Santuario:
Bello como un arma cargada se hospeda el niño en el retrato, como el
desconocido que llega de muy lejos y trae la ropa vestida de
escarcha, y por todo el cuello alto y la mejilla escarlata el asma del
beso aquel, el dolor vivo, la llaga, esa enfermedad innombrable de la
que todo se nos va muriendo.
Tanta nada rendida en los retratos, los lugares apartados del
recuerdo, santuarios.
¿Verdad que nada queda, que nada queda y nada acaba?
vacía que mira al ojo deslizarse sobre el bisturí de porcelana.
Hoyo carnívoro en tu pecho de hormiga, donde anida un revólver
empuñado por un ciego.
Descubres, frágil niño del retrato, rodeado de molduras y violenta
pasamanería, que el dolor sigue ahí, intacto en el gesto desanimado,
en la sangre que no sangra, en tu santuario.
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