domingo, 1 de noviembre de 2020

Miguel Gaya (Buenos Aires, 1953)

 

 

Días de cuarentena

 

I

 

Ahora vivo en una casa ajena. Hace años que llegué a entender

que nada nos es propio, nada nos es dado.

Amanezco en una cama ajena, y lavo mi cara

frente a un espejo

que me devuelve una cara ajena.

 

Cuando caminamos debemos evitar todo gesto

de propietario, todo gesto

de reconocimiento.

Poco tiempo estaremos en cualquier lugar

y poco sabremos de lo que miramos.

 

Cuando te sientes frente alguien, aunque sea tu esposa,

aunque sea tu hijo, pregúntale con cortesía

por su nombre secreto.

Te asombrará lo poco que conoces

de cualquiera.

 

II

 

Como sabe, el viento no ha amainado entre las hojas del patio

y desde las ventanas las vemos elevarse, y chocar entre sí,

y volverse quietas en los rincones, entre las plantas.

 

Como sabe, las ventanas amanecieron mojadas esta mañana

y los niños dibujaron mensajes en los vidrios, mensajes

que le hablaban a usted, honradamente, confiadamente.

 

Pero eso es cosa de niños, inútiles cosas.

 

Como sabe, poco esperamos, poco nos fiamos del destino.

Un visitante fugaz, un visitante que pasa sin huellas,

y solo sabe elevar las hojas con su soplo,

y de todo se desentiende luego.

 

III

 

Desconocemos los planes que han tenido para nosotros,

si los han tenido. Desconocemos sus esperanzas,

si las conservan hoy. Solo sabemos que se reúnen

tarde a la noche, tarde para nosotros,

y en voz baja, las cabezas apenas juntas

hablan.

 

Los observamos desde una distancia grande,

desde el marco de la puerta, y en las sombras.

¡Nos resultan tan incomprensibles! ¡Son tan grandes,

tan pesados! Como muebles oscuros

que han dejado de ser visibles hace muchos años

y se enmohecen

en un lugar equivocado, en un lugar definitivo

 

IV

 

Nos asomamos para ver pasar a las criaturas de la noche.

El modo en que se iluminan por dentro, engalanadas para nosotros

con sus delicados galimatías de huesos, sus nervaduras

donde la savia fluye deliciosa.

Ahora nos apostamos en la ventana y vemos pasar

los lentos peces abisales, con sus ojos redondos y apacibles,

seguidos de cerca por los camellos de la sabana

y otros dromedarios.

Corremos a levantar la carpa, un tepee de piel roja

erigido en la cama, para observarnos de cerca

y hacer muecas feroces

con poca luz.

Pongo nombres a tus partes, al pliegue de tus codos

y a la planta de tus pies, y nos reímos.

Así pasamos por la pradera de los sueños,

por las lluvias, y el camino sinuoso

que se interna en las sombras.

La luna te ilumine. Que ilumine tu rostro

Y te lo bese.

 

 

 

(Fuente: Agencia Paco Urondo)

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario