(Fuente: Henderson Espinosa)
(Fuente: Jonio González)
(Fuente: Grover González Gallardo Poesía)
10
DESDE BABEL, siete mil cien lenguas tratan de desvelar el nombre exacto de las cosas. El cómputo es aproximado; a los seres bípedos les gustan las certezas. Matematizarlo todo. Eso explica los pinceles. Es una cosa curiosa que unas seis mil trescientas noventa sean habladas por apenas cien mil hablantes, o menos. Hay lenguas mamut y lenguas horquilla. La palabra horquilla es una cosa curiosísima, también. Y la palabra mamut. Esta es la palabra mamut en otras lenguas: mamont, mammoth, maimatha, mamaihh. Esta es la palabra horquilla en otras lenguas: çangal, rab rawag, kāntā, forc. Es exactamente a esto a lo que me refiero cuando digo que hay leguas mamut y lenguas horquilla. Las lenguas se dividen antropocéntricamente, en familias. Es una cuestión que descubrieron comparando el canto rodado de una vasija. Algunas vasijas se resbalaron en las manos de los lingüistas. De ahí viene también la palabra cacho. Existen unas diecisiete que se van ramificando como un eucalipto asolando la tierra. La composición de la tierra varía tanto como la composición del idioma. Desde Babel, exactamente, hasta este momento; me gusta hacer énfasis crónico (crónico y cronológico significan prácticamente lo mismo). O tal vez en este momento haya más familias. O tal vez en este momento haya más divorcios. Esta estadística no es diferente al terreno que nos ocupa; de las familias a veces surgen lenguajes nuevos. Mueren otros. La clasificación de lenguajes propicios para el amor contempla un millar de subgrupos. Yo hablé unos cuantos en su momento. Ahora soy bilingüe pasiva. En Luque, las gentes hablan guaraní. El guaraní es una lengua de la familia macro-tupí; una lengua mamut en el XVI, una lengua horquilla en el XXI. Es prácticamente imposible saber cuándo se originó, cuántos cientos de años han ido resbalando los fonemas nasales extrañísimos (plana, labializada, palatalizada); ni tan siquiera puedo escucharlos con mis tímpanos. Pensaba en tu garganta como la estructura exacta de un andamio. Yo solo tengo ojos jesuitas en el asunto. Cuando me cuentas que ibas al colegio enganchado en unos asideros peligrosísimos sacando la cabeza, el cuerpo entero, por la puerta del autobús. Y cerebro jesuita. Cuando me hablas de la basura quemada y el coche gigante que te regalaron por Navidad. Y boca jesuita. Cuando me miras me dices rohayhu. Me gustaría tener tímpanos para verte. Estoy condenada a verte con los ojos. Repites: ha chembopy’aguapy. Me pides que lo pronuncie. Pero yo no tengo andamios en la garganta. Yo no puedo. Hablar esa lengua con la que nombras los matices cítricos de tu infancia.
(ANTES DE QUE COMENZARA EL RELATO DEL AGUA, dos personas se sentaron en el borde del océano).
―Por mucho que lo quieras, el agua ha de mantenerse siempre contenida entre los límites de un pozo cavado en la superficie de la tierra. Lo único que hemos hecho los humanos ha sido aplicar la mímesis y ponerle un contorno, sacar los agujeros como si arrancásemos de la huerta tubérculos preciosos de patata. Una diosa controla la materia. Este es el borde del océano.
―¿Me has traído aquí, poeta, para escribir mi silencio sobre el agua?
Laura Ramos
Pasan cosas bellísimas
Isla Elefante
(Fuente: Papeles de Pablo Müller)
Ahora necesito más que nunca mirar al cielo. Ya sin fe y sin nadie, tras este seco mediodía, alzo los ojos. Y es la misma verdad de antes, aunque el testigo sea distinto. Riesgos de una aventura sin leyendas ni ángeles, ni siquiera ese azul que hay en mi patria. Vale dinero respirar el aire, alzar los ojos, ver sin recompensa, aceptar una gracia que no cabe en los sentidos pero les da nueva salud, los aligera y puebla. Vale por mi amor este don, esta hermosura que no merezco ni merece nadie. Hoy necesito el cielo más que nunca. No que me salve, sí que me acompañe.
(Fuente: Ezequiel Zaidenwerg Dib)