Fragmentos
Fragmentos
III
contra la pared donde se apoya el brazo
que ciñe la desconsolada frente:
el revoque caído descubre un rostro antes oculto,
desencajado ahora, polvoriento,
pero que en la palma de las manos deja huellas
donde aún palpita el ser amado,
como un trabajo, tenaz,
como una verdad, irrepetible.
IV
Habito esta casa,
pero vivo a la sombra del otro lado.
¿Quién llama a la puerta
si no la propia espera de mí mismo,
el apremio de las vigas,
el crujido de la madera?
Lo sé:
aunque nunca hubiera ocurrido,
yo entreabrí una vez unos párpados que aún me miran
y la clara pupila, como un pequeño charco,
ya reflejaba un cielo inexistente.
¿Por qué ojos miro ahora cuando no veo?
XLIX
¿Y si fuera cierto
que un hombre y una mujer
comenzaron un día a desnudarse
para celebración de la palabra
nunca dicha?
LV
¿Qué perdura del encuentro
para que los amantes
se despidan hasta siempre
como si las palabras
fuesen
y silencios de qué mar,
junto a qué montaña,
en qué momento?
VIII
No hay después, no hay más tarde, no hay mañana,
sino el gesto de ella en la tibia desnudez que continúa
las horas más duras, las de siempre,
como si todo siempre comenzara.
El aire se inquieta por las cartas que no llegan
y agita las cortinas cerradas a la tarde.
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Alberto Szpunberg, Poesía reunida, Como sólo la muerte es pasajera, Entropía, 2015.
(Fuente: Cecilia Pontorno)
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