Poemas del libro Oraciones para un dios ausente (1994).
Por eso dedicamos nuestros libros
a los muertos.
Porque tenemos la vana convicción
de que nos escuchan.
Nosotros, cómplices de oficios
menos inocentes,
creemos que seremos dioses
en otros mundos
porque pensamos que la felicidad
es la distancia del milagro
cuando soñamos con una palabra,
cuando vemos alzarse los aviones.
Mi primer síntoma
fue callar la protesta.
Sólo hubo tardes
de presencias inútiles.
Asistir a la hora exacta
para ahogarme
en silencios no descifrados.
Si no pudieron los expertos
quién hará hablar a la renuncia.
Las luces de neón en el camino
dicen más de mi rutina cotidiana.
Desde entonces
he dejado de merodear
en el pasado
Por eso me volví poeta
porque pasa lento el tiempo en la soledad.
¿No es apenas un peligroso instante
lo que sostiene nuestra cordura?
¿No depende la locura
de nuestra única, frágil cuerda?
¿No pende ella de un solo término,
del preciso término,
aquel que nos salva
o nos condena?
Mi universo temático
sólo abarca
tres frases escuetas:
pienso que tú
dices de mí
que yo digo que él
piensa de mí
en mal sentido.
La calle está llena
y hay una mujer
que en el fondo de su cuarto
llora sola.
Ama a un hombre
que escribe teorías.
Recuerda el día
lleno de dioses últimos.
Es de noche,
y afuera
me llueve.
Porque es viernes,
diciembre
y te vas.
(Fuente: Vomité un conejito)
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