domingo, 12 de julio de 2026

Romero Kio Saracho (Río Negro, Argentina)

 

 

 

Me había traído una cobra egipcia. Yo quería hacerme feliz.
Ella era galante. Frutal.
Siempre andaba viajando por oriente. Le gustaba observar el inicio de la luz y conocer la decencia de otros pueblos.
Yo esperaba su regreso. Yo era constante como un atleta.
Me sostenía en eso
como una plaga.
No acostumbraba a buscarla cuando se iba porque sabía. Ella iba a volver.
En esa época me interesaba en el teatro. Principalmente el callejero.
Tenía sabiduría. Intolerancia. Destreza. Y otras cosas que no recuerdo.
¿Hambre? No. No tenía.
Pensaba dedicatorias que nunca entregaba. No tenía tiempo. Debía dedicarme a llenar mi libreta con un mantra
que era así: "Cuando nadie te toca y no tocas a nadie, tu universo místico crece y se abre, como una tierra, de la que brotan, sencillas y pequeñas las flores rojas del olvido".
Me preparaba cócteles de silencio con mucho afán y sometimiento, como si supiera lo de las estaciones.
Mi procedencia tenía cien años cuando la rescaté de la calle. La llevé conmigo hasta las vocales abiertas. Éramos dueños y señoras en esas letras. Era fácil vivir en la brevedad que nada en el mundo podría darnos.
Todo eran ríos de aguas yendo y yendo donde nadie se bañaba dos veces.
Yo aparecía en corrales. Mis tegumentos venían con polvillos de mirra o azafrán y nadie sufría por eso.
Una tarde mis cobras egipcias llegaron huecas, como si un ejército les hubiera excavado túneles secretos. Sin embargo ellas se mantenían altivas. Imaginarias.
Se deslizaban por mis álgebras con la suavidad de un mantel recién lavado, movido por el aire en los cordeles del medioevo.
Los papeles azules volaban con entendimiento y subjetividad como si tuvieran voluntad propia.
En ese momento lo supe todo.
¡Qué paraíso, dios mío!
¿Hubieras imaginado algo así? Yo nunca. Jamás.
*
RKS invierno 26

 

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