jueves, 28 de mayo de 2026

Hugo Conese (Tres Arroyos, Buenos Aires, 1980 / La Plata)

 



XX
¿Quién mató al perro Sultán?
Le dieron de comer vidrio molido
y su cuerpo sangró por dentro como un barril.
Tendido entre los canteros
parecía un felpudo pateado
su lomo de tres colores.
¿Para qué mataron al perro Sultán?
Solamente dormitaba al sol la mayor parte del día
y en la noche vagaba sin rumbo
bebiendo de los charcos,
ladrando hacia la luz.
¿Por qué mataron al perro Sultán?
¿Acaso no saben que ya no vuelve?
¿Acaso no saben que morimos para siempre?
-
-
XXI
¿Cómo se espera a la muerte en un pueblo?
¿Contando las horas?
¿Abriendo roperos?
¿Diciendo algún nombre?
Hay muérdago en las paredes,
hay un cristo con espigas.
Nada descansa
aunque toda duerma
en las horas profundas de la noche.
¿Cómo se espera a la muerte en un pueblo?
¿Como a una carreta?
¿Como a la lluvia en enero?
¿Como a un animal
traslúcido y lento
que viene de muy lejos?
-
-
XXXVl
En el día parezco aún no haber nacido.
Va mi paso sin ser entre las gentes
y los murmullos.
Por la noche, en cambio,
un pueblo que ya no existe
agita su dorado cascabel a la distancia.
Vuelve su hálito a dejarme una misión.
Soy el muerto.
El que se ha ido.
**
 
De: LA MUERTE DE UN PUEBLO, inédito.
 

(Fuente: Alicia Silva Rey) 

Kwesi Brew (Cape Coast, Ghana, 27 mayo 1928–Accra, 30 julio 2007)

 

 

 



 

LA BÚSQUEDA 

 
El pasado
No es más que las cenizas
Del presente;
El futuro
El humo
Que escapó
Hacia el cielo cubierto de nubes.
 
Sé gentil, sé amable, amada mía
Porque las palabras se vuelven recuerdos,
Y los recuerdos herramientas
En manos de bufones.
Cuando los sabios guardan silencio,
Es porque han leído
Las palmas de Cristo
En el rostro del Buda.
 
Así que no busques sabiduría
Ni orientación
En su discurso, amada mía.
Deja que el mismo fuego
Que castigó sus lenguas
En silencio,
Nos enseñe – ¡nos enseñe!
 
La lluvia cayó,
Mientras tú y yo dormíamos
La carga nocturna de nuestras pasiones;
Su nueva sabiduría
En rápidos relámpagos
Reveló la verdad
De que ellos habían sido
Esclavos de los tontos.
 
 
(Traducción: Óscar Limache, peruano) 
 

THE SEARCH 

 

The past
Is but the cinders
Of the present;
The future
The smoke
That escaped
Into the cloud-bound sky.
 
Be gentle, be kind, my beloved
For words become memories,
And memories tools
In the hands of jesters.
When wise men become silent,
It is because they have read
The palms of Christ
In the face of the Buddha.
 
So look not for wisdom
And guidance
In their speech, my beloved.
Let the same fire
Which chastened their tongues
Into silence,
Teach us – teach us!
 
The rain came down,
When you and I slept away
The night’s burden of our passions;
Their new-found wisdom
In quick lightning flashes
Revealed the truth
That they had been
The slaves of fools.
 
 


En: The Penguin Book of Modern African Poetry (1963)
Edited by Gerald Moore and Ulli Beier
Harmondsworth, Middlesex, England: Penguin Books, 1998, p. 102
 

(Fuente: Óscar Limache) 

Claudia Dabi (Chivilcoy, Buenos Aires)

 

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LO ABSURDO 

 

De una semilla de olvido
y otra de recuerdo
nace una ciega máscara de nube.
Acuérdate de que no sabes recordar.
Olvídate de que no puedes olvidar.
La noche es tan larga y densa
que una estrella estalla
y se borra de la lista de los soles blandos.
Algunos toman en serio su papel de planeta.
Una dama de negro
hace sonar cielos amarillos
como truenos de viento
mientras contempla
la Tierra desde lejos
cómo se derriban
las rocas de cartón.
El grito silencioso
que solo el hueso oye
infinita costilla
la que calla los párpados
por la cual muere la piedra
del sentido. 
 
