ODA A CÉSAR VALLEJO
(Fuente: Grover González Gallardo Poesía)
(Fuente: Grover González Gallardo Poesía)
No hay lenguaje humano que traduzca tu bondad.
Todo el amor y egoísmo de tu rastreo
era de un asombro anterior a la palabra.
El niño estaba más cerca de ti que de los hombres,
aunque cuando tú naciste el niño ya se había ido.
Te convertiste en el camino de regreso a casa,
perro-umbral de la infancia.
Ahora, cuando la mañana
retira a la carretera
su sábana negra
y deja a la vista
animalitos atropellados
me duelen a través de ti.
El limo de tu tiempo de marismas
se tragaba tus carreras,
ibas camino de la isla de mis muertos.
Al llegar cerré tus ojos.
Desde entonces veo menos.
El paraíso siempre está enfrente.
Cuando cruces al otro lado
lo verás en la orilla que dejaste atrás.
Un día el mar me dijo que no saldría.
Si alguna vez te atrapa el limbo
de una resaca atlántica
no luches. Esa es la paradoja.
En un instante inesperado oyes un crac
y la grieta se abre. La luz de tu tiempo
se derrama a uno y otro lado.
Ya no estás en ninguna parte.
Pensé en dejarme ahí para siempre,
morir desnudo en el mar del que nací
era un cierre demasiado hermoso,
pero la mirada verde que amo
aún nadaba conmigo.
«No es el día de disolver
nuestros nombres en el agua».
Entonces vi la orilla imposible
y tuve la primera visión del niño,
pero no estaba en su lugar
sino en la playa del terror climático.
Paraíso paraíso dice el mundo
y cuanto más lo repite menos es mi casa.
Cuántas cosas se piensan
cuando se piensa en lo inevitable.
Tanto amor para no saber amar
y tanta fuerza tiene que
no fue nada extraordinario
salir de allí
que el día siguiera
como antes de aquel baño.
El destino nunca es el paraíso
sino volver a casa.
Tú estás en un lugar que ya no existe
en una noche de Reyes como esta
—qué átomos de ti residen en mí—.
O será que el futuro va detrás,
mano invisible me empuja al pasado
y empiezo a distinguirte.
El otro, mi niño de amor asilvestrado,
con piedras y visiones sin nostalgia.
La ilusión es negra, bien que lo sabes,
y en nuestro silencio siempre está el mar.
Echaste raíces en otros cuerpos
y te inundó el caudal de lo desconocido.
Llegado el momento comprendiste
que ya nunca serías plenamente feliz.
Ay, pero la ternura cuántas cosquillas me hace
con sus caricias de bondad o deseo.
Casa caliente, campana de risa.
Todavía las llamas
seguirán ardiendo en algún lugar
abandonado. Isla de palabras
alambre de la belleza intuitiva
para ser uno más en un mundo de muertos.
Quería decir cuerdos. No. Quise decir muertos.
Suplico en el laberinto del tiempo,
yo que soy cuanto pudiste aprender,
cómo saco el cristal de mi garganta
que me impide cantar porque cada amanecer
es un hijo que muere antes de haber nacido.
(Fuente: Voces del extremo)
(Fuente: Descontexto)