Que descanse en revuelta
En la oscuridad, por la tarde será su memoria
en lo que sufre, en lo que se suelta
en lo que busca y no encuentra
en el bullicio de la desembarkación que muere en el muelle
en el silbido de la salida del balón que traza
en la isla de la sulfura será su memoria.
En el que tiene fiebre dentro, a quien las paredes no importan
en el que se lanza y no tiene cabeza sino contra las paredes
en el espinillo indomable
en el débil que es para siempre terco
en el porche del abandonado será su memoria.
En el camino que persigue
en el corazón que busca su orilla
en el amante cuyo cuerpo huye
en el viajero cuyo espacio mordiente
En el túnel
en la tormenta de que se gira
en el temerario que se atreve a tocar el cementerio.
En la presencia del mar
en la distancia del juez
en la ceguera
en la copa de veneno.
En el capitán de los siete mares
en el alma de quien lava la espada
en el órgano en un rosario que llora por un pueblo entero
en el día del escupir sobre la ofrenda.
En la fruta del invierno
en los pulmones de las batallas que reanudan
en el loco en el barco
En los brazos retorcidos de los deseos que son para siempre insaciables
será su memoria.
En "La vida en las pliegues", Gallimard, 1949
(Fuente: Bernard-Jean Lherbier)
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