Del torrente que cae, uno por uno: la noche
de Israel Ambash, el estropajo proyectado
por ojos, hermético, limpiador de raza que
aléjase ocultando el rostro bajo un sayal
de lana gruesa y bruma. Judea crítica,
oveja blanca, no aria: operística, genocida,
de memoria estrellada. Viviente en la hache
inicial clausurada del apellido. Aléjanse
las espirales temibles de los girasoles, imítase
el Olimpo, verjas, vivir que no se piensa: ni
una sola memoria en su alma. Ahí la barca
náufraga. No sé qué digo: actor, ramera en
un pisito de techo bajo y dormitorio angosto.
Amoroso y tibio acurrucado en la canción
desesperada, todo sin rima. Con un aire
de familia. Están a la vista. Reconózcanlos.
Comediantes, mimos, cuentistas y hechiceras.
Es mamá Kirsch, cereza, lirio, y vos -querido
Fito- los ojos grandes y azulinos, camarada,
salteador de caminos aunque no muy letrado.
Es Gamaliel, doctor en leyes, fisura mental,
cerebro leporino, habitué de tabernas
en las orillas del río aderezando putas
en los piringundines del bajo de Retiro.
Es el rey. David. El que guarda el dinero
de todos, en escena de traje y con su manfla,
esposa puñetera, amiga de un obrero cocedor
de ladrillos. Hombretón mentalmente fornido
con ese algo de latín apenas aprendido. De
𝑣𝑜𝑐𝑒 𝑡𝑟𝑜𝑛𝑖𝑡𝑢𝑎𝑛𝑠 y ojo derecho más alto que
el izquierdo. Otros hubo sin hiel, Gianni, Ricardo,
Fidel. Una vez pensé que me amarían. Rescaté:
mi planeta no se mueve en una órbita elíptica
ni hay un solo sol en el centro. Contemplen
el crecimiento del tallo recto de mi vida. Una
planta vista desde arriba: cuanto más se eleva,
cuanto más desea, más se debilita. Se retuerce,
se ahila. Desde su raíz, el estropajo hace
del lenguaje un nudo doble ciego.