Canción
La luz lanza líneas en las hojas
Un árbol y otro árbol y otro árbol.
Un chico nube trae el diario de la tarde:
Sol de la tarde. Cae.
Ni brusco ni de golpe
un majestuoso avance cielo abajo
(se dora, es rosa y mora)
arriba, al fondo y detrás de
las hojas de los árboles de tarde.
Ruidos del tránsito y campanas
retumban con un retintín de plata
la hora, una canción, mi amigo
Pierrot. La hora violeta:
el pasto es de un verde violento.
Un haya llorona es gris,
un haya cobriza es roja.
Las redes de tenis cuelgan
sin uso en la calma sin uso.
Un auto arranca y
susurra en lo que pronto va a ser noche.
Un saque de tenis.
Un tábano desaparece.
Un cigarrillo humeante.
Un día (tantos y tan pocos)
se apaga en un cielo endurecido
y las hojas son hojas de cuaderno en las rodillas
que apenas se distinguen
en una luz que ya no lanza líneas.
(traducción de Laura Wittner)TRADUCTORA INVITADA: JAMES SCHUYLER POR LAURA WITTNER
James Schuyler nació en Chicago en 1923. En 1951 publicó tres cuentos cortos en la revista Accent. Poco después conoció a Frank O’Hara, a John Ashbery y a Kenneth Koch, con quienes compartiría la vida y la escritura como parte de ese núcleo que la crítica gustó de llamar “la escuela de Nueva York”. Trabajó como curador en el Museo de Arte Moderno de Nueva York y como crítico de arte en la revista Art News. Algunos de sus libros son Freely Espousing, Hymn to Life, A Few Days y The Morning of the Poem, que recibió el Premio Pulitzer en 1981.
Schuyler murió en Nueva York en 1991.
Cuando le muestro a alguien un poema de James Schuyler tiendo a dar explicaciones; casi a justificarme, a justificarlo, a defenderlo de antemano: parece tan simple que puede desconcertar, sólo describe el mundo desde un punto fijo, o describe su mente desde un punto fijo (que es su propia mente). Pero no es tan simple armar poemas así, digo, y que te den un sacudón. Saber mirar tan bien, saber decir tan bien lo que se ve. También digo que es muy difícil traducirlo. Porque es difícil reproducir esa sencillez que sin embargo recurre al balbuceo y a la repetición, a la corrección, la rectificación, los ecos, el giro inesperado pero apenas corrido de la norma, apenitas: aceptable en un contexto coloquial, usado como sonido en el poema. ¿Qué se hace con todo eso en el paso de un idioma a otro cuando, justamente, todo eso es el poema?
En tanto lectora, sin embargo, no me costó abrazar a Schuyler de inmediato. Mark Dow me pasó unos poemas suyos. Era 1997. Yo había leído a sus amigos O’Hara, Koch y Ashbery, pero como suele ser el caso con la New York School, no conocía a Jimmy Schuyler. Mark me dijo también que Schuyler se pronunciaba “Skyler”. Que el apellido era holandés. Poco después, en una lectura que lo homenajeaba, escuché que Eileen Myles confirmaba la pronunciación. Todavía hoy, los poemas de Schuyler me siguen dando todo lo que necesito para mirar el mundo. A veces, en poemas suyos que nunca había leído, encuentro cosas que escribí en poemas míos. Que escribí incluso antes de conocerlo. Cosas nimias, combinaciones de dos o tres palabras con dos o tres ideas: nos queremos, está claro.
Durante varios años, en mis ratos libres, avancé con la traducción de su poema “The Morning of the Poem”. Es un poema largo de versos largos, que atraviesa paisajes, ánimos y situaciones: probablemente mi preferido. Y aunque ofrece menos dificultad que algunos de los breves (porque no siempre hay que lograr una emoción con pocas letras por verso), sí las presenta en ese perpetuo sentido schuyleriano: la rima impensada, la imagen ambigua, el “por qué en sus palabras es perfecto y en las mías se desarma”. Ese poema lo dejé por la mitad y si volviera a él supongo que tendría que empezar otra vez. Nadie se baña dos veces en la misma traducción. Lo mismo pasaría con la serie de poemas que traduje para Una ciudad blanca, la antología que publicó Gog & Magog en 2012.
Los problemas siguen siendo los mismos, claro, pero a veces una cambia de solución. ¿Qué hacer con esos versos cortos, abruptos, que a veces dejan una palabra colgando y la resignifican en el verso siguiente? ¿Qué hacer con lo coloquial, con el encastre ligero de observaciones que se van sumando en una estructura movediza, arenosa? Hay que volver varias veces sobre cada decisión, emprolijar, romper, rearmar. Sin embargo, mi única respuesta hasta el momento es ésta: para lograr un Schuyler en castellano hay que moverse con muchísima libertad. Confiar en que él aprueba, en que lo estamos entendiendo. Poder elegir una variante en la que una se sienta cómoda, hacer dos versos de uno cuando es muy necesario, bajar mayúsculas, comprometerse con el sonido y reconocerlo como sentido. Respirarle cerquita, cantar su canción.
(Laura Wittner)
(Fuente: Ezequiel Zaidenwerg Dib)


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