
El fuerte
El fuerte
mientras duermo la siesta con Linda
Bajo las mantas de cuadros rosas
sujeto el pulso que cuenta tu sangre.
Creo que fuera el bosque
está medio dormido,
abandonado desde el verano
como una pila de libros tras una inundación,
abandonado como esas promesas que nunca cumplo.
A la derecha, el pino de Virginia que vemos hoy
espera como una verdulería
que ofrece ramos de peludo brócoli.
Observamos el viento desde nuestra cama cuadrada.
Aprieto con el dedo índice
—medio en broma, medio aterrada—
el lunar marrón
que hay bajo tu ojo izquierdo, heredado
de mi mejilla derecha: un punto de peligro
donde un gusano hechizado entró a bocados hasta nuestra alma
en busca de belleza. Hija mía, desde julio las extrañas
hojas se han alimentado
en secreto de un charquito de tinte rojo remolacha.
Y a veces son de un verde militar
con troncos tan mojados como botas de cazador,
atizadas por el viento, limpias
y relucientes. No,
el viento no viene del mar.
Sí, aulló en tu cuarto como un lobo
y la coleta te hacía daño. De eso hace mucho tiempo.
El viento hizo rodar la marea como una agonizante
mujer. Ella no podía dormir,
rodaba y rodaba la noche entera, suspirando a cada instante.
Amor mío, la vida no está en mis manos;
la vida con sus terribles cambios
te apresará, bombas o glándulas,
tu propia hija en
el pecho, tu propia casa en tu propia tierra.
Fuera lo agridulce se torna naranja.
Antes de morir, mi madre y yo recogimos esas gruesas
ramas y encontramos pezones anaranjados
en las hebras de alambre gris.
Desbrozamos el bosque, curando a los árboles como a lisiados.
Tus pies golpetean contra mi espalda
y murmuras para tus adentros. Hija,
¿qué deseos tienes? ¿Qué pacto
estás haciendo?
¿Qué ratón corre entre tus ojos? ¿Qué arca
puedo llenar para ti cuando el mundo se desboque?
El bosque está inundado, la maleza tiembla
con la marea; abedules como peces cebra
destellan en agitados bancos.
Hija, no puedo prometerte que tu deseo se cumpla con certeza.
No puedo prometerte gran cosa.
Te doy las imágenes que conozco.
Quédate tumbada conmigo y observa.
Un faisán se desplaza
igual que una foca, impulsado a través del mantillo
por su grueso cuello blanco. Se pasea
como un payaso. Arrastra una pluma beige que arrancó,
una vez, a una anciana del sombrero.
Nos reímos y nos tocamos.
Te prometo amor. El tiempo no se llevará eso.
Sin datos de traducción
(Fuente: La Parada Poética)
No hay comentarios:
Publicar un comentario