Cuando me acosté, para pasar la noche, en el desierto,
de espaldas, y dormité, y abrí los ojos,
mi mirada se disparó hacia arriba, como si se cayera
en el cielo,
y vi el ojo abierto de la noche, todo
cándido, todo iris de un gris de estrellas iluminadas,
disperso en racimos de brillantes estrellas iluminadas,
disperso en racimos de brillantes pupilas.
Miré, dormité, y cuando mis párpados de alzaban me
desplomaba fuera de la atmósfera,
me zambullía y me sobresaltaba como si me hubiera salteado
un escalón. Me dormía, y me despertaba, y me dormía,
y cada vez que abría los ojos
me caía profundamente en el universo.
Parecía muy poblado, hueco, intrincado, elástico,
no sentía que podía verlo realmente
porque no sabía qué era lo que estaba
viendo. Cuando se abrían mis párpados,
estaba lo real: absoluto,
frío, impersonal, íntimo,
bondadoso sin dulzura, yo remontaba vuelo, mi
velocidad aumentaba a veces a su velocidad, entraba
en otra dimensión, y sin embargo
una a la que pertenecía, como si
no solo la tierra mientras estoy aquí, sino el espacio,
y la muerte, y la existencia sin mí, fueran mi lugar.
(Fuente: Larvaria)
(Fuente: Óscar Limache)