viernes, 16 de octubre de 2026

Gerardo Arturo Gambolini (Buenos Aires, 1955)

 

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Crusoe

 

Hice una choza, un corral,
una huerta, puedo pescar
y tengo un libro
 
A veces, reconozco, añoro York
pero me atrevo a decir, me adapté
y aprendí – 
 
Mi autor, sin embargo, se equivoca
ve fe y convicción
donde no hay nada
 
El libro no alivia lo fútil
de mi reinado
Y nadie de quienes hablen un día, si lo hacen
 
me habrá preguntado qué pienso en realidad
más allá de mi instinto
cuando cae la noche –
 
Nunca había imaginado un naufragio
pero ocurrió
York, el barco, el conjunto del pasado
 
Y me trajo aquí, una isla desierta
poblada de calles, sonidos, otras siluetas
iguales a mí 
 
deambulando, yendo al trabajo,
los bares, las citas, volviendo a casa
ansiando alguna forma de salida.
 

Sun Axelsson (Mignon Walheide Axelsson Piper: Suecia, 1935 - 2011)

 

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Ahora he dado cuerda a todos los relojes.

 


Han estado parados muchos años.
Ahora quiero que pase el tiempo
y que la alegría se quede quieta.
Ahora la angustia tiene otros nombres.
Hay mucho que ha cambiado
y se llama de otra manera.
Mucho es lo mismo __como tu mano abierta
y mi puño cerrado.
Yo espero donde el camino empieza
y espero donde acaba.
Entre esos dos puntos he tensado una cuerda.
En ella hago equilibrios yendo
de un lado a otro.
Principio y fin son también lo mismo
Aunque con otros nombres.
 
 
de "Poesía nórdica", Ediciones de la Torre, Madrid, 1999.
Traducción de Francisco J. Uriz.
 

(Fuente: Marcela Machado) 

Eduardo de Filippo (Italia, 1900 - 1984)

 

 

El mar es mar
y no sabe que te da miedo.
Cuando lo escucho…
sobre todo por la noche
mientras golpea el acantilado
y saca las manos…
millares de manos
y brazos
y piernas
y hombros…
rabioso como es él
no le importa
si arranca las rocas
y veo que se retrae
y se abofetea
y obstinado,
susceptible,
pertinaz,
vuelve a salirse
y se ayuda con la cabeza
los hombros
los brazos
los pies
las rodillas
y ríe
y llora
porque quisiera espacio para desahogarse…
Yo, cuando lo escucho,
sobre todo por la noche,
como estaba contando,
no digo:
«El mar da miedo»,
sino me digo:
«El mar está haciendo el mar».
 

(Fuente: Jorge Montero) 

Elías Nandino (México, 1900 - 1993)

 

 

 

Imagen de 5 poemas de Elías Nandino - Zenda 

 
 
 
𝗟𝗹𝗲𝗴𝗮 𝗲𝗹 𝗱í𝗮
 
 
𝑃𝑎𝑟𝑎 𝑒𝑙 𝑝𝑜𝑒𝑡𝑎 𝐶𝑎𝑟𝑙𝑜𝑠 𝐿𝑢𝑞𝑢í𝑛
𝐿𝑜 𝑡𝑟á𝑔𝑖𝑐𝑜 𝑒𝑠 𝑞𝑢𝑒, 𝑠𝑖 𝑒𝑙 ℎ𝑜𝑚𝑏𝑟𝑒 𝑒𝑠 𝑙𝑜𝑛𝑔𝑒𝑣𝑜, 𝑡𝑖𝑒𝑛𝑒 𝑞𝑢𝑒 𝑐𝑜𝑛𝑡𝑒𝑚𝑝𝑙𝑎𝑟 𝑦 𝑠𝑢𝑓𝑟𝑖𝑟 𝑠𝑢 𝑝𝑟𝑜𝑝𝑖𝑜 𝑙𝑒𝑛𝑡𝑜 𝑑𝑒𝑟𝑟𝑢𝑚𝑏𝑒. _____________________ 
 
 
 
Llega el día en que el hombre se satura y se cansa
del amor, del placer, del dolor, de la esperanza,
y se vuelve solitario, empedernido, mudo
como soltera piedra varada en el desierto.
 
