ICEBERG
Ves caer y surgir monstruos momentáneos.
Magnífica la escena. Poetas mediocres
miran fijamente la niebla y el vacío. Recitan,
aplauden, dan vivas. Poetas pensativos,
mientras tanto, mantienen dolorosas vigilias.
Desvelados, imaginan su iceberg.
El poema se eleva más ligero que el agua.
Como una joya se talla con pequeños
martillos hasta salvar sus nervaduras
de la succión de las aguas, de la estupidez,
del necio deseo.
Poetas pensativos extraen del iceberg
fragmentos que arden. Cifrados como
música allí se vuelven visibles los sonidos
quebrados del hielo. Esos modos extraños
de comprender la dolorosa gramática.
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