sábado, 27 de junio de 2026

César Simón (Valencia, España, 1932-1997)

 

 

Puede ser una imagen en blanco y negro de una o varias personas 



CELEBRACIÓN

 

Celebro yo mi vida, estas mañanas rituales
en que, con transparencia inexpresiva,
me considero como lo que soy, un capital biológico - ya no desbordante-,
un silencio repleto de sensaciones, una única sensación: yo mismo.
Alto me siento, y rico, pero sin trascendencias,
con la riqueza inútil de uno mismo,
como inútiles, al fin y al cabo, son los hombres y el universo.
Lo mejor de mi vida, quizá lo único de mi vida,
reside en estos momentos, valiosos tan sólo para mí
y que habrán de perderse para siempre en sus resultados,
estos momentos en los que en la cumbre
contemplo el panorama con perspectiva:
más aún que mi propia carrera personal, el sentido del todo,
el sabor de los posos del mundo,
el rumor que significa su presencia, pero también su temporalidad y su caos,
el color engañoso y brillante del azul, las apariencias.
Y es notable: apenas significan gran cosa los momentos de placer
que tan insistentes celebran otros poetas, aunque los he vivido.
Aquí, en la cumbre, en mi pequeña cumbre- y no hay otra
posible-, el universo sabe a mucho,
pero no es a placer o a dolor, precisamente.
El mundo es densidad,
es algo más que no comprendes pero que presientes,
a cuya sombra placer y dolor, eternidad y tiempo, son una misma cosa,
una referencia donde las palabras resuenan con entonación, vacías de sentido,
pronunciadas por una fiebre incomprensible, pero bien orientada,
orientada hacia lo último, ancho y definitivo.
 
Pero yo me digo simplemente: la vida.
Y lo digo en voz baja. Y ni lo digo siquiera, lo musito,
inmóvil, una vez más, sobre el sofá de la meditación,
donde todas las mañanas me siento a considerar mi existencia, mis poemas -¿quién si no?, servirme en esta hora es su único sentido-,
a levantar mi copa por el pequeño capital biológico que he sido y aún soy,
a reflexionar, a concentrarme, a saborearme en nada concreto,
a enterarme de que he vivido, y aún vivo, en una palabra.
¿Cuantos pueden permanecer en la cresta de la ola sin ningún beneficio,
con las manos vacías,
sintiendo la desnudez de la piel su alta futilidad,
como altas son las espumas de los mundos y de los tiempos?
Hoy es doce de enero de no sé bien qué año
y he llegado a la siguiente conclusión:
no esperes de la vida tiempos mejores,
aposéntate bien en ella y saboréala, es decir, posesiónate bien del día,
siéntate aquí y medita. Esta es tu plenitud,
esta celebración en solitario de tí mismo, de tus horas contadas y de tus versos.
 
Extravío (1991, Ediciones Hiperión)  
 

UN DÍA OCULTO

 

Hoy es un día oculto de tu vida.
Nadie te espera. Y a nadie has convocado.
Tomás asiento en el sofá, con el libro de turno, para subrayar.
Todos los comienzos de libro te sugestionan;
quisieras, inmediatamente, comenzar a escribir de los mismo.
Pronto lo cierras, sin embargo.
Te atraen, irresistibles, los balcones
- una panorámica ciudadana cualquiera
y un espacio de cielo invernal, anodino y gris-,
inclinación que ignoras si responde a una indolencia innata,
a una resistencia a la concentración mantenida,
o a una vocación más oculta
¿Cuántas novelas, cuantos libros de ensayo o poesía, que nunca has concluído?
No es un día siquiera, sin embargo.
Te sientes alto.
Sientes la gravedad irreductible
que es la esencia más honda de la vida.
En esto has trabajado sin descanso,
sí, sin descanso, con la vocación más intensa,
a jornada absolutamente completa.
Estar aquí sentado no es inútil.
Sentado o paseando es gravitar,
lograr una mirada a la vez enfocada y dispersa,
atónita y circunfleja,
y una mueca ni alegre ni sombría.
Sabes que todo pasa,
que nadie entiende nada, sumergido
en lo que apenas entrevemos,
el nunca que traduce lo inasible,
lo excesivo del propio universo,
el universo que se sobrepasa a sí mismo y se ignora a sí mismo,
como una ballena dormida en la plenitud del océano.
Late tu carne silenciosa,
percibes su sabor,
sigues en el silencio meditando.
¿Qué ocupación es esta?
¿Qué vocación es esta de sentirse en lo alto?
 
Contemplador del mundo,
contemplador con algo mucho más allá que placer,
pues tu mirada no posee esa entidad resbaladiza y delectante
de los que todo lo cifran, empequeñeciéndolo, en sufrir y gozar.
No, cuando estás sentado ya no gozas ni sufres
- aunque aquí, sobre este mismo sofá, has temido muchas veces la muerte
o has brindado por los pequeños éxitos personales de tu existencia-;
es mucho más que eso, hay en la vida mucho más que placer,
es una fiebre sin temperatura,
una sensación encumbrada y hermética, solitaria y distante,
acorde con lo impalpable de los días,
que llenan nuestras horas de delicadeza, verdad y plenitud,
que son como nuestro gran tesoro escondido, nuestra propia sombra,
pero que no consisten en nada, fundamentalmente.
Estar alto es ser mundo en el nivel que fluye,
en el nivel que pasa
los cielos y los grises espacios invernales.
 
