El pastito
cuidadito,
una brizna verde
no desentona
con otra briznita
manchada con ceniza
de cigarros.
El pastito
parejito,
insinuado,
casi extinto,
el caminito de hormigas
arrasado con gamexane.
Tres platitos
de telgopor,
restos, bazofia,
semillas de chía,
pan de salvado,
jamón graso,
tres vasitos
con gotitas de cerveza,
una manzana mordida
y otra entera
entre el pastito
que parece terciopelo
y es otra cosa,
cucharitas, cuchillitos,
tenedores blancos
de plástico
sobre el pastito
bajo el olor del café
y el chocolate
que vienen
de quién sabe dónde.
De la historia,
dicen algunos,
de la cafetería
que yergue su QR
en la callecita
donde topa el parque.
Sin embargo,
aquí fue un quemadero
de cadáveres
en la guerra
y después de la guerra.
Aquí ardieron
carnes, encías y huesos,
aquí
hubo desesperados
pedidos a los verdugos,
aquí
se mearon, vomitaron
y cagaron
esperando clemencia y paz.
En este
esmeradísimo
espacio verde
municipal
en Köln,
aquí
mi viejo
y yo sin nacer
y nacido
Deus
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