viernes, 28 de agosto de 2026

Alejandro Bekes (Santa Fe, 1959)

 

 

ASÍ HE PASADO POR EL MUNDO y otros poemas

 

 


 
 
 
Así he pasado por el mundo
 

En páginas de libros aún no escritos,
en pétalos que leves se entreabrían
bajo el velado sol de una selva lluviosa,
en los labios desnudos de una mujer dormida
se posaron mis labios.

No se posa la abeja en el estambre
con menos peso. El toronjil, la menta,
el tomillo, en la miel serrana ocultos,
no se insinúan en la boca pura
de una niña con menos insistencia.

Así he pasado por el mundo, 
sin dejar otra huella que la que deja el tiempo
sobre sí mismo. Fui sólo una hebra
volátil del telar de aquella reina
que desteje de noche lo que teje
cada día... La Reina de la Vida. 

Y hermoso es lo que fue si lo miramos
nimbado por el oro fatal de lo perdido.
Más hermoso es aún lo que pudo haber sido
en los pliegues del tiempo, lo que una vez soñamos.
Y aún más hermoso es siempre, aquí en tu casa,
el instante de amor que desearíamos
detener en su vértigo y que pasa.

2016


La mitad en la sombra
 

La mitad de la cara está en la sombra
siempre, la luz no abarca todo el cielo
ni es posible saber lo que te oculta
el pleno mediodía. Sueño o música
o selva oscura o fuga de rapaces
o en el hilo de Ariadna la ilusión
de ser libre algún día –son la prueba
de que tu propia voz esconde al otro
que ríe o que sonríe a tus espaldas
mientras vas por el mundo. No te espantes
de las iridiscencias y matices
del ambiguo crepúsculo en el agua
más transparente. En lo que digo late
un secreto, un secreto, en lo que callo 
asiente su verdad tu ayer sepulto.
La mitad de la voz está en la sombra
siempre. Nadie lo dice nunca todo.
Tampoco yo, que todo te lo digo.


Enero 2026


Arabesco
 

El alto dinoterio escuchaba tu primer arabesco
absorto en las praderas del mioceno,
querido Claude, y la mojada primavera
subía por las venas rígidas de los árboles 
y el futuro se abría en nubes ligeras, deshilvanadas, flotantes.
Allí estaban también los cuadernos y lápices de la felicidad,
la que no necesita explicación, 
porque la dama que esperaba –descalza, grandes ojos
y cintura que anhela como un álamo cuando la luz vacila – 
no tenía un solo nombre sino todos
y mi deseo la llamaba.

No conocía aún la fábula del rey y de sus hijas ciegas 
que encienden en la torre una lámpara vana
y esperan al que nunca vendrá.

Entonces penetré en el hipogeo
y visité a escondidas, solo y temblando,
la voz que me invitaba bajo el lino traslúcido,
el beso del silencio bajo la voz desnuda.


2004-2015


(Inéditos; Gentileza del autor)


La garganta en la roca
 

XIV. Maestra ciruela

Cinco pétalos blancos y en su centro 
los pistilos de oro y madrugada.
Vimos así al ciruelo florecido 
y era todo el ciruelo una flor blanca.
Era todo el ciruelo una flor blanca 
y nuestra huerta entera perfumaba.

Era una maravilla
ver y sentir la flor y su perfume.
Con vientos y con lluvias vino octubre 
y las flores cayeron.

De las mil ciruelitas diminutas 
que al fallecer los pétalos dejaron, 
algunas prosperaron.

Verdes, ya del tamaño de una uva 
pequeña, ayer las vi al sol de la tarde, 
en una tregua de la lluvia.

Nada la vista en ellas imagina 
de la profunda púrpura y dulzura 
que se deshará fresca entre los dientes 
y dejará en los labios un sabor 
parecido al amor.

Nada tienen que hacer, sino dejarse 
vivir, permanecer, bien agarradas 
a las ramas, ocultas en las hojas, 
hasta ponerse dulces y moradas.

Sin esfuerzo, sin maña, sin escuela, 
nada más que con tiempo, 
aprende la ciruela a ser ciruela.


