LA MONTA
(con motivo del eclipse solar del 14 de diciembre del 2020 en Buenos Aires)
de madrugada
los pájaros ascendían volando
y se precipitaban de lo alto como parábolas
rilkeanas, inversas.
al medio día: asombrosa umbría.
la luna vagamunda y el sol altanero
proyectaban desvergonzados su cópula
por entre la fronda de los plátanos:
yegua montada a horcajadas,
que clavaba estrellas fulgurantes en
los ijares de su brioso semental,
encrespando el silencioso malambo de luces y sombras azuladas
sobre la anochecida tarima de los adoquines.
era como si entonces el sol se entregara.
y mientras moría,
las cucarachas detenían el desespero de sus correrías
por las rendijas del mundo,
los perros gañían lamentosos a los pies de sus amos,
la vieja tierra suspiraba recordando las últimas horas del cretáceo,
cansado rascábame yo mi espalda de viejo buey
contra la áspera corteza de un plátano,
y un escaso gorrión extendía sus alas sobre el asfalto,
como sobre piedra sacrificial.
los gatos, fieles a su profético linaje haragán,
entre maúllos casi secretos seguían
en gerundia siesta,
sabiéndolo todo,
eligiendo no querer saber.
y entonces,
dentro del orbe que era pavoroso silencio
la sólita inmodestia de la heliofanía volvía a crecer lenta,
y, como en la mañana de pascua,
el señor resucitado se estremeció,
apartó los harapos,
removió recio y radioso la tapa circular del sepulcro,
volvió a crecer y a crecer:
y creció en recuperada
vanidad y victoria.
el potro había tumbado a su osada jineta
y la monta había llegado a su fin:
regadas sobre la acera
de pasco y constitución
palpitaban poco más que inconsútiles
vísceras de luz dolida,
se esparcía de la luna su indigesto rencor.
No hay comentarios:
Publicar un comentario