martes, 21 de abril de 2026

Paul Celan (Rumania, 1920 - Francia, 1970)

 

 

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REJA DEL LENGUAJE

 

Redondez de los ojos
entre los barrotes.
Animal centelleante
el párpado
rema hacia arriba,
libera una mirada.
Iris, nadadora,
nublada y sin sueños:
el cielo, de un gris corazón,
debe estar cerca.
Inclinada, en la boca de hierro,
la astilla echa humo.
Por el sentido de la luz
adivinas el alma.
(Fuera yo como tú.
Fueras tú como yo.
¿No estábamos parados
bajo un viento alisio?
Nosotros somos extraños).
Los azulejos.
Sobre ellos,
demasiado próximos, ambos
charcos de un gris corazón:
dos bocanadas de silencio.
.....
 por Juan Carlos Villavicencio.
 

(Fuente: Daniel Freidemberg) 

Rafael Felipe Oteriño (La Plata, 1945)

 

 

 

 

 
TODOS, ALGUNA VEZ, ESTUVIMOS EN EL PARAÍSO
  

 

El que observó a medianoche la espuma blanca del cielo, el que 
oyó un galope prolongado en la estepa de la mañana, los que 
adivinaron la lluvia y se mojaron en ella, el pescador que aguarda 
el próximo pez que prenderá esa tarde, el que recuerda el olor a 
café detrás de una puerta que no existe, el que siente en la boca la 
primera palabra de un verso: todos, alguna vez, estuvimos en el 
Paraíso. Las manos lo tocaron y el pecho aspiró su perfume, el Paraíso 
cedió por un instante -se detuvo allí- alzó un vivac en el que cada pieza 
coincidió con su opuesto: las sombras con el árbol, el árbol con el 
camino, el río de Heráclito con el río a secas.
 
*****


(Fuente: Daniel Rafalovich)

Carlos Pellicer (San Juan Bautista, hoy Villahermosa, Tabasco; México, 16 de enero de 1897 - Ciudad de México; 16 de febrero de 1977)

 

 

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AL MAESTRO 

.

                    A Enrique González Martínez en su octogésimo aniversario
.
 
Saqué del agua la profunda estrella.
Y mi pecho saltó, y el agua herida
se obscureció como niña escondida
y el dedo silencioso que la sella.
 
Y el agua sin su seno de doncella
secó los ojos que la luz olvida,
y la estrella en su noche desmedida
en las noches más íntimas descuella.
 
El agua sin la estrella cayó al pozo,
y ojo de prolongado calabozo
salvó en la sombra su ceguera clara.
 
Porque la estrella que saltó a tu pecho
dio a los cielos que llevas en la cara
profundo campo y elevado techo.
 
(1951)
 
De: «𝘖𝘣𝘳𝘢𝘴, 𝘗𝘰𝘦𝘮𝘢𝘴 𝘯𝘰 𝘤𝘰𝘭𝘦𝘤𝘤𝘪𝘰𝘯𝘢𝘥𝘰𝘴» (1981)
Carlos Pellicer Cámara fue un poeta mexicano 🇲🇽


(Fuente: Grover González Gallardo Poesía)

Khaled Abdallah (Glasgow, Reino Unido, 1981)

 

 

«Semillas volando»

Versión de Juan Carlos Villavicencio




 
 
Una anciana, que ha vivido todas las estaciones,
vaga por la tierra recogiendo manzanilla.
 
Cada flor en su delantal es una estrella,
su delantal es el cielo. Cuando llega a casa,
 
las esparce para que se sequen como conchas en la playa –
para traer buena suerte, para susurrarnos el futuro.
 
Brilla su tatuaje al sol, resplandece una estrella
dentro de sus pendientes de oro, seca la manzanilla.
 
Su mano, cubierta de henna tatuada con los nombres de Dios,
hilaba la lana del rebaño, bordaba
 
los vestidos de boda, aún recoge las flores secas.
Pero a la siguiente estación, cuando el futuro se asomó,
 
los susurros quedaron en silencio. Fue enterrada con sus antepasados.
Y sin embargo, como por casualidad, arte de magia o por milagro
 
la manzanilla crece cada temporada detrás de casa.
Muchas semillas han volado lejos. Estas permanecen aquí.



(Fuente: Descontexto)


 

Susana Cella (Buenos Aires, 1954)

 

 

 

 

Los verduguitos

 

A quien se saca de su diaria simetría
extrañándolo de lo que había,
poniendo su faz en ceguera,
su costumbre en lejanía,
lo que le hacía vínculo y cofradía
insulto se vuelve con escupida.
lo que le daba alimento
es retaceado a hora infija
podrido
y junta agua sucia por toda comida.
 
Lo que era su amar y su cuerpo
es herida,
lo que le retorcía los recuerdos
pura falsía.
 
Lo que no lo dejaba en pie
para ponerlo de rodillas,
lo que lo atenazaba
en carne viva,
encuentra ahora su paridad
restringida
y se aparienta con los que hoy por hoy
duplicado desgarro,
están encerrados en silencio omnívoro
resignados, hoy por hoy, por hoy y porvenir
en quebranto sin duelo,
transeúntes separados
de su vida anterior,
de sus suaves sueños entrevistos
para afrontar impasibles interdictos o
la pastosa puñalada que propaga
este circo asesino.
 

Armando Romero (Cali, Colombia, 1944)

 

 

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No por histórico y egipcio

 

No por histórico y egipcio
el griego Konstantino Cavafis
olvidó que la historia
empieza el día que vivimos,
y que Alejandría es arena
como mar y viento.
En el rostro bizantino de un efebo
vio el dios escondido de los antiguos,
y en los meandros del tiempo
se abrió para él
la misma luz que nos ilumina.
Sabía que su griego era lengua
de palabras que se crean en el mar,
las cuales al emerger devienen islas,
y por sus ojos vimos cómo se disolvió
el gozo, el placer de la vida misma
en esta tierra de milenios,
gracias al advenir del dios único,
el de los ojos al cielo
para ascesis y tormentos.
 
 
Armando Romero (Cali, 1944) es poeta, narrador y crítico literario. Perteneció al grupo inicial del nadaísmo, movimiento vanguardista literario de la década del 60 en Colombia. Doctorado en Pittsburgh, actualmente vive en Estados Unidos.
 

(Fuente: Adriana Hoyos) 

Idea Vilariño (Uruguay, 1920 - 2009)

 

 

 

 

 
 
Sí. Hay una mujer que a veces abre un piano
o se abraza a un violín melancólicamente
o que dibuja cardos o que tiene unas manos
pálidas y sufridas
que escriben al crepúsculo frases incoherentes
que peinan cada noche sus cabellos de bronce
y bañan cada día sin luz su cuerpo vano.
Ella habla con las gentes, ella ríe, hasta come
y también tiene un nombre que tal vez es un eco
pero nadie la paga su precio sobrehumano
cuando tiende a los hombres sus ofertas de fuego.
Ella misma se acepta con su forma y su vida
como un hecho sencillo, concreto, definido
y los hombres la buscan, la hieren o la olvidan,
sin verla, sin saberla,
aunque a veces la amaron hombres de ojos sombríos.
Sí. Existe una mujer, un nombre, una manera
de vestirse, de andar o de ordenar los versos,
una cosa que piensa en frías noches en vela
que si fuera un par de ojos
y no toda esa luna que devuelve el espejo...
 
(6 de enero de 1942)

 

(Fuente: Lilian Silva G.)