(Del libro:"Un oráculo de agua",
Fénix,2023)



La voz humana
 

Como dos soledades que se tocan 
desde planetas muy lejanos, 
ella v yo hemos hablado por teléfono 
oyendo más la voz que las palabras 
tal vez, como si las palabras 
dijeran menos que la voz, 
como si las palabras fuesen algo 
pero la voz lo fuera todo.

Casi desconocidos, ella y yo
nos hemos casi amado por teléfono,
como dos soledades que se alcanzan
desde planetas muy lejanos,
unidos aun por la distancia,
sin vernos, sin tocarnos, sin olernos,
sólo oyendo esa voz en el teléfono,
como si fuéramos fantasmas
hablándonos desde otro más allá,
como dos almas que habitadas
por densas multitudes de voces implacables
pudieran descansar por un momento
en esa sola voz que no es fantasma,
que no acusa ni miente,
en esa sola voz piadosa,
en esa voz humana resonando en la noche.


(De: "Letras de agua"; 
Pliego de Poesía,OVA
        Ed.Juan Meneguín)

Alejandro Bekes


Alejandro Bekes (Santa Fe, 1959) ha publicado los volúmenes de poesía Camino de la noche (1989), La Argentina y otros poemas (1990), Abrigo contra el ser (Ediciones Río de los Pájaros, 1993),El hombre ausente (Colección Fénix, 2004), Si hoy fuera siempre (2006) y Virgen de proa(Pre-textos, 2015) y Un oráculo de agua (Fénix, 2023). Ha traducido una selección de la Poesía de Nerval, Venus y Adonis, de Shakespeare, Geórgicas de Virgilio, Fábulas de Fedro y la obra completa de Horacio (en cuatro tomos: Odas, Epodos, Sátiras y Epístolas, 2005-2022). Milagro de Ia noche (2019) incluye las traducciones de la Elegía de Thomas Gray y de En Villequier, de Víctor Hugo, con extenso prólogo. Es autor del diccionario de lingüística y teoría literaria Breviario filológico (2013) y de los libros de ensayo Los caminos tortuosos (1998) y Lo intraducibie. Ensayos sobre poesía y traducción (2010) y de un diccionario mixto titulado Breviario Filológico. Ha sido docente titular de la Universidad Nacional de Entre Ríos. Ha dictado numerosos cursos v conferencias sobre la enseñanza de la lengua materna, la literatura y la traducción. Actualmente coordina el taller de lectura Amaranto”,


(Fuente; La biblioteca de Marcelo Leites)

 

Víctor Cuello (González Caián, Pcia. de Buenos Aires, 1976)

 

 

sábana hueca
un tulipán florece
en tu espalda
 
me rodeaste
naufragaron vértebras
y pantalones
 
mi piedra lame tu agua 
 
es tarde en la mesa
pero nada se consume
 
tus ojos
son mi sudario
 
dale
colgate de mis pupilas
prometo
no dejarte caer
 
 

("Pajarito")
De "Hasta que el fuego diga"
Ediciones "Cardo Azul Buenos Aires 2018"
Director: Omar Cao.

 

(Fuente: Héctor Giuliano) 

Azucena Salpeter (Formosa, 1942)

 

 

 

 

 

 

La escala de Jacob



Bajan con grúas
alef escaleras cuerdas cristales de cuarzo ladrillos de la creación
no les prestamos atención
y olvidan lo que venían a decir
 
sólo el dedo de un niño pregunta
sigue el derrotero de rayas y manchas azules sobre la mesa del cielo de los olivos
 
ellos lavan y cepillan
suben las ruinas en grandes recipientes rotos
a la manera de alas
y el día se vuelve más claro
la mano en estrella del padre bendice
pregunta bendice
recuerda un momento y olvida
 
la rueda de la escala de Jacob gira
el mundo sigue siendo campo minado.

 

(Fuente: Daniel Rafalovich) 

Héctor Giuliano (Murazzano, Italia, 1947 / Reside en San Juan, Argentina)

 

 

 

Poco me queda
por decir
de aquellos años,
excepto
que mi amigo
murió atado
a cuatro hierros
en Villa Diamante,
y que salió
en la prensa
como "enfrentamiento".
 
Y que nunca
llegué
a su lado
por terror
y ese maldito paro de colectivos.

