Más denso que el sueño es el recuerdo. Un carmín final y perdedizo, como una cortesía de la tarde, sahumó los perfiles del mercado y de la iglesia, confundiéndolos. En un jarrón una espadaña alta y verde partía el aire, y justo al lado una mesa florecía de biblias y rosarios. Y el precolombino en silla de ruedas acomodaba reales, una moneda idéntica a la otra, en pequeños rascacielos dorados.
Más lejos, yendo a la plaza juvenil sin árboles, la multitud con lento desamor se abría entre los tianguis.
No hay razón para no sentirnos optimistas, de modo que nos fuimos, Diego y yo, fugados del trabajo, a comer tacos de aguja.
El vendedor es chaparrito, cotorreador, de brazos ágiles profusamente tatuados de colibríes azules, verdes, otra vez azules. El colibrí es mi alberije, dice. Es la criatura que vuela entre ambos mundos. Aquí creemos en el Señor del Sacromonte pero también en Mictlantecuihtli, el dios del inframundo, la muerte es la oportunidad de reencontrarnos. Los mejicanos somos culeros entre nosotros pero con el extranjero somos buena honda, pregúntele al Licenciado, dice al fin, sin yo saber por qué.
Le ayuda la hija, una güerita anémica de boca sangrante.
Me acuerdo de rezar ¿Cómo es rezar al pie de los volcanes, en el final de una llanura, en la profundidad del bosque bajo el sol negro de los muertos? Creo que no, que no habrá nadie esperándome en la muerte. En el atrás de la muerte nos uniremos sin juntarnos.
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