 
             Sin prisa sin pausa
Chivilcoy, Buenos Aires, Argentina
 

Eduardo Magoo Nico (Buenos Aires, 1956)

 

PLUMITA DE CABURÉ 

 

 

PLUMITA DE CABURÉ

 

No leas lo que escribes,
observa las figuras que aparecen
en los espacios en blanco,
verás amontonadas en racimos
cosas terribles.
 
Míralas mientras los perros
aúllan allá afuera
y apagan con su orín
el brillo del pórfido
de tus fecundos umbrales.
 
Aislado, sin apoyo, sin defensa,
encerrado en tu perpetuo cautiverio.
Hasta el agua y el fuego
complotan para entregarte
a la soledad de los monstruos.
 
Solo.
En un país extraño
de pura gente idiota.
Sin origen, sin destino.
No logrará, sin embargo,
la cercanía de la muerte
hundirte en la autocompasión
a la que nunca te has abandonado.
 
Seré agorero esta única vez.
Lloverá otro siglo de penurias
sobre nuestras benditas provincias.
Morirá mucha gente,
muchos se irán para no volver.
 
De lo que entonces quede,
se venderán los pedazos
al mejor postor.
Y así, nuestra Santa María
de los Buenos Aires
alcanzará su tan ansiada autarquía.
Una república plateada.
Más que plateada:
platiné.
 

Juan Carlos Becerra (Villahermosa, Tabasco, México, 21 mayo 1936–Brindisi, Italia, 27 mayo 1970)

 

 

 



BETANIA

 

He tocado esta carne y no he hallado otra resurrección que el olvido
ni otra vehemencia que aquella de los labios pegados a la noche,
a la oscuridad besada de los cuerpos,
a las palabras dichas para que las bocas resistan el hierro nocturno.
La sangre también recuerda sus hechos de tierra
como un navío que cabecea en los muelles.
El cielo de este día es otra vaga historia,
el anochecer va posando sus alas sobre los nombres escritos.
 
¿Dónde está lo que resplandece cuando el fuego retrocede?
¿Dónde está aquello que no es vencido por el poderío de lo que duerme?
 
Llovizna sobre la tierra como un arrepentimiento tardío,
como una voluntad de lavar en voz baja.
 
La magia ha arrojado sus armas en el centro de la habitación,
la historia de Lázaro se ha convertido en pasto de charlatanes de buena y mala voluntad,
y la consecuencia es este legado de carne envanecida de su morir,
aquello a lo que llaman primer paso hacia la inmortalidad.
 
Todos los ríos levantan su copa hacia las nubes
pidiendo que se las llenen de infinito para beber lentamente otra sombra,
todos los ríos esperan la alfombra de la luna, el cuarto cerrado
donde al amanecer se desvisten los que se ahogaron de niños.
 
Pero no es en la fruta acostada en su madurez
ni bajo el árbol donde el cielo detiene sus dioses ausentes,
donde los ojos se abren de nuevo.
Es en la impiedad de las estatuas, en las sordas lecturas del azufre,
en la verdad del salitre, en el herbazal de la sangre.
 
La mirada entonces no yerra como no yerra el amor,
las mujeres danzan alrededor de su propio desnudo
y nos invitan a llorar por la muerte de sus astros.
 
Estos ojos de amor que me llevan se han abierto también en los ríos,
en las arenas lavadas como alguien que pone en orden sus recuerdos y luego se marcha.
Ríos que se levantan en silencio para abrirle la puerta al océano,
al océano que entra sacudiendo los retratos y las apariciones,
los lechos y sus consecuencias de sangre o de nieve.
 
