miércoles, 13 de mayo de 2026

César Vallejo (Santiago de Chuco, 16 de marzo de 1892 - París, 15 de abril de 1938)

 

 

César Vallejo - Trilce, poema LXXV 

 

 

LA VIOLENCIA DE LAS HORAS

 


Todos han muerto.
 
Murió doña Antonia, la ronca, que hacía pan barato en el burgo.
 
Murió el cura Santiago, a quien placía le saludasen los jóvenes y las mozas, respondiéndoles a todos, indistintamente: «Buenos días, José! Buenos días, María!»
 
Murió aquella joven rubia, Carlota, dejando un hijito de meses, que luego también murió a los ocho días de la madre.
 
Murió mi tía Albina, que solía cantar tiempos y modos de heredad, en tanto cosía en los corredores, para Isidora, la criada de oficio, la honrosísima mujer.
 
Murió un viejo tuerto, su nombre no recuerdo, pero dormía al sol de la mañana, sentado ante la puerta del hojalatero de la esquina.
 
Murió Rayo, el perro de mi altura, herido de un balazo de no se sabe quién.
 
Murió Lucas, mi cuñado en la paz de las cinturas, de quien me acuerdo cuando llueve y no hay nadie en mi experiencia.
 
Murió en mi revólver mi madre, en mi puño mi hermana y mi hermano en mi víscera sangrienta, los tres ligados por un género triste de tristeza, en el mes de agosto de años sucesivos.
 
Murió el músico Méndez, alto y muy borracho, que solfeaba en su clarinete tocatas melancólicas, a cuyo articulado se dormían las gallinas de mi barrio, mucho antes de que el sol se fuese.
 
Murió mi eternidad y estoy velándola.
 
 
 
(Fuente: Feria virtual del libro de Cajamarca, Perú) 
 

Mercedes Burgos (San Salvador de Jujuy, Argentina, 1964)

 

 

4 poemas 4


Ilustración de Sophie Blackall
 
 
Le hice decir que sí varias veces
la saqué de un susto viejo
la colgué del mástil del que habla un libro
—nunca dije cosa alguna, dijo y
sabe dios qué inventos más
para ocultarse.
No tuve piedad la tomé del pellejo.
Atrapada, la palabra
se dejó morir.
En el balbuceo de los vientos
le oí decir: “no soy esa”
Otra vez la tarea
de saber dónde está
en esta tierra o en otra. 
El mundo es algo que ella
arma o desarma a su antojo.

Ilustración de Sophie Blackall
Cuando fui Goliat
tuve miedo
lloré porque es de fuertes
derramarse en el camino.
Nada pasa por las noches
es el día el que lastima.
Gigante como soy
mal dispuesto en este mundo
presentí el golpe, la caída para siempre
los ojos pétreos se fueron de mí.

Cuando fui David
me embargó una pena
que no había sentido antes.
Con una pisada colmé el camino
en aquella borrascosa hora olí su miedo.
Esperé de pie sin moverme, sin llorar
cosas así no se les permite
a los hombres pequeños.



Ilustración de Sophie Blackall
Debería quererme
habito ese lugar del cuerpo 
expuesto al derrumbe de los ojos
en la pública vía.
Debería tener cuidado
las canciones de amor
dicen cómo amar, ser y estar.
Debería andar el mundo
sin miedo al mundo
la piel es un hábito que me pongo
no sé cómo habitarla.



Ilustración de Sophie Blackall

Sueño con los leones de Lola Mora
que me llevaron en sus grupas
del cerro hasta la plaza
donde se guarecía mi infancia.
No sueño con tu voz diciendo mi nombre
o rezando hincada junto a tu cama.
No volví a saber del olor a manzanas
y a lápices que guardé en el portafolios.
En mis sueños no irrumpieron
tus besos de nodriza.
Sueño que ando por una calle cualquiera
o que suelto una mano querida.
Despierto
me toca trabajar
Despierto
soy una niña cantando
en el patio de la escuela.



