UN PARAÍSO PARA LOS ATEOS
Para Lucía Estrada
Foto: Google
Uno sale a la vida sin rumbo fijo, y el primer camino que toma es el que no es,
el segundo camino es el que no anda
y el tercero el que a ninguna parte conduce.
Pero no importa, no nace uno necesariamente para echar pata.
He pasado sentado los mejores días de mi ya larga existencia escribiendo, leyendo, viajando o viendo películas,
y los días que he pasado acostado han sido los más felices con o sin coito.
En cambio los días que he pasado de pie o caminando tan sólo han terminado en cansancio.
El único tiempo que no se pierde en la tierra es el que se pasa soñando.
En ese territorio sin piso donde todos hemos volado y donde pueden suceder todas las cosas.
Donde para ver la teatralización del absurdo que es la venganza del inconsciente contra la tiranía de lo lógico
no existen palcos de honor, lunetas, anfiteatros ni gallineros. Ni se necesitan binóculos.
A pierna suelta voy a disfrutar de mi ensueño eterno.
Que ha consistido en soñar con doncellas desdoncelladas en esta nueva Jerusalén colombiana.
Esta vez para que estén atentas con los labios del corazón, al heraldo que viene en su carro de luces.
Como ya pasó por los siete infiernos se siente con el derecho de anticipar sobre la parda tierra su bien ganado paraíso para ir dejando la carne, antes de pasarse a soñar con los ángeles.
Para todas tiene un colchón de flores y su ardor amoroso como un roble que apunta al cielo.
Él ha sido tocado por los dedos de la divinidad a través de las palabras del ángel
para que deje testimonio de las páginas más hermosas que se han escrito sobre el papel más fino sobre la amada, que no fue solo una sino 300, como veremos en versículos próximos.
Él predica que la salvación se alcanza a través de los 7 orificios del cuerpo como ya lo había esbozado nadie menos que Apollinaire.
Él piensa que sólo con que te dejes mirar y lo mires estará consumada la primera punción del éxtasis místico.
No es ningún mistagogo, ningún enviado. Él es sólo una antena en la tierra del amor divino, como tuvo a bien revelarse en su canto el rey Salomón.
Salomón no era ningún sabio, como lo confirman sus fallos.
En el célebre caso del recién nacido y las dos prostitutas que se lo disputaban algo me dice que la verdadera mamá era la otra.
Lo que era era un poeta erótico sublevado, el más alto que ha parido la tierra,
tanto que según versiones confiables en uno de sus versículos dice:
“Tu vulva es un cántaro / donde no falta el vino con especias”,
y en otro:
“Vuélvete, Sulamita, vuélvete / vuélvete, vuélvete para contemplarte”.
Dice el Zohar Teruma que Dios, después de pasar por los siete cielos donde ascendía para alejarse de la tierra y de los hombres
por los pecados de Adán, de Caín, de Enoc, de la generación de Babel, de la esclavitud en Egipto,
regresó a la tierra cuando tuvo noticia del Cantar de los Cantares, del rey que tenía tanta potestad sobre los demonios -merced al anillo con el nombre de Dios que le había puesto en el dedo el ángel Miguel-,
que los puso a cortar piedras para construir su templo, tabernáculo dedicado a Jehová, su dios por entonces.
Y quien no se limitó al tal Cantar, a Proverbios, Eclesiastés, Sabiduría, y a algunos Salmos, sino que, también inspirado por Dios, se supone,
escribió La llave menor o Clavicula salomonis, sobre cómo invocar demonios y ángeles,
el volumen más importante en las bibliotecas de los hechiceros y el que acabo de descubrir en la mía sin que recuerde haberlo comprado.
La sabiduría del rey más sabio y más mago y más rico y libidinoso de la historia lo llevó a terminar su vida entregado a cultos paganos
inculcados por las 300 esposas de su harem y las 700 huríes de su serrallo.
Tomé la determinación de celebrar esponsales imbuido por el Cantar de los Cantares del rey más rijoso de la Biblia,
En particular por sus expresiones “Me llamas esposo mío” y “la alegría que encuentra el marido con su esposa la encontrará Dios contigo”.
Me sedujo ese término, hacer gozar a Dios con uno como uno goza con su esposa. Qué placer más divino. Estaba ad portas de la conversión.
Y sucedió que la novia dijo no en ese trance –pero ese ya es otro cantar–
y me quedé con el libro de Salomón sobre las rodillas que se me van volviendo de gelatina.
Acudiré a la Clavícula para recuperar la firmeza de las rótulas. ¿Estaré desvariando, para variar?
He pensado, en el camino de mi conversión, que si Jesucristo no es Dios, no pierdo nada, ni vivo ni muerto, pues aun así, esa inexistencia me llena.
Y si lo es, y me voy con Él, tendré por delante una eternidad armoniosa,
mientras los que permanecen incrédulos se desvanecen en el Vacío.
Para contrarrestar la facilidad de este neopascaliano razonamiento, ¿no debería prometerse un Paraíso para los ateos?
La montaña mágica, Marzo 11-2020
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