Creo en lo oscuro de la materia pero su renombre no es oscuro;
Dios ha entrado en su tumba tranquilamente
porque cree en el poder de los hombres para despertarlo,
porque los hombres se anuncian los unos a los otros
con una luz escarlata y colérica.
 
He respirado la indiferencia que me atañe,
el olvido que alguna vez tenemos en las manos como una bella flor de papel.
Le he dado un nombre amoroso a mis culpas
y he temblado al creer en lo que me vencía.
He pasado tardes en silencio, mirando mi fraudulenta resurrección
esperando un gesto revelador
para tomar la noche como un incendio.
 
La primavera ha pasado con sus voces de fruta,
con su tropel de sol en las mejillas,
el sudor ha sido hermoso como la espuma en las adolescentes
el corazón ha dejado en la playa otra carta sin firma.
 
También la rabia espera ahora su reinado,
el sol camina sobre los ataúdes abiertos,
pero los muertos no han podido siquiera ofrecernos una disculpa
por su ausencia, por eso la melancolía es más hermosa
que una columna griega.
 
He aquí esta mirada,
esta mirada nuevamente en las postrimerías de sí misma,
desplegada como un pabellón de guerra, como una lúcida avanzada invernal.
He aquí que mi mano no tiembla al levantar la lámpara.
Hay espejos rotos semienterrados en la arena de la playa,
están las escamas de los días de verano;
y en la tarde plomiza el mar golpea con todo su cuerpo
como si quisiera despertar a la tierra hacia una luz más honda...
 
Y hemos llorado, nos hemos visto correr en nuestras lágrimas,
hemos alabado nuestras mejillas, hemos palpado a ciegas otro cuerpo
que no venía en las lágrimas; entonces la tarde
parecía esperar en nuestros ojos.
 
Pero yo quiero ahora la otra mejilla del amor,
el lado no abofeteado aún por su propio silencio;
porque me he convencido de la soledad sin tregua del mar y lo señalo
y me agobia ese resplandor de la luna en los cabellos de los muertos.
Ahora veo lo que tarda en llegar y escucho el sonido de los cuernos
anunciando la partida de caza.
 
 
Relación de los hechos (1967)
 
En: Manuel Ruano
Poesía nueva latinoamericana (1981)
Lima: Ediciones El Gallinazo, 1981, pp. 120-122
 

(Fuente: Óscar Limache) 

Rosario Castellanos (Ciudad de México, 25 de mayo de 1925 -Tel Aviv, 7 de agosto de 1974)

 

 

 

 

 

El otro

 

¿Por qué decir nombres de dioses, astros
espumas de un océano invisible,
polen de los jardines más remotos?
EL OTRO 
 
Si nos duele la vida, si cada día llega
desgarrando la entraña, si cada noche cae
convulsa, asesinada.
Si nos duele el dolor en alguien, en un hombre
al que no conocemos, pero está
presente a todas horas y es la víctima
y el enemigo y el amor y todo
lo que nos falta para ser enteros.
Nunca digas que es tuya la tiniebla,
no te bebas de un sorbo la alegría.
Mira a tu alrededor: hay otro, siempre hay otro.
Lo que él respira es lo que a ti te asfixia,
lo que come es tu hambre.
Muere con la mitad más pura de tu muerte.
.....

(Fuente: Daniel Freidemberg)
 

Anna Ruchat (Zúrich, 1959)

 

BINOMIO FANTÁSTICO

 


 
 
 
 
Todo comienzo es torpe
 
 
En el principio Ella pare a ella y son tres. Él un tiempo trabaja, luego, casi de repente, muere.
Ellayella vuelve a ser una sola y quiere tirarse para abajo. La baranda del balcón espera una mudanza. Los años caen a plomo en la nochecita. De improviso la casa se llena de gente.
Con una de las dos cabezas Ellayella intenta sonreír. La mano contiene en la otra boca un grito.
El borde de ese precipicio sabe a albahaca.
Ellayella cambia de casa.