Mercedes Burgos 
(San Salvador de Jujuy, Argentina, 1964)
POETA/PROFESORA/LICENCIADA EN LETRAS
de En Tiempos de Dragón de MaderaBarnacle, 2026
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(Fuente: Emma Gunst) 

Marcelo Dughetti (Villa María, 1970)

 

 

Para comer solo
todos los días
hay que usar
una máscara de perro.
 
Coro: Se aflige el que come,
qué dolor
recuerda del que no come.
 
Para quedarse esperando a los hijos
un domingo de lluvia
hay que usar
la máscara del asno.
 
Coro: Tristeza del que ha aprendido el fuego
y no se moja.
Afuera pasan sombras vestidas con harapos,
niñitos que llueven.
 
Para esta hora preñada de llamadas telefónicas
sin saber
por qué su teléfono
no contesta,
hay que ponerse
la máscara de los peces.
 
Coro: Angustia de los mortales solos, que extrañan la hembra, el macho, los animales que los protegen con su sexo.
 
Para leer poemas de Cummings cuando la casa flota
sobre tu corazón,
tal cual los zapatos ensucian
las sábanas
recién destendidas,
hay que ponerse
la máscara de las hienas.
 
Coro: ¡Oh! Pobre de aquel que llora por su ingravidez,
hay ángeles sin comida y sin cama esta noche,
ángeles dormidos a orilla de andenes y cementerios.
 
Para dejar que el sol
seque la paleta
con la que pintamos
ese cuadro de la mujer
en tetas y saliva espumosa del diablo de la abstinencia,
hay que ponerse
la máscara del toro.
 
Coro: Ellas son violadas y exterminadas fuera de los cuadros;
hay artistas que golpean y matan y vuelven a pintar o escribir y son aplaudidos.
 
Para cantar esta canción de moda entre los jóvenes pasados,
todos muertos ya
y enloquecidamente olvidados
en una guerra azul,
hay que ponerse
la máscara de pájaros.
 
Coro: ¡Oh! Cantemos también nosotros la dulce ironía de un hombre que encuentra su soledad
y la deja morir,
y él muere con ella,
se va extinguiendo,
gracias a Dios
y a las normas de público conocimiento.


(Fuente: losojosdelsurpoesía)
 

Héctor Giuliano (Piamonte, Italia, 1947)

 

 

Agráciate,
invisible de lengua
y corazón que chorrea.
 
Octubre en vos,
hielo habitado.
 
En esta ventana
resbala
la humedad
de las tinieblas.
 
No hay
suturas,
cuerdas,
insectos
huérfanos
en tu pura
agua vacía.
 
Un enano
rojas mejillas,
agota
tu grieta de naranjas,
criaturo suburbio,
casi todavía
 

- Inédito-

 

Claudia Masin (Resistencia, Chaco, 1972)

 

 

 

 

LO ÚNICO EN QUE CREO

 

