lunes, 29 de junio de 2026

Pablo Ananía (Rosario, 1942)

 

 

 

 

 

FALAFEL

 

Garbanzos picados a cuchillo, cilantro,
no perejil, ajo y cebolla de verdeo.
Hacé la masa: el jugo de limón amalgama
bolitas compactas, el pan rallado las sella
y van al aceite hirviendo hasta que la costra
las vuelva doradas y crujientes.
 
¿Te falla la croqueta? Probá habas.
Son más duras, más coquetas, y al asarlas
hablan en copto ortodoxo. Los coptos
las crearon. Los islámicos las aman
con yogur o tahini. Los italianos
con salsa roja revolucionaria. Y rezan
con sus finas hostias los cristianos. 
 
Hay viejos países de sierras abruptas
para la cría del Cicer arietinum
y sus hummus extraños. Pero en todas partes
se cuecen habas. ¿Cómo no sentir nostalgia
de la voz, de las pisadas, de aquellas mujeres
hadas de la infancia, de las mieses,
de las hierbas y de los cantos que ideaban
para no sentir hambre en los huesos? 
 
En la pobreza un plato único, caldo y proverbio.
Doble patria para las nacidas fabáceas, garbanzos,
habas o chauchas. A toda costa vivir. Vivir nuestros
años. Despertar, pelear, agriar el viento, vivir. Crecen
las ramas de un arbusto, resucitá en tu mente
las artes de Grecia y del Islam y dejá que a la vejez
se oiga la musa cuya voz temprana te enseñó a cantar.
Bestias, peces, árboles, toda materia cabe en un verso
 

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