viernes, 3 de julio de 2026

Halley Margon (Catalâo, Brasil, 1956)

 

 

VARIOS FRAGMENTOS DE LA NOCHE BELGA ESCRITOS SOBRE ALIENACIÓN Y VIOLENCIA 

 






ilustración 3 (el té)


En las primeras décadas del siglo XIX, Inglaterra importaba de China casi todo el té que consumía, y no era poca cantidad. Pero además del té y las carreras de caballos, la Inglaterra de Adam Smith y David Ricardo empezaba a cultivar nuevos y poderosos valores (rápidamente copiados por el resto de la civilización). La moneda, por ejemplo, más o menos como la entendemos hoy, y que de allí a dos siglos será la principal mercancía que mueva la economía de Hong Kong. Simultáneamente, la balanza comercial, que, al igual que la moneda, aunque siempre había existido, adquiría ahora un nuevo estatus y era adorada casi como una deidad. Entonces: Gran Bretaña importaba miles de toneladas de té de China, pero los chinos no compraban prácticamente nada a los ingleses y, como resultado, la balanza comercial se volvió intolerablemente desequilibrada. Gran Bretaña era el imperio dominante de la época, con colonias repartidas por todos los rincones del planeta. Una de estas joyas de la corona era la India, donde, en la rica provincia de Bengala, se producía una preciosa flor, generalmente roja, de la familia de las papaveraceae. Listo: la ecuación podía rehacerse y los platos podían volver al punto de equilibrio, es decir, notablemente favorable a Gran Bretaña. Sólo había que conseguir que los chinos consumieran el fabuloso producto derivado de la amapola. Y en grandes cantidades.



cuando caen los pétalos de la flor madura


Cuando los pétalos de la flor madura (de la amapola) caen, emerge sobre el pedúnculo un bulbo del tamaño de una pelota de golf. Un líquido viscoso conteniendo opio está alojado en el bulbo. A partir de él, el ser humano ha obtenido el láudano, la codeína, la tebaína, la hidrocodona, la oximorfona y la heroína, además de otras doscientas drogas; todas ellas contienen la molécula de la morfina o variaciones de la misma. La etorfina, un derivado de la tebaína, se utiliza en las pistolas de dardos para tranquilizar rinocerontes y elefantes”.168



ilustración 4 (el opio)


A quienes no les gustó el nuevo negocio organizado y mantenido por una potencia extranjera justo en su propio patio trasero fue, por supuesto, a los chinos. En sí mismo, sería motivo suficiente de pelea, y cualquier tipo pacífico lo admitiría. Pero, ¿desde cuándo los imperios cuentan con lo que llamamos conciencia? Si ya es un producto raro (casi extinto) entre los hombres, imagínate entre los imperios. El plus de descontento para el emperador Daoguang era el asunto del que trataba ese negocio: lo que los británicos (con la ayuda de los estadounidenses) estaban financiando y estimulando en China no era otra cosa que lo que hoy conocemos como narcotráfico. Barriles y barriles de opio inundaban el puerto de Cantón y, desde allí, eran transportados a través de la desembocadura del río de las Perlas al resto del país. El opio, fabricado y traído desde la vecina colonia británica, producía efectos devastadores en la población china. Puede que el jefe de la dinastía Qing no fuera un hombre que pasara la noches en vela preocupado por la salud y la calidad de vida de su pueblo, pero tenía un problema sanitario de gran envergadura en su salón. El opio no es marihuana. Había que tomar medidas urgentes y el emperador nombró entonces al comisario Lin para que comandara la guerra contra los traficantes de la corona. Un portentoso combate se anunciaba, como tal vez hayan supuesto.


Lin no tardó en actuar y durante el año 1839 consiguió detener a unos 1.700 traficantes y “20.000 mil baúles de opio”.169 Se dice que sólo en junio de ese año, quinientos trabajadores trabajaron durante veintitrés días seguidos para destruir la droga incautada, mezclando el opio con sal y limón y arrojándolo al mar en las afueras de Humen (al sur de Cantón).


