martes, 19 de mayo de 2026

Daniel Rafalovich (Santa Fe, 1958)

 

 

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De «Teatro de sombras. Poemas dispersos» (Ediciones Ramos Generales, 2025)

 

 

Teatro de sueños 

 

He soñado mil veces
con un salto en el tiempo.
He visto extraños desfiles
sobre pasarelas de cristal
en espirales ascendentes.
He tenido sueños concéntricos
(despertaba
y el sueño seguía allí).
Sueños prehistóricos
en busca de algún fuego.
Sueños medievales
tras un cáliz mitológico.
Sueños con enormes Palacios de Justicia,
entre pasillos selváticos.
También hubo casas desconocidas
en un conocido sur
(y en un lago encrespado
y un altillo con libros en desorden).
Y un extraño recital poético
en una suerte de burdel
a cielo abierto.
Y presencias queridas
amor y vino
parpadeos galácticos
cuchillos maquillajes
susurros profecías reflejos
sed sexo caravanas
amenazas intangibles.
Y, claro, esa caída sin fin
(tan propia de los sueños)
que precede al momento
en que los ojos se abren al abismo. 
 
 

ALREDEDOR DE LOS SUEÑOS

Persiste entre ellos y la luz
una barrera nebulosa
una disyuntiva urgente
entre cansancio
y recuerdos.
Devora la memora su vorágine
Cae ensimismada frente a su brillo
el trueno asordinado de cada amanecer.
Cruzarán alguna vez esa barrera
Rendirán su profético puñal
a la furia del deseo.
Abolirán sus señales atávicas
ante la sólida certeza
despiadada
cruel
perfecta y conocida.
Teatro de melancolía
Noche de sábado en el mundo,
como nunca se entrecruzan los mensajes.
Todos salen a buscar lo necesario.
Algunos naufragan en asilos
abismados ante nada,
esperando para cuándo,
rugiendo para adentro, ásperamente,
por esa falta de costumbre de gritar.
*
 
No se compra este dilema
este desvelo
No hay fórmulas alquímicas
contra el destierro
¿Quién puede imaginar
mayor tristeza
que la de aquél que jamás duda,
que sostiene sus días
con certezas? 
 
 

Teatro de historias 

 

SALEM
Sonreía y su sonrisa
buscaba algún reparo.
(Quizás sepas
que sus manos de marfil
prohijaban una pócima blancuzca)
El espejo la arrullaba
en sueños sin hogueras
(Recuerdas: la espiral de los sueños
la caída infinita)
A veces canturreaba en la hora de los ensalmos
cuando las sombras
profanaban los rincones.
El imaginario de la aldea
colegía rituales o
con espantada mueca
paladeaba sus cópulas satánicas.
Ella, siempre, sonreía
y en su boca
la savia de mandrágora
estallaba en artificios seminales
que no cesa. 
 
 

 

Unipersonal 

 

Busco (siempre) la tibieza
la esperanza.
No de fortunas.
No de glorias marchitas.
La tibieza del pan recién horneado.
La esperanza de la golondrina.
terminando Agosto. 
 
Mañana lloverá
y no parece un acertijo.
Mejor diría
mañana hablaremos.
Entonces sí
los árboles
la lluvia dylaniana.
Los anuncios del tarot
serán sólo espejismos.
Amanecerá
bajo aquellos pliegues.
Teatro de sombras
Cuidado
no te muevas
están llegando.
Con su ropaje de tinieblas
su silencio pre-tormenta.
Pura pólvora.
Sólo sangre.
No abras las ventanas
las sombras se agitan
los árboles delatan.
No te muevas.
No tiembles.
Miedo -muerte.
Vasta vida. 
 
 

DICTADURAS 

 

En mi cuarto describía bucólicos estados
Y, adolescente, soledades no deseadas.
La noche transcurría
como una curva eterna,
un salto al vacío
el peligro o el Edén.
Besos profundos han pasado
y lunas,
dictaduras.
Y hoy comprendo que lo único
que jamás se detiene
es la danza enloquecida de los átomos,
la azarosa química del cuerpo.
 

(Fuente: Gilgamesh: Poesía y Poéticas) 

Pedro López Lara (Madrid, 17 de marzo de 1963)

 

 

TOUCHÉ 

 

El desapego hacia la muerte
es algo que se aprende con los años.
Es natural retarla cuando joven,
sabiéndola lejana y desatenta.
Pero en el tiempo venidero, que es el nuestro,
el desafío se atempera al ver
—sorpresa—
cómo se inclina y recoge el guante.
***
 
 

EL QUE SERÁ LLAMADO 

 

Elaboremos ahora que aún estamos a tiempo
un repertorio incandescente de recuerdos.
 