El Jardín (1996, Ediciones Hiperión)
 
 

FE

 

Tú ¿qué crees entonces,
ocioso de la vida a la que abrazas?
Creo, ya lo habré dicho, en la belleza,
mas no entendida carnalmente.
Creo, con fiebre y con ardor,
en nada.
 
 

¿QUÉ PALABRAS?

 

¿Qué palabras sonoras
que ya no suenan,
que no sonaron nunca,
son las palabras definitivas?
 
 

LO RECÓNDITO

 

Cuando el amor no existe
la verdad se revela.
Y qué verdad, ya última,
las horas de la noche.
Permanecer distante
de toda aquella confusión,
sentir estas honduras
que ya la carne no perturba,
ser...lo de siempre, lo lejano,
lo recóndito, lo tranquilo.
 
 
 

DOS ENFERMOS

 

Fue en aquel sanatorio, por la tarde.
Él subió a visitarlo
-también estaba enfermo-.
Hablaron mansamente
- hablaba él, su amigo no podía-.
Le contó cosas de la vida
del sanatorio, las andanzas
por el bosque...
El encamado sonreía.
Cadáver era su semblante.
Vinieron otros para confortarlo.
Y el amigo salió a la galería.
Se apoyó en la baranda.
La tarde de verano
también agonizaba lentamente.
Entonces fue Chopin, con su nocturno,
quien sonó en la emisora,
pero sin lágrimas.
Él, esta noche, ha murmurado
la terrible belleza de las notas.
 
Templo sin dioses (1997, Colección Visor de Poesía)
 
 

ELEGÍA

II
Es hora, sí, de detener el paso
y sacar conclusiones,
hora del gesto máximo
-esta aventura se repite siempre-.
Encadenado al sol
y al astro que lo nutre
de fundamentos,
sigue rodando el hombre,
que vive la tangible pesadilla
del engaño perenne.
 
Ya estoy solo, después de tanto tiempo.
Me perdí en la vereda,
aunque fuera hermoso el paisaje.
Nadie responde a lo que me conmueve.
 
Cuando vuelvo a esta casa,
en cuya oscuridad
quién sabe qué me espera;
cuando me acerco por la ruta
y detengo mi paso, qué silencio,
qué soledad la de los montes.
La luz, espejo de los años,
en toda curva del camino
se remansa,
en todos los calveros se detiene.
Intuyo, en el silencio
-que es un estruendo musical-
el caos, subordinado
a ley irreversible.
Hay un enigma no resuelto,
un esfuerzo que clama
dentro de sí, en la dura
densidad que trasciende.
Y esto es lo máximo que alcanzo.
 
Pero existe la carne. En ella palpo
las verdades que cuentan:
profundos incentivos del perfume,
honda convocatoria
de la oscuridad primitiva
que no sabe qué pretende.
 
Voy a llamar de nuevo,
ignoro si en la tarde
de un agosto lejano
o al caer de otras nieves.
Llamo y nadie responde.
¿Abro la puerta o es ella la que se abre?
 
Es oscuro el recinto de los templos.
Sus cánticos egipcios
invocan a los muertos,
hablan... sobre los átomos,
sobre las palpables razones
de la carne vivida,
sobre el fatalismo y la muerte.
Mas, de pronto, enmudecen, y más honda
escucho la carcoma
y, como antaño, busco más adentro.
 
Quisiera, al descender los escalones,
encontrarlas abajo,
mis potestades familiares.
Sé muy bien que el silencio es la frontera;
mas su evidencia, dolorosa,
tan dolorosa es, tan contundente,
que no hay que darla por resuelta.
Hay algo, te confiesas,
Algo; mas lo aparente,
ya lo ves, es un eco
y apenas unas sombras,
sillas beatas, polvorientos muebles.
 
No os he vuelto a encontrar, mis dioses lares,
en esta personal sesión
de espiritismo.
Me alejo de la casa, no la niego.
¿Cómo negarla?
¿Cómo negar la casa de la vida?
Salgo de nuevo al monte,
al monte, al cielo raso,
¿pero no son los montes otro templo?
En la frescura de la lluvia,
sobre las cortezas silvestres,
¿no he cantado y amado
y he sentido el sabor de una alegría
que no es banal sonrisa,
sino constancia de la muerte?
 
 

PROBLEMA

 

Tú sí que eres problema,
tú, que vienes aquí como una sombra,
te acercas a la mesa
y permaneces quieto, respirando.
 
 
 

LA CASA Y TÚ

 

Ahora, ella y tú, solos y oscuros,
permanecéis en silencio.
Aunque su silencio es más grande.
Tú, a veces, te detienes
en el pasillo
y escuchas a lo lejos.
Ella, más honda, se sumerge
en una densidad impenetrable.
 
 

TENEBROSO BULTO

 

En el vacío de la alcoba,
en la penumbra de la noche,
entra la luna.
Mientras que si quien entra es tu callado
y tenebroso bulto, su silencio
instaura allí el problema
de quien respira, su remota sombra.
 
 
 

ALGO SECRETO

                                    A Federico Chopin
 
Hay en tu vida algo secreto;
en una noche en una casa,
los balcones abiertos al jardín.
En las habitaciones ya no hay nadie,
y, fuera, sólo luz lunar.
Pero el piano suena quedamente
con una melodía muy antigua,
tan antigua que nunca ha enmudecido.
Un pájaro es quien canta, hay una rosa
y hay una espina, en el balcón.
Tú eres el pájaro que canta.
Tu voz es inmortal, porque no es tuya.
Y tu carne es efímera y doliente.
 

 

(Funte: Cecilia Pontorno) 


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