TRUCOS
(Fuente: Larvaria)
(Fuente: Larvaria)
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Ella lo sigue.
Él barre un jardín ajeno.
Ella le da un toque.
Él pedalea en subida.
Ella declara que le gusta.
Él lava su cabello con agua fría en pleno invierno.
Ella comparte todos los intereses.
Él baila con la mente mientras cocina
su única comida diaria.
Ella abre la pestaña de incógnito y busca pornografía:
su hijo duerme cerca, en una cama pequeña.
Él llora y la luna lo mira extasiada.
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¿Qué cuentas, caracola?
¿Requisitos o números primos:
cuadrados que componen
círculos en las mejillas de Heidi?
Dime, caracola. De seguro
tienes secretos en tu ropa interior.
Tal vez algunas teorías sobre el origen
de la basura o el destino del semen
los fines de semana. ¿Ya no me hablas?
¿Qué será? ¿Será que no soy redondo?
¿Que tengo agujeros de bala?
¿Que mis paletas se ven desde lejos
las noches en el fondo del mar?
¿Y si te digo que te pudras para sentirte útil
según las algas? ¿Me dirías que te odio
o me darías las gracias?
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Un corsario busca nudes de enanos
sentado junto a la piscina.
Hace calor y no es verano, es trágico.
Una mujer toma sol junto a él y piensa
en las grandes montañas de los Andes.
La niebla arrastra peces sin escamas
pero con sueños de progreso.
No saben que sobre ellos una estrella
se masturba excitada por las puntas
de un puñal que entra y sale.
En el agua flota un cuerpo bocabajo
y a nadie le importa, la ceguera
viene incluida en el plan básico.
Es un thriller con muerto y todo.
Podría ser una obra adulta, pero no.
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Escúchame, esto es importante:
mis problemas
los entierro en el desierto.
Alfombras persas los envuelven
al igual que el vómito morado
envuelve a los promiscuos de nuca
con el pavimento.
No me pidas favores
que la virgen cumple
a inválidos bajo semáforos.
«Descansa en pis» dijiste junto a la higuera
en San Juan, y lo supe altiro:
mis órganos se caen del sueño.
Tú lo sabes por el sonido sintético
de nubes/pétalos
manipulando teclados que generan
atmósferas cómodas
para los amantes de Vangelis.
Así que disfrútalo, verme sufrir
es tu derecho de nacimiento.
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El corazón que apareció en la pared
formado por agujeros de taladro, parece invitar
a la siguiente reflexión:
otoño es tener sexo con rosas.
Fue hace dos semanas, iba camino
al hospital y vi que golpeaban fuerte a un caballo
que me recordó al burro Baltasar.
Pensé en decir algo, pero vamos
soy un poeta flotando entre orificios
que, sin ser penetrados, la modernidad perdona
y hasta
condecora.
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Cántico de ballenas muertas
sobre la tierra, eso tenemos:
polvo que desea plumero.
Aquella noche comimos algo crudo
luego subimos el cerro y desde ahí
vimos el fondo del océano.
Lo recuerdo perfecto, esqueletos
sillas rotas, presión sonora.
Al amanecer dentro de un frasco
de vidrio guardé tus gemidos
para en caso de emergencia
romperlo con el martillo.
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Te quise ver a la hora del sol.
Te quise ver rodando por la maleza.
Te quise ver llegar a la curtiembre en una misión
suicida que busca el rescate de mi piel.
También muy seguido te quise ver.
Y todo eso no es más que una anécdota, un detalle
que cuelga junto a cumas y cadenas.
Ni siquiera es mi mayor tragedia, porque cuando el poeta
despierta con proyectos de entrepierna, los deja
en el patio trasero de la felicidad y debe tirar
las cosas de la mesa para escribir con el cogote
a cualquier hora si el poema desnudo se presenta.
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Día viernes, el calor es suficiente
para derretir algo y cumplir su fantasía:
ser el chorro de agua que recorre tu cara.
Recuerdo haber leído que los insectos
muertos en la higuera, son absorbidos por ella.
De este modo, los frutos
saben a cadáver de abeja.
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Cuando la cereza explotó
por la radiación del microondas, me di cuenta
que nunca —ni aunque me expandiera]
sobre el todo como Tetsuo
en la parte final de Akira, o ese lenguado
sorbeteando el suelo del poema
escrito por Watanabe— llenaría espacio
vacío dentro.
Las cosas se dan o no, y nada tiene que ver eso
con unas cuantas piedras
sobre la mesa, ni el humo de vela
al mostrar el camino a seguir
entre dimensiones.
El juego consiste
en correr de noche
por el bosque.
Tenemos un trato:
tú apuntas y disparas
………………………………yo te hago feliz.
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Hundirte en un mar de objetivos
no serviría para encontrarme.
Ya me fui.
Recuerdo decías que el litoral central
se recreaba al vernos, y no tuve valor para responder
que si bien hay millones de metros cúbicos
con arena bajo nosotros, también hay mucha distancia
para que, según los mapas, seamos playa.
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Matías José Morales. Talca, Chile, 1988. Es poeta, plomero y psicólogo. Ha colaborado con diversas revistas de poesía. Ha publicado Polución Nocturna, 2021.
(Fuente: Poesía.uc.edu.ve)
(Fuente: Las cuatro esquinas, una intesección literaria)
(Fuente: Festival internacional de Poesía de Buenos Aires)