Seleccionaremos a continuación uno de ellos
en el que nos resulte agradable perdernos,
en el que nos sintamos felices, porque
          lo que evoca fue pleno.
Burilémoslo entonces, procuremos
          que tenga —entero—
la forma que procede: la de instante.
          Memoricemos,
por último, esa nueva versión,
          y asegurémonos
de que reconoce nuestra voz y su nombre,
          de que acude en efecto
cada vez que lo oye, y nosotros al verlo
lo reconocemos también, sabemos
que será cuando llegue el final
           el que querremos
llamar, y que él será, cuando ya no quede
           otro tiempo
que su tiempo de instante, el que llamemos.
 
 
Puede ser una imagen de texto que dice "Pedro López PedroLópezLara Lara EΝ (POESÍAREUNIDA) (POESÍA REUNIDA) 2 CALLEDELAIRE CALLE RLLDELAIRE DEL AIRE RENACIMIENTO" 
 

 

(Fuente: Carlos Morales del Coso) 

Fabián O. Chazarreta (Pcia. de Buenos Aires, 1981)

 

 

De "Lo que cae entre la niebla".

 

Qué nos cierra los ojos
cuando el carbón chispeaba
no era cierto que alguien
se acordara de nosotros.
¿Quién podría acordarse
de una familia en una casilla
durmiendo
a la luz de un brasero?
Quién, sino nosotros mismos
en el sueño del otro.
 

(Fuente: Alicia Silva Rey) 

Umberto Saba (Trieste, Italia, 1883 - Gorizia, 1957).

 

Puede ser una imagen en blanco y negro de zarza 

 

La cabra

.

Le he hablado a una cabra.
Estaba sola en el prado, y atada.
Saciada de hierba, empapada
por la lluvia, balaba.
 
Aquel monótono balar se identificaba
con mi dolor. Y yo le respondí: primero,
por bromear; después, porque el dolor es eterno,
y tiene su voz y no varía.
Era esta voz la que sentía
gemir en una cabra solitaria.
 
En una cabra de rostro semita
sentía lamentarse cada mal ajeno,
cada ajena vida.
 
.
Umberto Saba (Trieste, 1883 - Gorizia, 1957). Antología esencial de la poesía italiana. Selección: Luis Martínez de Merlo. Traducción: Antonio Colinas. Espasa Calpe. Madrid. 1999
 

(Fuente: Griselda García) 

Pablo Guevara.( Lima, 1930-2006)

 

 

Puede ser un gráfico de texto que dice "6. Feria Virtual del Libro de Cajamarca, Perú 19 9&20 & 20 septiembre 2026" 

 

MI PADRE

UN ZAPATERO

 


Tenía un gran taller. Era parte del orbe.
Entre cueros y sueños y gritos y zarpazos,
él cantaba y cantaba o se ahogaba en la vida.
Con Forero y Arteche. Siempre Forero, siempre
con Bazetti y mi padre navegando en el patio
y el amable licor como un reino sin fin.
 
Fue bueno, y yo lo supe a pesar de las ruinas
que alcancé a acariciar. Fue pobre como muchos,
luego creció y creció rodeado de zapatos que luego
fueron botas. Gran monarca su oficio, todo creció
con él: la casa y mi alcancía y esta humanidad.
 
Pero algo fue muriendo, lentamente al principio:
su fe o su valor, los frágiles trofeos, acaso su pasión;
algo se fue muriendo con esa gran constancia
del que mucho ha deseado.
 
Y se quedó un día, retorcido en mis brazos,
como una cosa usada, un zapato o un traje,
raíz inolvidable quedó solo y conmigo.
 
Nadie estaba a su lado. Nadie.
Más allá de la alcoba, amigos y familia,
qué sé yo, lo estrujaban.
Murió solo y conmigo. Nadie se acuerda de él.
 
 
(Fuente: Feria virtual del libro de Cajamarca, Perú) 
 

Romero Kio Saeacho (Río Negro)

 

 

Creencias (fuga, aceptación y tono).



