De "La casa"
LA CASA
La
medianera como tope del camino de lajas. Alta, blanca, lisa. Se puso de
espaldas a la pared, como si primero hubiera tenido que alzarse desde
los talones, apoyando luego las plantas de los pies y finalmente las
puntas de los dedos en un movimiento que se le antojaba contrario al de
la danza, opuesto al equilibrio, deseado.
Realizó luego la inflexión contraria, puntas, plantas, talones.
La puntada en los huesos, reminiscencia de la infección.
Palpó
con la palma de las manos, la nuca, las pantorrillas, su textura como
si se tratara de un señuelo de otras cosas, “materiales”, se dijo que
pensaría, “otras cosas materiales”, como si ningún significante hubiera
estado en condiciones de definir aquello para lo cual la textura de la
pared se comportaba como señuelo; “materiales” era aludir a la condición
de lo viviente pero en su carácter de opaco real impenetrable.
Opaco
real impenetrable, “material”. Como aquello que se permuta por las
monedas del sueño, como lo que del sueño no se permuta por nada que no
sea esa cosa definitiva “opaca real impenetrable”.
Giró sobre su cuerpo, su casa. Su cuerpo su casa. Su cuerpo su caza.
Posó
la superficie entera de ese cuerpo sobre la pared, ya de espaldas a la
casa a la cual, con solo darse vuelta o retroceder desde donde se había
posicionado, podía darle alcance.
De espaldas a la verdadera casa – sujeto- de- la- cosa- material- opaca -impenetrable que tironeaba desde ella hacia ella.
Si se desprende si
retoma el camino de lajas si
abre la puerta cerrada y
pasa
al otro lado
que la aguarda
en su concreta causa de imposibilidad –no, no a las alegorías, nada de fábulas-.
El
aire cavando el interior de la piedra. El lento estallarse de la piedra
en miríadas de partículas pero sin modificaciones externas o visibles;
piedra en trance.
Luego cosería con mano impropia aquellas
prendas desgarradas. La costura debía corregir y aún reponer las partes
ausentes. Cortar, hundir, coincidir, traspasar. A mano alzada, toda
aguja, con pequeñísimas puntadas, lo perdido reaparecía a causa de su
costura invisible. La tela de reposición, idéntica a la que ya no
estaba, copiaba y remedaba a la auténtica. Como si estuviera recordando
al revés. Alzó la cabeza, la ventana aún conservaba sus colgajos de
niebla que no tardaría en evaporar. Como ciertas sustancias de la
materia, en su propio vapor, el mar sublima. Cosería hasta alcanzar la
perfección.
*
AGOSTO, 2014.
Ahí están los benteveos llamando a uno de sus hijitos que ha caído del nido.
La
peripecia que sigue es: el pichoncito, de manera proporcionalmente
directa a sus fuerzas y plumón, terminará escondido detrás del macetero
del helecho más grande. Finalmente, habrá que ir haciéndolo escalar
paulatinamente las distintas alturas de los diversos objetos que vayan
acercándolo al techo o a algún árbol próximo desde donde los padres
puedan remontarlo.
Esto puede durar de uno a tres días.
Si
no lo logra, lo sabremos porque, en algún momento de esos tres días,
los padres cesarán su llamado. Si lo logra, también voy a saberlo porque
la insistencia se multiplicará y no solo los padres llamarán y
revolotearán hasta guiar al caído a lugar seguro. Así sucede en la
naturaleza. Nadie llora ni se rasga la piel ni pierde su tiempo en
lamentaciones. Lo que se llama júbilo.
En La casa, inédito
Más poemas de Alicia Silva Rey en Otra Iglesia Es Imposible, Op. Cit., El Placard, El Poeta Ocasional, La Ficción del Olvido
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Foto: Alicia Silva Rey / Facebook
(Fuente: Otra Iglesia Es Imposible)

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