- Inédito -
 

Susana Villalba (Buenos Aires, 1957)

 

 

 

 

 

LA PANTERA

 

Matar al animal
requiere un animal
sin sombra.
Vas caminando por un monte
o te parece, no sabés dónde estás;
creés que lo sabías
cuando llegaste.
Ese negro
bien puede ser una pantera
o mujer,
no te das cuenta.
La mirada salvaje te gusta,
no, te calienta.
No, te mira
como quien no comprende
dónde está.
Ya estás perdida,
tendrías que llevarla a tu casa
pero sabés cómo termina:
un animal herido
siempre ataca.
Tendrías que matarla,
ahora,
antes de que sea tarde
o por piedad.
Pero esa mirada es una trampa,
si es pantera
sabe matar mejor
que vos.
Nadie sabe tu nombre
aquí
y ahora él
o mujer te da la espalda.
Pensás en un Remington
liviano
de distancia corta.
Pero nadie escucharía,
Red Hot los distrae,
a vos también.
Y no se mata por la espalda,
lo viste en las películas
o creés en eso.
Matar
es otra cosa.
Ahora te mira y ya sabés,
vas a llevarla a tu casa.
Está tocado por la gracia,
está a la vista
o vos lo ves, no estás segura,
o tiene algo
que creés comprender.
Y sin embargo
sabés cómo termina:
no sabés cómo
te hirió si te quería.
No querés acercarte,
te mira como miran los gatos
cerrando los ojos.
Se apoya en la barra
frente a vos,
los dos están perdidos.
Pensás en el Remington,
nunca tuviste uno.
Matar es otra cosa.
Nadie parece comprenderlo,
el negro tampoco pero ve
que tenés un cigarrillo
en la mano
y otro ardiendo
en el cenicero;
se acerca y lo fuma.
Estás perdida,
creés saber cómo termina
y volvés a equivocarte,
apaga el cigarrillo
y se va.
Ahora nadie
se parece a tu deseo.
Y es que no se parecía.
Una pantera perdida
en su memoria
o forma de mirar
o lo que fuera
que no vas a saber.
Tomás un taxi pensando
demasiada belleza no es el móvil,
es la coartada.
Para matar a una pantera
hay que cerrar los ojos.
 
(de Matar un animal, 1995)
 

(Fuente: Richard Poetus Rojas) 

Diane Wakoski (Whittier, California, EEUU, 3 agosto 1937)

 

 

 

 

 

HISTORIA



Un hombre me preguntó
la historia de mi vida.
Dije
que yo no tenía
historia.
Que todas mis historias eran vidas,
como hongos,
aparentemente sin raíces,
aunque las esporas, microscópicas, que bailan
en la tierra
como mi mano roza tu cara mientras
duermes,
                     ya no son misteriosas;
y recordé que todas mis historias son una sola,
dejando a una mujer con un puñado de plata
que se vuelve luz de luna
desvanece como el aire,
desaparece con el sol,
permaneciendo ella con sus manos abiertas
y la poesía que es música,
una canción que nos ronda a todos
es lo que le queda,
su realidad misteriosamente,
quizá microscópicamente, ida
                                                 para aparecer en otro
terreno pantanoso.
Yo busco al mago que entienda
lo que es invisible
al ojo desnudo,
que lea la poesía como un texto
para una nueva especie de jardín,
que convierta la luz de luna
en un puñado de plata,
en algo sólido y real,
no en ilusión,
no en viejas historias,
no en la vieja versión de la vida,
no en hongos venenosos.
 
Hongos,
comibles,
hermosos,
que dejan caer las esporas
y dan vida
justamente
como nosotros.
La historia de mi vida
es
que continúa.
 
 
Trad. Beth Miller
 

(Fuente: Marcela Machado) 

Miguel Gaya (Buenos Aires, 1953)

 

 

 

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Ulises revisited

 

Ni al mástil, ni cera en los oídos.
Rema sin miedo, no esperes las velas.
Ya no debes temer al tiempo huido,
El único peligro aún te espera. 
 
Las sirenas dormitan en las rocas,
La madera cruje, pero aun resiste.
Nadie sabe la suerte que le toca,
El don de viajar es lo que existe.
 
Cuando quieras volver, no habrá camino
Las olas borrarán hasta el recuerdo
De aquello que tomaste por destino 
 
No hay hogar, pero tampoco sino.
El fin no es ni rápido ni lerdo.
Creías en volver, serás olvido.
 
- Inédito -