El jardín desapareció bajo la ceniza volcánica.
Frenéticamente barro la del suelo. Y moderada, la del pasto.
En forma involuntaria daño algunos brotes
justificando tal invasión biológica
con el oportunista lema
de la selección
natural.
Me creo poderosa. Sin infamia deshago pequeños montes
tiro con el cepillón la arena abandonada alrededor de mi casa.
El volcán hizo oscura la tarde para desplomarse en lluvias de aridez vegetal
desde su hebra de fuego amarilla deltas de arritmia treparon la noche azul.
Una montaña estalló para recordarme mi amor por las arenas
testigos de llantos marinos entregados a la aceptación
una montaña se quebró para recordarme mi amor por las arenas secas
dejándose ir erosionadas a los campos del viento
una montaña se rajó para recordarme mi amor a las fronteras de la humedad
donde espumas de salitre escribirán la orilla.
Una piedra quebrada viene a recordarme mi amor
por las liberadas aún humeantes.
Las hechas de tiempo.
Arenas.
Glóbulos claros. Polvos
femorales.
Suspendidas frente a mis ojos se funden con el aire como un barco entre el horizonte
pero ante el empuje de las cerdas de alambre son invencibles porque estos seres
nacidos a la sombra roja de las lavas son los pies
de mi nostalgia.
Soy otra arena fugada de playas jóvenes, de escolleras
izando perfumes a musgos de mar
trepé a la noche entre raíces eléctricas
fui enterrada bajo un arsenal plomizo
y por fin asisto al desentierro de lo ocultado.
Este jardín igualmente es una nostalgia que presiento viva
hablándome desde su fondo marino sublevado hace milenios.
Por eso barro.
Frenética la ceniza del suelo. Y moderada, la del pasto.
Hasta que Aparece
la
primera
estela
oscura
y encuentro
mi tono.
El aroma fresco es más candente que el ardor cuando está vivo en la memoria.
En la certeza de la tierra
anhelada y negra
veo la existencia
despojada de mi.
Ése es mi tono.
Y para eso barro.
*
Julio 2018. ms
 

José Luis Rivas (Tuxpan, México, 1950). En 1982

 

 

Recordamos dos poemas de José Luis Rivas (Tuxpan, 1950). En 1982 publicó Tierra nativa, un libro de gran barroquismo que, empleando la variante dialectal del español de Tuxpan, ha construido un poema que corre paralelo a aquellos que en Estados Unidos se identificaron con la Language Poetry y en el sur del continente con el neobarroco. En 1986 ganó el Premio de Poesía Aguascalientes, en 1996 el López Velarde y en 2009 el Premio Nacional de Ciencias y Artes, entre otros. Es traductor de Saint-John Perse, de Aimé Césaire, Walcott, de Brodsky. Autor de referencia en la poesía mexicana.

 

 

 

 

 

Del diario del viejo capitán

A Gerardo Deniz

 

I

Por cien florines
ajustamos el flete de la nave,
aunque bien no sabíamos
a qué destinarían en esa inmunda rada
nuestra preciosa carga de ova roja.
Pero con el dinero allí cobrado,
nos fue fácil viajar
de nuevo al cabo de Buena Esperanza
en busca de agapanto. 
Así nos despedimos de escarpas verdosas,
de un matadero de ganado rucio al pie de un río
–que en la tarde atraía marrajos al ancón,
donde eran inevitables presas del arroaz–
y de meaucas chirreando sobre pringoso estero,
laguna adentro.

 

 

II

He aportado, lo sé, en casi todas las abras.
Entre nidos de mergos,
aun el más inasible risco fue mi proíz. 
Nada me inquietó
tanto en mi andanza por los siete mares
como esos pescadores que transportan
a brazo, en angarillas, su botín
arrancado a la mar
como si se tratara de un enfermo.

 

 

 

 

Río

 

VIII

 

Bajan del monte
                                antes de Todos Santos.
Tordos machos,
                              morados de tan prietos;
con camisas chillonas
                                        botines y machetes de madera.
Uno de ellos
                        (la Vieja)
viste como mujer
                                y otro lleva careta de cartón
y un machete:
                          es el Negro.
                                                Descontando a la Vieja
de larga trenza
                           todos los otros bailarines
                                                                           andan ensombrerados.

 

La guerra
                   el violín
                                  y los machetes que se cruzan
arman sones de palo
                                      que van creciendo
a la par que los niños
                                        de altas casas vecinas:
estallado piquete de vilanos
                                                    que vuelan de los setos
y, al tiempo que serpean,
                                               desenrollan la cuerda de aquel trompo
puesto a danzar la carrera
                                               (porque este pueblo 
está sentado a la orilla del río
                                                      y luego como acuclillado al pie
de algún danzante cerro).

 

Y así pasábamos​​ 
                                de un morro al monte
                                                                          sin darnos cuenta
(del cerro de la casa
                                      al más lejano del pueblo).
Y luego anochecía.

 

Oigo un violín que malla.
Veo la cara de el Negro
                                            sus amenazadores
ojos de brasa
                         perforando la máscara
mirándome precisamente a mí
                                                         que echo a correr también

 

entre mil buscapiés
                                     gritos de espavoridos guajolotes
                                                                                                 y perros
que aúllan
                    al cabo de mi sueño perturbado.

 

Aquella trashumante pirotecnia
                                                            se animaba unos días
antes de Todos Santos.
                                           Y era para nosotros
                                                                               una estación aparte:
el clima bonancible de una isla.

 

Flota un olor a pólvora
                                           en el pringoso patio del recuerdo
y en la cocina
                         (que entrevera en mangana de humarazos
los chámitles
                         el atole de capulín
                                                           el pipián enchilado
y un zacahuil enorme
                                        cocido en horno de barro
                                                                                       y que sabe a jabalí).

 

 

 

 

 

 (Fuente: círculodepoesía.con)