Tus manos chicas, exactamente iguales a las mías:
sólo el dedo gordo es más grande, más largo. A estas manos
les confiaría el mundo, o a muchas manos como éstas,
que empuñan herramientas eléctricas o un volante
o tocan la cara de otro ser humano... Manos como ésas podrían
enderezar al bebé en el canal de parto
o timonear el barco de rescate
en medio de los icebergs, o volver a pegar
los pedazos, finitos como agujas, de una gran vasija griega,
que tuvieran pintadas a los lados
figuras de mujeres en éxtasis dando zancadas
hacia la guarida de la sibila o la cueva de Eleusis.
Manos como ésas podrían llevar a cabo una violencia inevitable
con semejante mesura, con semejante comprensión
del alcance y los límites de la violencia,
que desde entonces la violencia se volvería obsoleta.
Traducción de Ezequiel Zaidenwerg
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