Veintiún poemas de amor, X
Tu perra, tranquila e inocente, dormita mientras nosotras lloramos, conspiramos en voz baja al amanecer, hablamos por teléfono. Ella sabe: ¿qué puede saber ella? En mi arrogancia humana, me jacto de leer sus ojos, y sólo encuentro ahí mis ideas animales: que las criaturas se buscan entre sí para darse consuelo físico, que las voces de la psiquis atraviesan la carne más de lo que el denso cerebro podría haber previsto, que en las noches planetarias hace cada vez más frío para quienes están en el mismo viaje y quieren tocar a una criatura viajera hasta el fin; que, sin ternura, estamos en el infierno.
Traducción de Ezequiel Zaidenwerg
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