Declinación magnética

Una tarde de otoño Ella y ella se suben al coche, cruzan la frontera y avanzan por caminos de campo desiertos en la estrechez de un desafío. Bajo las ruedas crujen los puntos cardinales. La aguja de la brújula parece un cuchillo y no tiene boca. El destino calla obstinado mientras la niebla siembra preguntas en el asfalto. En la llanura, el automóvil avanza lento por caminos estupefactos.
Hasta los árboles casi desnudos a lo largo del zanjón parecen preguntarse adónde diablos están yendo.
Vigevano está lejos todavía, dice Ellaaella, mejor volver.



El ovillo de la vida

Era Ella la que sostenía la punta, y cuántas veces pensó en soltar ese hilo y confiárselo a otros y esconderse de ella para siempre. Abandonarla a ella habría sido fácil, estaba desprovista de malicia y su hilo era breve. Podía escaparse lejos, pero Ella sin ella era un cuerpo sin vísceras.
Entonces, encontrando la fuerza, la agarraba de la mano.



Almas llenas de oscuridad

Cada noche en la larga mesa de la cocina Ella y ella frente a una taza de café con leche, pan con queso, una salchicha u otros alimentos solitarios para consumir de a dos. Termina temprano la cena. La intimidad no preserva sino cierra el espacio de las respuestas mientras el dedo recorre interrogativo la franja azul que forma un círculo alrededor del plato.



HABITACIONES


La clave es la luz

Tal vez debido a la montaña
que entra en la habitación
el espacio en la vieja casa
no ofrece refugios.

La doble altura es un calambre
de nostalgia
cuando el otoño
anticipa el oscurecer
y se enciende la lámpara tenue
en el rincón de la escalera.



La habitación de ella está en la torre, la parte más antigua de la casa, el piso es de terracota áspera, todo cuarteado pero liso, de un rojo pastoso. La habitación está llena de vida y la ayudaría si su mente no estuviera envuelta en un abrigo, verano e invierno.



El cuerpo de ella se expande sin reglas
ni medida en ese espacio dilatado de la casa
en donde la comida entra a hurtadillas
mientras
distraídamente las costumbres
se deshacen
entre las charlas
bajo una luz aturdida
que junta en sí
los extremos



EN LAS MEDIDAS PRISIONERA


Un grito, la noche

se estrechan las horas
entorno al anochecer
y el rojo del otoño
de día
hace el resto

En una rara pausa dices
aferrándome la mano
con tus fuertes huesos
mira
¿un pescador?

No, mamá
ese señor con la red y el sombrero
saca las hojas de arce
de la piscina de la clínica

sonríes

y tal vez ya me veas
en la otra orilla

(Del libro homónimo,
Barnacle, 2026,
Envío de Alberto Cisnero)
Anna Ruchat

(Traducción de Pablo Ingberg)


Anna Ruchat (Zúrich, 1959), formada en filosofía y literatura alemana en Zúrich y Pavía, comenzó su trayectoria literaria como traductora del alemán (libros de Friedrich Dürrenmatt, Victor Klemperer, Nelly Sachs, Paul Celan, Thomas Bernhard, etc.), para iniciarse luego en la escritura de narrativa, a partir de los cuentos de In questa vita (En esta vida, 2004, Premio Chiara), y de poesía, a partir de Geografia senza fiume (Geografía sin río, 2006). En 2019 ganó el Premio de Literatura Suiza con los cuentos de Gli anni di Nettuno sulla terra (Los años de Neptuno en la Tierra, traducido parcialmente al inglés). Su última novela es Spettri familiari (Espectros familiares, 2023). Una anterior, Volo in ombra, fue traducida al castellano por Pablo Ingberg (Vuelo a la sombra, Pre-Textos, 2024).     

 

(Fuente: La Biblioteca de Marcelo Leites)