,
tomar el color azul entre las manos antes de que sea
el famoso color azul,
sentir los hombros libres, sin el peso
de la mirada del cielo.

*

Acurrucada en ella misma
se hace perla la tristeza.
Bandejas de peces rojos o dorados
pasan para no ser servidos.
El cocinero negro de un barco blanco
que naufragó hace tiempo
sentado en un «banco de peces»
mira hacia todos lados, impotente,
mientras un pulpo escribe densas cartas
que le dictan su hambre o su miedo.

*

El mar de arriba es la sombra del cielo,
el mar de abajo, el secreto que guarda la tierra.
El mar es un oleaje de cuerpos dormidos,
de recuerdos echados a un lado.

El mar es la única historia del cielo que se conoce.

Mar hundido, mar escondido debajo del naufragio,
mar que mira al naufragio como a un hermano menor,
como a un niño a quien es necesario tratar dulcemente.
Mar arrinconado en algún sitio de las lágrimas,
mar que no vocifera, mar no inventariado,
mar que no bate alas rotas
en ninguna playa, en ningún cantil.

Mar mío, sin superficie, mar sin conducta de espuma,
mar que no ha sido aleccionado por los pañuelos,
mar para los días nublados,
mar para los solitarios.

Mar guardado en el sótano de su casa,
con todas esas cosas usadas hace mucho.
Envuelto en telarañas,
rodeado de retratos cubiertos de polvo verde.
Mar guardado en el fondo de un ropero que no abrimos
para no llorar.

Coctel en el mar


Seguido por sus invitados, el mar hace a un lado
una cortina de olas y dice: —adelante, los que no tengan corazón
pueden pasar con el sombrero puesto
para que nadie vea el color de sus cabellos.

En alta mar se improvisa la música
con unos cuantos peces.
Los que quieran helados, tendrán que ir al Océano Ártico:
por aquí, la puerta siguiente.

Esta reunión será reseñada por los bañistas más cultos.
Las miradas son servidas especialmente para cada uno.
Las lágrimas no figuran en el menú,
aunque más tarde…

En fin, hay historias tristes como en todos lados.

Esta reunión tiene el don de las perlas:
De pronto se desaparece.
Los invitados se aferran a sus ropas
como si la noche pudiera evitarse.

Mañana la prensa hablará como siempre
de los accidentes en el mar,
y se pedirá a las autoridades que prohíban
las fiestas marinas.

Por la noche lloverá mucho
y nadie volverá a acordarse.

Pero tal vez alguno de nosotros descubra en su mirada
a unos extraños peces esperando la hora de llorar.
Entonces correremos hacia las playas y pediremos auxilio
y el oleaje dirá que no nos conoce.

De Los días y sus designios (1959-1960)

Vamos a hacer azúcar con vidrios


Vamos a hacer azúcar con vidrios
cuando la luna empolle en la ventana.

Vamos a hacer azúcar con vidrios
cuando los ricos se quejen de lo malo que están los negocios.

Vamos a hacer azúcar con vidrios
cuando el sueño se te quede sin fuerza en los ojos.

Vamos a llorar con los muertos
que fueron condenados a la resurrección.

Vamos a decir un acertijo
que sólo la noche nos pueda contestar.

Pon atento el oído para atrapar al insomnio
fuera de los ojos.

Pon atento el oído para atrapar al silencio
cuando se haya salido de la boca.

Vamos a navegar en barcos de sudor
para poder viajar a las casas de los obreros.

Vamos a llorar hasta que el lirio
reconozca el error de su blancura.

Vamos a patear a todos los gordos prósperos del mundo.

Vamos a romper los vidrios de las ventanas
como lo hicimos de niños, ¿te acuerdas?

Vamos a limpiarnos un poco lo que somos
con el agua pura de la indignación.

Vamos a gritar hasta que los tímpanos de Dios
o de quien sea, revienten.
Hasta que el corazón se nos sitúe en la mano
como una piedra.

Vamos a gritar, vamos a gritar.
Garganta, encomiéndate al grito.
Puño, encomiéndate al golpe.

Hay un ruido


Hay un ruido poblándose en el aire,
hay un ruido comido por el aire, devorado por el polvo,
usado por los labios de los agonizantes.
Hay un grito donde jadea la noche,
donde un pájaro anuda sus alas con los restos del crepúsculo.
Pisoteado por el silencio y la compasión,
hay un ruido, un pequeño ruido.

Carnes atropelladas, ropas desnudas,
árboles que preguntan por sus ramas,
olores de cuartos cerrados,
miradas escurriendo de ojos tendidos,
planetas secuestrados por un pulso infinito.

Hay un ruido, un pequeño ruido
dentro de cada uno de nosotros, un pequeño rumor al que tenemos
que prestarle atención.