Dicen que el acto
más grande de desprendimiento
que puede tener un pájaro
con su cría recién nacida
es tenerla en la boca para darle calor y no ceder
a la tentación de comérsela. Yo,
que fui devorada, estoy acá
y te lo cuento. Me devoró
quien tenía que cuidarme y aun
después de muerto debe
seguir digiriendo lo que hizo,
como una piedra en el esqueleto,
ahí donde llevaba el vientre
lleno. Me fugué. Si es posible
salir del interior de una ballena
o escribir una historia acerca
de alguien que es capaz de hacerlo, cómo
no va a ser posible salir del vientre
del padre y escribírtelo
para que lo sepas, para que no temas
si es que te sucede. Hay pájaros rapaces así
por todos lados, padres
tragándose la cría de un solo,
limpio bocado, no por descuido,
sino porque el amor
es monstruoso a veces:
el amor a otro cuando no puede
ser más
que amor a sí mismo. Por mi parte, elijo
que no haya hija de la hija que soy,
escapada del hambre de alguien así, de alguien
que no pudo contenerse, elijo
no perpetuar la especie,
cerrar la boca, no habrá hija de la hija
o habrá hijas que no
vendrán de mi cuerpo: langostas, perras,
luciérnagas, bacterias. Estarán en todos lados,
nos veremos un segundo y nadie
saldrá herido del encuentro. Que fácil, me dirás,
no tener que cuidar de otra vida que la tuya,
qué difícil, te diré, echar abajo el muro
y pasar al otro lado, donde no puedas
hacer esa clase de daño. ¿Creés
en eso? ¿Creés en la bondad? Yo conocí
las formas más retorcidas
de lo cruel y la bondad se ha vuelto
lo único en que creo.
La bondad es activa a veces,
otras veces la bondad es abstenerse.
Yo me abstengo y pido, como si fuera un rezo
pero es un exorcismo,
que quien tenga en la boca una vida
no cierre alrededor de ella
los dientes. Que si lo hace,
ese cuerpo destrozado sobreviva y se rehaga
miembro a miembro y sobre todo,
que cuando crezca no crea en la venganza,
ese modo desesperado, voraz,
de comerse a sí mismo
de nuevo.


(Fuente: Silvina Felice)
 

César Vallejo (Santiago de Chuco, 16 de marzo de 1892 - París, 15 de abril de 1938)

 

 

 César Vallejo - Trilce, poema LXXV

 

LA CÓLERA QUE QUIEBRA AL HOMBRE EN NIÑOS


 
La cólera que quiebra al hombre en niños,
que quiebra al niño en pájaros iguales,
y al pájaro, después, en huevecillos;
la cólera del pobre
tiene un aceite contra dos vinagres.
 
La cólera que al árbol quiebra en hojas,
a la hoja en botones desiguales
y al botón, en ranuras telescópicas;
la cólera del pobre
tiene dos ríos contra muchos mares.
 
La cólera que quiebra al bien en dudas,
a la duda, en tres arcos semejantes
y al arco, luego, en tumbas imprevistas;
la cólera del pobre
tiene un acero contra dos puñales.
 
La cólera que quiebra al alma en cuerpos,
al cuerpo en órganos desemejantes
y al órgano, en octavos pensamientos;
la cólera del pobre
tiene un fuego central contra dos cráteres.
 
(26 Octubre 1937
 

(Fuente: Marcela Machado) 

Antonio Orihuela (España, 1962)

 

 

DULZURA 

 

                                                                                                                                     



                                                                                             para Eladio y José Manuel, maestros albañiles




No hay dulzura en el capitalismo,

 

no la anuncian

un ejército de corbatas,

una fila de apartamentos en primera línea de playa,

un pueblo asustado, una caja registradora,

un ombligo obnubilado por el espejismo de sí mismo.

 

No hay dulzura

en la producción sin límites,

en el consumo sin límites,

en la bulímica indigestión de la abundancia

sin límites.

 

No hay dulzura en la línea de control del aeropuerto,

en el chaleco antipersonas de la policía,

en los escaparates de humo de la calle Serrano,

en los altos despachos de la mediocridad caníbal.

 

Todo en el capitalismo trabaja contra la dulzura.

 

Escribo para que no nos hagan pasar lo amargo por dulzura,

escribo para que la dulzura no desaparezca

como desaparece todo lo que no genera beneficios.

 

Sin dulzura, ¿cómo hará el albañil una buena casa?

 

Escribir sobre la dulzura huele a despropósito

cuando tendría que escribir sobre las catástrofes,

 

pero qué le voy a hacer

 

escribo porque reivindico la dulzura

desde un bajo interior entresuelo sin luz

y un bozal de premio,

por no querer tocarle las palmas

 

al capitalismo.

 

Escribo

para que lo amargo

no se confunda con la dulzura.



Antonio Orihuela

 

(Fuente: Voces del extremo)