sábado, 13 de julio de 2024

Ariel Williams (Trelew, Chubut, Argentina, 1967)

 

De VIAJE AL ANVERSO (1997) -


Fue una noche, de esas de invierno,
larga jauría cruda en la tierra desolada,
luegoinvierno,
donde hasta las vacas contribuyen
a susurrar qué no oscuros,
a expandir qué no susurros
de noche vertical.
Sentado al fogón,
me dedicaba a leer, sabiendo, conociendo
la campanada que ablanda la pasta blanca
de las páginas,
cuando, del hogar, de entre las llamas que atravesó
como un suspiro abriendo el juncal,
como una blandura más de las hojas ya leídas
en horas más blandas aún bajo frazadas,
surgió un extraño personaje:
el Barón Brambeus.
Un personaje
con algo de caballo fino de estepa
en sus modales remotamente aprendidos antes
de los tiempos de la barbarie, antes
de que las glaciaciones continuadas
nos congelaran el cerebro.
Conversamos toda la noche,
sentados junto al fuego.
Él tenía una gracia felina,
pero dentro de un aspecto gordo:
acumulaba movimientos esmaltados, finos,
que surgían de su cuerpo de diablo velludo
como una contradicción incesante.
Sus uñas, una prolongación larga y cuidada
de su elegancia envasada en pelambres
brutales.
Así, un gesto delicado de su mano culminaba,
siempre,
en el encontronazo con el dedo nudoso y peludo,
cuya uña se extendía (¿sucia y amarillenta?,
¿larga y cuidada?) hasta el fin.
Sus ojos eran penetrantes como los de los lobos nocturnos
de las estepas que había atravesado
para llegar hasta mí.
 
En conversación,
Brambeus desenrolló ante mí el Larousse completo
con algunos toques de su lengua gruesa, pálida,
terminada en punta,
haciendo girar y fulgurar todas las palabras del idioma
alrededor de sus pensamientos oscuros,
sin que se supiera si habían llegado a tocarlos
realmente.
Afuera, las constelaciones habían acompasado sus tiempos
a la vorágine de Larousse desenterrada por nosotros:
las estrellas golpeaban, cada vez más fuertemente,
las maderas desvencijadas del cuartucho
de las herramientas.
Eso me trajo a la mente, por un instante,
la imagen de los establos abandonados
en una tarde de tormenta.
Adentro, sobre el heno, una muchacha nadaba
en la poca agua, guerra restante,
de un soldado que se ahogaba en guerra,
que manoteaba último en su propia marea de posguerra,
sus bayonetas todas clavadas en cuerpos
ya derrotados hace siglos,
curvos doloridos en terrones anónimos,
estériles clérigos en el fondo de cultos
perdidos,
desfondados
como las estrellas que ahora golpeaban
la puerta
y recordaban al soldado su hora,
en el momento preciso en que
debía salirse de las guerras y de las galias
y en que, con ayuda de la muchacha,
las manos se hundirían en cuerpos anónimos
muertos en batalla,
los pies dejarían de caminar por las trincheras
y retornaría todo a la hora de las estrellas
que golpeaban la puerta,
del viento que soplaba afuera
y de mí, que conversaba con el Barón. 
 
 
 

De DISCURSO DEL CONTADOR DE GUSANOS (2011) – De la misma antología.

 
1
Soy alguien que camina. Es la única definición
que puedo dar de mí. Caminar es avanzar un paso
después de otro. Eso es lo único que hay. Por un
barrio, por unas calles, por unas afueras: un paso
arriba de un pedazo de tierra y algunas piedras, un
paso saltando una raya que separa dos baldosas.
Y otro paso. Al final a veces llego a casa. Casa no
es el lugar adonde vivo.
Veo unos postes de luz con sus filas tan bellas de
Cables. Detrás está el cielo azul de final de la tarde.
Detrás de ese cielo no hay una Mirada. Nadie que
Diga “Estás ahí”.
Necesito un método.
Voy a tomar vino en el bar. Ahí hay varios que
darían esta definición de sí mismos: soy un vaso
después de otro vaso. 
 
***
 
Ariel Williams – Del volumen “Cómo se inventa una orfandad” Colección Estaciones – Antología Poética – Ed. Miño y Dávila.


(Fuente: Marcos Herrera)
 
 

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