Llega el día en que nada, absolutamente nada
le despierta deseo. Lo ayer apetecido
hoy carece de encanto, de sabor, de alegría,
y no lo incita al beso ni tampoco al orgasmo.
 
Llega el día en que el hombre, insensible, no ambiciona
ni excitar ni excitarse, ni hacer nido con nadie,
porque cualquier contacto ya le produce náusea
o repulsión a humores muy antes deleitosos.
 
Llega el día en que el hombre consuela su existencia
con el íntimo invierno de recuerdos y rostros
en que a solas tirita. Esta ilusión helada
es el hada que impide que su carne se hedionde.
 
Llega el día en que el hombre es su cadáver vivo
que continúa de pie. Y si respira, conversa,
camina a tientas, llora en seco, es tan sólo porque
su mineral corazón aún mueve su sangre.
 
Llega el día en que el hombre, indigesto de mundo,
detesta los mitos, las religiones, la Biblia,
y quisiera haber nacido sin deidades ni avernos,
libre como las nubes, el aire o el sonido.
 
Llega el día en que el hombre reniega de su especie
en la que cunde el odio, la crueldad, la ambición,
y más al darse cuenta que hay un ardid latente
con que trata de probarlo aquel que lo creó.
 
Llega el día en que el día ya no llega, y el hombre
se derrumba en la noche de la eterna tiniebla,
despojado de rostro, sin memoria, exprimido,
como grano de arena que se pierde en la arena.
~ 

(Fuente: Pensar la Muerte)

Roberto Apratto (Montevideo, 28 de agosto de 1950 - Montevideo , 15 de octubre del 2025)

 

 

 

 

 

3 

.

Las últimas palabras de mi madre
tal vez un día antes de su muerte
(casi no hablaba) en el CTI del Hospital Italiano,
una sala antigua donde unas cortinas separaban
cada cama de la de al lado. Ella permanecía
casi todo el día con los ojos cerrados, derrotada
a los 83 años recién cumplidos.
Así que cuando entré a verla, ya de tardecita, después
de hablar con mis hermanos afuera,
y me acerqué
a la cama para saludarla, pensaba,
como se piensa en esos casos,
y como la ya prolongada enfermedad
nos había acostumbrado a pensar,
quién era esa madre, qué había sido,
qué quería decir
madre después de tantos días de internada
y de tantos años
de ser madre, qué era, mientras
le agarraba la mano
libre de cables, con cuidado, la relación
entre hijo y madre,
eso estrictamente personal
que había entre ella y yo: ella,
Noemí Davison, tirada en la cama, notoriamente enflaquecida,
y con una mueca de dolor que, de alguna manera, reproducía
la mueca de risa que siempre había tenido,
aun cuando no hubiera nada de qué reírse,
y que amabilizaba sus rasgos,
o los hacía cómicos a su pesar. Ella era
un cuerpo quieto
al cual yo llegaba, entonces, un viernes,
para estar al menos un rato, unos minutos, como las dos semanas
anteriores, exactamente desde su cumpleaños, el 10 de julio,
cuando, de niño, tomaba
chocolate caliente en el festejo:
estar con mi madre, con la mano agarrada,
era tratar de hablar,
de hacer valer de algún modo ese tiempo
como el tiempo entero de ser hijo.
La luz intensa del recinto,
general, convertía en público lo privado, dejaba a la vista
la vacilación afectiva, la distancia
que me suspendía frente a su rostro
y su pelo gris, nunca del todo blanco.
Estaba con los ojos abiertos,
pero no se sabía qué veía, qué era el mundo que se le veía encima,
y ahí estaba yo, el hijo menor, ante la suavidad que la rodeaba,
un aire leve que le impedía levantar la voz,
y mucho más
devolver la presión de los dedos de ese tipo, de cuarenta y nueve años, de cuarenta y nueve años,
a quien, tal vez, no reconocía como su hijo: un aire
de no esperar nada de nada, ya “casi sin resto”, como me había dicho
el médico de guardia: un espacio de silencio profundo que rompió
para decir “mijito”, muy despacio, pero también muy claro. Como
una prueba, un juego que disimulara
la gravedad de la situación,
y a la vez incluyera el tiempo de hijo y madre que estaba en la escena,
le pregunté qué hacía yo en la vida. Literatura, dijo, sin dudar
ni un segundo, sílaba por sílaba. Eso fue
lo que dijo esa noche,
lo que quedó entre ella y yo, como si fuera poco. Cuando salí a la calle,
a la oscuridad del parque, vi que me había quedado solo,
a la intemperie, con las últimas palabras
de mi madre:
el saber secreto de mi madre, que, desde entonces,
deja al presente en una línea sólida
que muestra lo que hubo,
el sonido del tiempo restante para ser hijo
y hacer literatura
en la intimidad del fresco de la noche. Para eso, entonces,
sin olvidarse de nada.
.
(Fuente: Grover González Gallardo Poesía)

