Veintiún poemas de amor, XII
Al dormir, nos giramos como los planetas que rotan en su campo de medianoche: un roce es suficiente para hacernos saber que no estamos solas en el universo, ni siquiera dormidas: fantasmas soñadoras de dos mundos que recorren sus pueblos fantasma y a punto están de hablarse. Me despertaron tus palabras entre dientes, pronunciadas hace años luz u oscuridad como si las hubiera pronunciado mi propia voz. Pero tenemos voces diferentes, incluso dormidas, y nuestros cuerpos, tan parecidos, son sin embargo tan diferentes, y el pasado que retumba en el torrente sanguíneo de cada una carga con idiomas diferentes, sentidos diferentes: aunque en cualquier crónica del mundo que compartimos se podría escribir con un sentido nuevo que éramos dos amantes del mismo género, que éramos dos mujeres de la misma generación.
Traducción de Ezequiel Zaidenwerg
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