Miren en los zaguanes atentamente,
busquen lo que está crucificado esperándonos
en cada rincón, en el bonete de cada apariencia.

Pasan automóviles llenos de ceniza,
pasan ancianos de vejez ofensiva,
pasan jóvenes que no conocen el asco,
pasan conversaciones llenas de cumplidos,
palabras pisoteadas por bocas indignas.

Pero yo quiero la vida, quiero este ruido
aquí;
como un corazón sentado a mi lado,
como una novia hablando conmigo mientras los dos le damos
de comer al paisaje;
porque yo quiero también la vida
que está en ese pan trasnochado que alguien come
a la luz de la luna.

Por eso en este aletear de palomas disecadas
entre las páginas de enciclopedias,
en este aletear de sábanas
donde quedó la piel que no tuvimos de noche;
en este aletear pausado de alas de arena,
de invocaciones llenas de lunas herrumbradas;
me detengo a escuchar, me detengo a escucharme,
a preguntar por mí, a preguntar por alguien,
a pensar en una mujer, a contestar un saludo,
a escribir un poema;
mientras escucho a ese reloj
que desde el fondo de cada cosa nos dice la hora,
dejando caer en nuestro corazón una manzana
o una espada…

* Poemas pertenecientes a El otro país de su mirada. Poemas inéditos, Villahermosa, Ediciones Monte Carmelo/Seminario de Cultura Mexicana/Gabolibros arte&café, 2026.


José Carlos Becerra (imagen del archivo familiar)


Autor

José Carlos Becerra

Villahermosa, Tabasco, 1936 - Brindisi, Italia, 1970. Estudió Arquitectura en la Universidad Nacional Autónoma de México. Publicó en vida los títulos Oscura palabra (1965) y Relación de los hechos (1967). Su poesía, reunida por José Emilio Pacheco y Gabriel Zaid, se editó en el volumen póstumo El otoño recorre las islas (1973). Fue becario del Centro Mexicano de Escritores en 1967 y de la Fundación Guggenheim en 1969. En 2026 apareció El otro país de su mirada. Poemas inéditos, editado por Francisco Magaña.

 

(Fuente: periódicodepoesía.unam.mx) 

W. H. Auden (York, 1907 - Viena, 1973)

 

 

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“La ley como el amor” (Fragmento) 

 

La Ley, dicen los jardineros, es el sol,
la Ley es aquello
que todos los jardineros obedecen
mañana, ayer, hoy. (…) 
 
Sin embargo, los eruditos cumplidores de la ley escriben:
la Ley no acierta ni se equivoca,
la Ley no es más que crímenes
castigados por lugares y épocas,
la Ley es la ropa que llevan los hombres
en cualquier momento, en cualquier lugar,
la ley es Buenos Días y Buenas Noches.
 
Otros dicen, la Ley es nuestro Destino;
otros dicen, la Ley es nuestro Estado;
otros dicen, otros dicen
la Ley ya no existe,
la Ley ha desaparecido. (…)
 
Si nosotros, cariño, sabemos que no sabemos más
que ellos sobre la Ley,
si yo no sé más que tú
qué deberíamos y no deberíamos hacer
salvo que todos aceptamos
de buen grado o por fuerza
que la Ley es
y que todos lo sabemos,
si por tanto pensando que es absurdo
identificar la Ley con otra palabra,
a diferencia de tantos hombres
no puedo decir que la Ley es otra vez,
no más que ellos podemos sofocar
el deseo universal de descubrir
o zafarnos de nuestra propia situación
hacia una condición indiferente.
 
Aunque al menos puedo limitar
tu vanidad y la mía
a expresar tímidamente
una tímida similitud,
alardearemos de todos modos:
como el amor, digo yo.
 
Como el amor que no sabemos dónde o por qué,
como el amor que no podemos imponer ni abandonar,
como el amor que a menudo lloramos,
como el amor que rara vez conservamos.
 
(Traducción: Eduardo Iriarte). 
 
 
— W. H. Auden | Fragmento de “La ley como el amor”
Falleció en Viena, Austria, el 29 de septiembre de 1973.
Nota: Hoy recordamos en Hermeneuta a W. H. Auden (1907-1973), uno de los grandes poetas anglosajones del siglo XX. Su poesía abordó con lucidez cuestiones como la moral, la sociedad y las relaciones humanas, siempre combinando reflexión, ironía y emoción. En esta ocasión ofrecemos este poema donde se pregunta qué entiende realmente cada uno por “la Ley”. Hasta hacer una comparación inesperada: quizá la Ley se parezca al amor, porque tampoco sabemos del todo “dónde o por qué” existe, ni podemos imponerlo, abandonarlo o conservarlo a voluntad. Lo tomamos de "Canción de cuna y otros poemas".
 

(Fuente: Hermeneuta. Revista Cultural)