La papa
en el tupper.
Hiela el espanto,
recrudece.
Fuerza suprema
donde
el injerto
era mejor
que caballo
de a pie.
La patata
y el boniato,
solanáceas.
Casi lleno de agua
el tupper.
Unos 3/8,
en esa esfera cúbica
que se interpone
y se niega gurguja.
Espuma de 48 horas,
no volcánica
ni cánida:
almidón, vitaminas
C y complejo B,
potasio y magnesio;
dame un huevo
y te daré 3,
una pizca
del índice glucémico.
Y ahí,
en la verdulería del jujeño,
en Rivadavia y San Pedrito,
V. Grippo
elegía tubérculos
como quien
se reprocha
la piedra angular
y se oye
los puñales.
Después
llegaron los cablecillos,
los puentes eléctricos,
las transmisiones
por vía satélite
de las 6 papas
expuestas
en Recoleta.
Y ahí,
Arnold Hauser
manierista,
pipa en boca,
papel y lápiz,
corbatín y cuello duro,
borbollón
y circunspecto,
en las sudaméricas
de más al sur,
haciendo tiempo,
mientras
el café se enfría
y el día
entumece las orejas
en esa mañana
radiante de sol
y pájaros solitarios,
que es
lo que nos queda
por vender,
y seguir la racha
de pobreza y declamaciones.
¿El tupper?
Bautismal
y amarillo
loco.
Caigan sobre él
las desgracias todas,
sobre sus oxidadas espumas
flechas y crímenes,
en sus gorgojos flotantes
viértanse lágrimas
y atributos resignados.
- Inédito -
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