Paralelamente, obedeciendo órdenes directas del emperador, el comisario Lin envió una misiva a su Majestad la Reina pidiéndole que detuviera y prohibiera el tráfico de la terrible droga en el territorio del emperador Daoguang.


(Un segundo, permítanme sólo un segundo. A ninguno de nosotros nos gusta meter la nariz en asuntos ajenos, sobre todo cuando se trata de personas desconocidas para nosotros. Por tanto. No tengo, y supongo que tú que estás leyendo esta historia ahora tampoco tienes la menor idea de quién sea el tal comisario Lin, ni mucho menos la destinataria de la carta, quiero decir, como persona. Ambos sabemos, tú y yo, alfo de su fama, la fama de su irascible conservadurismo y de su terca longevidad que, al fin y al cabo, marcó y dio nombre a una época, etcétera, etcétera. Lo cual no nos concede muchos derechos, hay que reconocerlo. Pero seamos sinceros, si China o cualquier otro país enviara unos cuantos barcos cargados con una cuantas toneladas de opio al puerto de Londres o Liverpool durante años… Evidentemente, no es necesario seguir con la pregunta. Qué paciencia hace falta, y los chinos de la dinastía Qinq la tuvieron de sobra, al menos en lo que respecta a las actitudes de la recién juramentada Victoria. Pero era demasiado opio, y sólo para equilibrar una balanza. Demasiados muertos incluso para la sensibilidad embotada de emperadores y reinas).


Era todo lo que la (entonces) joven soberana necesitaba para exhibir sus músculos. El tono insolente de la petición del comisario y de su señor el emperador era el pretexto más que suficiente para poner las cosas en su sitio y enseñar a aquella gentuza quién era quien mandaba allí, y de paso, en el comercio mundial.


A los pedidos del emperador, el Reino Unido respondió con los cañones de su flota. En menos de tres años, pusieron a los chinos de rodillas, obligándoles, además, a pagar una indemnización de guerra y a la “entrega de Hong Kong a la corona británica por ciento cincuenta años”.



un pantano profusamente iluminado


¿Qué hacer en Hong Kong?

En las fotografías e imágenes de la isla, esta aparece profusamente iluminada. Imagino que tantas luces deberían asustar o al menos molestar a los ojos de quienes la contemplan, pero no es así. El exceso de luz parece destinado a, al mismo tiempo, encantar a los ojos y ocultar el mundo que está o podría estar más allá del deslumbramiento o, peor aún, es como si esa opulencia de luces fuera la propia realidad.



Paraísos artificiales


Hong Kong antes de convertirse en Hon Kong era un pantano. Pero un pantano también es un terreno llano donde se puede imaginar o erigir cualquier orden de planos. Y en ese terreno llano construyeron la vida de los que llegaron de lejos para asegurar las posesiones imperiales. Después mandaron a construir también el zoo, que tenía casi tantos animales como el Arca de Noé. El Zoo y el Hipódromo siguen ahí, a 3,3 kilómetros de distancia uno del otro, sólo que ahora están cercados de luces y rascacielos, tan llamativos como la jirafa llevada desde África en el siglo XV. Hong Kong es ahora el Nuevo Mundo. Tal vez tenga otra naturaleza. Un espacio-tiempo donde las riquezas intangibles proliferan como los frutos contaminados de un paraíso artificial. Allí no hace falta ninguna palabra, no son necesarias porque hay vocabulario novísimo al servicio de la nueva especie que habita la ciudad y el mundo con el que está conectada. En Hong Kong, la isla es para algunos el verdadero paraíso en la tierra, los pecados no son pecados, no hay delitos ni castigos. Todo está permitido.




Halley Margon

La noche belga

Escritos sobre alienación y violencia


Traducción de Aníbal Cristobo


Kriller71 ediciones


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168 San Quinones, Tierra de Sueños.

169 Ver BBC Mundo, 1 de julio de 2017


               (Fuente: Papeles de Pablo Müller) 

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