EL BAILE DE LA AGROTÉCNICA
Amanecía y ya estaba
con los ojos abiertos,
ya jodía el viejo
con el fuego y el humo
espeso que soltaban
los trozos de leña
rociada al sereno.
Los perros dale que dale
que dale, y él despacio,
como agua de tanque,
con la pava y el mate,
la consulta del almanaque,
que salgo a juntar
la hacienda, que no salgo
porque la helada,
que da una disparada,
el menor apuro, nada,
si no es hoy será
mañana, y se hacían
las siete, que esperanza,
más, más de las siete
y dale que dale que dale,
y dale.
En la espica, fuerte,
el mensajero del campo
daba el peso y los precios
de la hacienda en pie,
directo desde Liniers,
y la cotización de la soja,
las noticias de Chicago.
Entonces comenzó,
como si un balde
de agua fría,
como un trance
se puso a recitar
las tareas del día,
que ensillo el caballo
y llevo las vacas,
que suelto los perros
o que no los suelto,
completamente solo,
la forma de conversar
que más le gustaba.
Y cuando le pregunté
si esa noche el Falcon,
si podía porque el baile
en la Agrotécnica, la escuela,
ah, sí -él todavía-,
faltaba más: alunado,
más que perdido,
como si fuera otro
a la luz que rompía
la escarcha en el patio
y abrigaba del frío,
como si lo que la espica
pronostica, pensé,
o vaya a saber qué espina
le pica.
En el potrero,
el gringo Cosovich
removía una bosta
y después otra,
mientras las madres
cubrían a sus terneros
porque los perros
dale que dale, y dale,
reunidos en la entrada
bajo las casuarinas,
como si el espíritu
de las plantas,
como si en la niebla
anduviera alguien.
Buenas, dije,
y él, antes de seguir
al corral: ni mu.
Dale que dale
como si hubieran
visto al diablo, y dale.
Justo en la curva
de General Gelly
un sulky, un auto
levantó nubes de polvo
y el cuerpo de una mujer,
una chica, Nora,
que a esa hora o al rato,
y fui rápido, volando.
Qué milagro, dijo
el doctor, y apenas
levantó la vista
del diario. Hoy llueve,
dijo, si no llueve
pasa raspando,
y volvió a las noticias
de la Bolsa de Comercio,
las cotizaciones de Rosario.
La señora tenía visitas
pero yo conocía de sobra
el trabajo: limpié
alrededor de la casa
con pala y machete,
puntee el desquicio
de los canteros,
puse granos azules
en la fila de las hormigas
y sal gruesa para los bichos
canasto y las babosas.
Y si esa mañana
me hubieran dicho
andá a la esquina
y poné atención a ver
si llueve, habría ido,
cómo no, si pensaba
en ella y desaparecían
sueño, hambre, cansancio.
Y la señora del doctor,
cuando las visitas se iban,
quería saber de Cosovich,
del campo y los galpones
del gringo, un mal bicho,
decía, y también
la fecha y el rinde
estimado de la cosecha
y el número de acoplados
que según sus cuentas
guardaban en el casco
el mejor grano, el oro
que salía de la comarca
en una hilera de camiones
cargados hasta el tope.
A la vuelta,
solo en el corral,
el viejo iba y venía
con las vacas, infeliz.
Pasé el alambrado
y en la manga,
donde él renegaba
en sangre y bosta,
el aerosol Cúper
hasta en las pestañas,
las cosas pasaban
de castaño oscuro:
me sacó cagando,
cuando le pedí
las llaves del Falcon.
II
La huella que llevaba
al pueblo vecino, a Gelly,
caía en la calle con mejorado.
Al entrar vimos todo
lo que había que mirar:
el almacén con surtidores
de nafta como adorno,
las casas y caserones
de ladrillo y enfrente
la estación de trenes,
un baldío tan grande
o uno más grande, capaz
que tan grande
como el pueblo entero.
Capaz. Y el salón,
las luces y la música
del baile a beneficio
de la escuela provincial
Agrotécnica.
Llevaban un año
de rifas y sorteos,
torneos de ciencia,
desfiles y justas
de jineteada y doma
para esa fiesta
y el viaje de estudios.
No teníamos entrada
pero él en la puerta,
con el Falcon en marcha,
para ver quién estaba
y de buenas a primeras
seguimos por la única
calle hasta la punta,
donde lo que llaman
ruta, poceada y muda,
para cruzar las vías
y volver: la estación
de trenes a un lado,
los yuyos tan altos
o más altos, capaz
que tan altos como personas,
y enfrente los surtidores
de nafta, las casas
de Matusalén, a oscuras,
abandonadas. Capaz.
No había dicho nada
de ir por la tierra
y el Falcon parecía
una cafetera.
Las luces de los faros
recortaban una tapera,
un tractor parado
en medio del campo,
máquinas a la espera
del día de la cosecha
y unos armatostes de chapa,
los silos de Cosovich,
gringo podrido en plata.
Sonaba como un sueño,
lejos, la música del baile
de la escuela Agrotécnica.
III
Los perros, guardianes
que lo acompañaban
de añares en la estancia
de doña Paulina Guevara,
emputecidos se pusieron
a ladrar.
Extraños,
andan extraños,
extraños, decían.
Esa noche, con el batifondo,
el baile de la escuela
provincial Agrotécnica
y la añoranza del puesto,
el viejo Hansen
no pegaba un ojo,
dio El Informe de Barlett.
En la playa Cosovich
había un auto parado
y dos sombras corrían
por el lado del silo grande.
Andan extraños,
extraños, porfiaban
los guardianes, furiosos.
Estás soñando,
gritó la vieja Hansen,
que no escuchaba
ni a cañonazos
-se olvidaba las gotas
del doctor Maldonado-.
Pero los perros seguían
sin la menor duda:
andan extraños
al brillo de la luna,
andan al brillo
de la luna, al brillo
de la luna, decían.
Y él había notado
el murmullo de las gomas
en el piso cubierto
de arena y pedregullo.
Es un Falcon blanco,
así y asá,
dijo el único milico
de Barlett, un parásito
que dos por tres pedía
para el asado y el gasoil.
Tenía la bola de cristal,
pensó Hansen, pero después
leyó la denuncia
en El Informe de Barlett,
cayó a tierra y dio las gracias
por la sordera de la vieja.
El parásito avisó a Cosovich
e hizo tanto aspaviento
que consiguió refuerzos
de Cabral, y la promesa
de cartas para un ascenso.
Los policías llegaron
al rato, a las apuradas,
y rodearon la playa
ocultos en lo oscuro.
Apuntaron al silo grande
con balizas y linternas
y el comisario de Cabral
alzó un megáfono
y trató de hacerlo funcionar.
Según los comentarios
que después repitieron
hasta cansarse, Hansen
y los vecinos escucharon
más fritura y descarga
que palabras,
y en eso
el peón de Cosovich,
el hijo, salió volando,
con el culo al aire,
balnco como la luna,
y detrás, muerta del susto,
asomó una mocosa,
las mismísima Nora,
tal como vino al mundo.
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(Del libro 1864 - UNL -Colección Los premios)
(Fuente: Marcos Herrera)
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