Primera nevada
Qué fácil para la nieve convertirse en hielo, para la nieve
desaparecer la luz del raído
marco de castaños alrededor del almacén
junto a los restos de achicoria silvestre, esculturas
raspadas, adelfilla sollozante. El hambre bordea
esta tierra, mientras la nieve convierte todo en inmigrantes,
la nieve sala el terraplén donde las tortugas se bañan,
cientos de ellas, literalmente, congeladas tiesas
como granadas de gas lacrimógeno arrojadas a través
de una reja de alambre púa. ¿Pero quién en su sano
juicio querría trepar esa reja
para vivir aquí, quién rezaría cada noche
buscando la gracia, para cruzar el velo oscurecido
de mierda, y atestiguar las chimeneas,
collejas blancas, centáureas? ¿Quién merodearía por arroyos
brillantes con petróleo, que nos democratizará a todos,
como la muerte, una vez
que se haya ido? Sobre sacos de papas en la bodega
nevada y abandonada, se sientan y apiñan
los refugiados embarrados, carentes, con ojos de ternero,
quitando mugre de sus cueros cabelludos, sus suelas peladas.
Entre ellos, muda, está mi madre,
y acurrucada en su regazo estoy yo, enamorada de la luz
de la primera nevada de mi vida, tan asombrada
y dudosa de la distancia que deseará recorrer
la helada, y la forma que tomará entonces—
(traducción de Catalina Ponce y Enrique Winter)(Fuente: Ezequiel Zaidenwerg Dib)

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