W o el recuerdo de la infancia (1975)
Segunda Parte
Esa bruma insensata donde se agitan sombras,
¿no es acaso el porvenir?
RAYMOND QUENEAU
XII
Había allá bajo, al otro extremo del mundo, una isla. Se llama W.
Está orientada de este a oeste, en su parte más larga mide alrededor de catorce kilómetros. Su configuración general adopta la forma de un cráneo de carnero cuya mandíbula inferior habría sido medianamente dislocada.
El viajero extraviado, el náufrago voluntario o desafortunado, el explorador al que la fatalidad, el espíritu de aventura o la persecución de alguna quimera hubiera lanzado en medio de esta polvareda de islas que alarga la punta desmembrada del continente americano, no tendría más que una mísera oportunidad de abordar W. Efectivamente, su costa no ofrece ningún punto de desembarco natural, sino bajos fondos que los arrecifes a flor de agua hacen extremadamente peligrosos, acantilados de basalto abruptos, rectilíneos y sin fallas, y además, a oeste, en la región correspondiente al occipucio del carnero, marismas pestilentes. Esas marismas son alimentadas por dos ríos de agua caliente, llamados respectivamente el Omegue y el Chalde, cuyos cursos casi paralelos favorecen durante un corto trayecto, en la parte más central dela isla, una micromesopotamia fértil y plena de verdor. La naturaleza profundamente hostil del mundo circundante, el relieve atormentado, el suelo árido, el paisaje casi siempre glacial y brumoso hacen todavía más maravillosa la campiña fresca y alegre que se ofrece a la vista; no más páramos desérticos barridos por los vientos salvajes de la Antártica, no más escarpas desgarradas, no más algas escuálidas sobrevolando sin cesar por millos de pájaros marinos, sino suaves ondulaciones coronadas por bosquecillos de robles y plátanos, caminos polvorientos bordeados por montones de piedras arenosas o por altos setos de zarzamoras, grandes campos de arándanos, de nabos, de maíz y patatas dulces.
A pesar de esta notable clemencia, ni fueguinos ni patagones ocuparon W. Cuando el grupo de colonos cuyos descendientes forman hoy la totalidad de la población de la isla se estableció allí a fines del siglo XIX, W era una isla absolutamente desierta, como todavía lo son la mayor parte de las islas de la región, la bruma, los arrecifes y las marismas habían impedido su aproximación, los exploradores y los geógrafos no habían terminado, o mejor dicho, ni siquiera habían emprendido el reconocimiento de su trazado, y en la mayoría de los mapas W no aparecía o era solo una mancha vaga y sin nombre de contornos imprecisos que apenas separaban el mar y la tierra.
La tradición remonta a un tal Wilson la fundación y el nombramiento de la isla. A partir de este punto de partida unánime, numerosas variantes han sido propuestas. En una de ellas, por ejemplo, Wilson es un guardafaro cuya negligencia habría sido responsable de una catástrofe espantosa, en otra, es el jefe de un grupo de convicts amotinados mientras eran llevados a Australia; en otra, es un Nemo hastiado del mundo, que sueña con construir una ciudad ideal. Una cuarta variación, bastante cercana a la anterior, pero significativamente distinta, hace de Wilson un campeón (otros dicen un entrenador) que, exaltado por la empresa olímpica, pero desesperado por las dificultades que enfrentaba entonces Pierre de Coubertin y persuadido de que el ideal olímpico estaba destinado a ser escarnecido, burlado, distorsionado en beneficio de transacciones sórdidas, sometido a los peores compromisos por los mismos que pretendían servirlo, resolvió empeñarse a fondo para fundar, al abrigo de querellas chauvinistas y de manipulaciones ideológicas, una nueva Olimpia.
El detalle de estas tradiciones es desconocido, su validez, incluso, está lejos de ser segura. Esto no tiene mayor importancia, Hábiles especulaciones sobre ciertas costumbres (por ejemplo, tal privilegio acordado a tal villa) o sobre algunos patronímicos todavía en uso podrían aportar precisiones, esclarecimientos sobre la historia de W, sobre el origen de los colonos (de los que se sabe con seguridad, al menos que eran blancos, occidentales e incluso casi exclusivamente anglosajones holandeses, alemanes, escandinavos, representantes de esa clase orgullosa que en Estados Unidos llaman Wasp), sobre su número, sobre las leyes que se dieron, etc. Pero que W haya sido fundado por corsarios o deportistas, en el fondo, no cambia gran cosa. Lo que es cierto, lo que es seguro, lo que impacto desde el primer momento es que W sea hoy un país donde el deporte es rey, una nación de atletas donde el deporte y la vida se confunden en un mismo y magnífico esfuerzo. La orgullosa divisa
PORTIUS ALTIUS CITIUS
que adorna los pórticos monumentales a la entrada de las villas, los estados magníficos con pistas cuidadosamente mantenidas, los gigantescos diarios murales que publican a toda hora los resultados de las competencias, los triunfos cotidianos reservados a los vencedores, la tenida de los hombres: un buzo gris con una inmensa W blanco sobre la espalda, tales son algunos de los primeros espectáculos que se ofrecen a los recién llegados. Ellos comprenderán a través de la admiración y el entusiasmo (¿quién no se entusiasmaría con esta disciplina audaz, con estas proezas cotidianas, con esta lucha codo a codo, con la embriaguez que provoca la victoria?) que la vida, aquí, está hecha por la mayor gloria del Cuerpo. Y verán más tarde cómo esta vocación atlét5ica determina la vida de la Ciudad, cómo del Deporte gobierna W, cómo ha moldeado hasta lo más hondo las relaciones sociales y las aspiraciones individuales.
Traducción de HERNÁN SOTO HENRIQUEZ y GLORIA CASANUEVA CLAVERIE
W o el recuerdo de la infancia. Santiago. LOM ediciones. 2015. Págs. 69-71.
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