Los domingos son mis días. Mejor quedarme holgazaneando en casa, pero a veces salgo en soledad a caminar las calles de México.
Frente a los negocios hay cubetas con agua para los perros sin hogar, y hay cruces trabadas sobre las puertas.
Junto a un anuncio de tlacoyos ahogados, topo con Don José, un precolombino duro de 91 años, del cual poco o nada sé, y conversamos un asunto de la inflación y la perdida juventú, y de cuando ofició de liniero enderezando caminos en Cuautla. Ahora es ciego.
Domingo:
con la edad pierden los ojos
los largos remolinos de fuego.
la madera de las porras recuerda
haber sido árbol de una calle
profunda de pueblito, mástil
de un puente solo y con Dios.
afuera, por la frontera de tinacos,
como ánima en pena se suelta de la luz
el gradual anhelo del chubasco.
la plaza hispánica
(que es todas las plazas y una iglesia de cal)
se ha deshonrado
de un álgebra de cosas perdidas.
los milagros están cerca, digo,
cuando una nube nochea
su plumaje de ángel
y entra a los ojos del pobre.
y hay recuerdos en vez de colores
este domingo desangrado de mendigos,
este domingo de prehistoria
en que no sabemos
qué infinito vacío miden las veletas
en el alba duradera del ocaso.
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