César Seco (Venezuela, 1958)

 

 

 

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EPIFANÍA 

 

Este año entra frío.
En los mercados no hay ofertas.
Orine y mierda cunde en los bolsillos.
El discurso de las calles es porquería:
rabiosa plasta. Agachado la dejó
un borracho silbando una canción
a los ángeles o a su madre.
 
Este año entra frío.
Pido al Altísimo que mis ojos no se cierren,
que de la redonda y cifrada la flor obtenga.
Al diablo debo fulminar.
Acostado en el banco de una plaza miro
al cielo y sus astros lejos: blanco disco
y negro espectro dónde las estrellas
dibujan animales, fascinantes animales
dónde una vez estuvo el caos.
El insomnio me va dictando como si de
un recado para Dios mismo se tratara.
 
Este año entra frío.
Entono una partitura alucinada
sin enmiendas ni correcciones.
El silencio mis oidos arrebata. Esta noche
toco la cifra nueva. Entré por la puerta en
llamas. Salí con la luz discreta.
 
Este año entra frío.
Cada día de trabajo se lo ganó a mi absurdo.
Presente tengo a Dostoievski y a su Idiota:
<<He llegado a la convicción de que Usted
es un verdadero niño. Un niño en el sentido
absoluto de la palabra; de un adulto
sólo tiene el rostro y la estatura>>.
 
Este año entra frío.
Bajo la redonda mi risa de batracio,
mi lágrima de espanto.
Cuánto en mí no es dolor sino vacío:
vaso sonoro donde una a una caen
las estrellas y en flor abierta la vigilia
al sueño muda.
 
Este año entra frío.
El miedo su sílaba a la noche infunde.
Miedo es nada. Miedo al cuerpo espina.
Un disparo a la noche doy: apuesto por
mi ala. Corazón es mi pan diario.
Árbol en la noche alerta.
!La imaginación! !La trueca!
Mi juguete de rabia. Mis pistolitas.
El labio adviene en azúcar y el cielo en beso,
pan donde la mañana anuncia a Dios.
 
Este año entra frío.
No me dejes cavilando el tedio.
Tú me conoces, soy tu hijo enamorado.
Apuesto contra la cordura de los necios
y los impunes.
Amigo mío, supremo terco.
Aunque el esputo suene en mi nariz
y un frondoso virus mi cuerpo encienda.
Tú sabes que la flor que labro tiene
tu luz y tu migaja.
 
 
en Oscuro Ilumina. C.S. 1999, en Lámpara y silencio. Antología poética, 2007. en Poemas selectos, 2026.
 
Fotografía: Victor Borst

 

Octavio Armand (Cuba, 1946)

 

 

 

 

 

ENGO ALGO QUE DECIR ME DIGO

 

Tengo algo que decir me digo 
Palabras que se disuelven en la boca 
alas que de repente son percheros 
Donde el grito cae crece una mano 
Alguien mata nuestro nombre en algún libro 
¿Quién le arrancó los ojos a la estatua? 
¿Quién colocó esta lengua alrededor del Llanto?
 
Tengo algo que decir me digo 
Y me hincho de pájaros por fuera 
Labios que caen como espejos Aquí
Allá adentro Las distancias se reúnen 
Este norte o este sur son un ojo 
Vivo alrededor de mí mismo 
Estoy aquí allá entre peldaños de carne 
A la intemperie 
Con algo que decir me digo.


(Fuente: team poetero)