jueves, 25 de junio de 2026

Elizabeth Azcona Cranwell (Buenos Aires, 1933 - 2004)

 

 

 Elizabeth Azcona Cranwell - Si el espacio es distancia


 

HISTORIAL DE MUJER

 
​Rien que cette jeunesse
qui fuit devant la vie...
— Paul Eluard
 
 
​I
​Algunos retuercen su libertad, borran sus cielos ​dentro del exilio, muy lejos del lugar en que nacen sus pupilas.
Ellos saben la vida. Prescinden del amor para vivir.
 
​Otros necesitan arder en la demencia,
conocer el angosto camino hacia un trópico de luz,
asistir con urgencia a sus actos no siempre ​consecuentes.
 
​Estos se parecen más a mí.
A mi modo de estremecerme.
A mi carcajada que se rompe en el polvo como el ​cristal de un capricho.
 
​II
​Las tardes caen lejos
como oscuros telones de un teatro infinito,
yo giro lentamente
sobre el eje del cuarto y de la tierra.
Aquí está la vida que asistió a mi nacimiento
al claro oficio de mi infancia
a la pérdida inútil de las horas.
De aquel lado está el mar de mis veranos,
sus olas se resisten a llenar para siempre la tierra ​de caricias.
 
​Aquí mi adolescencia,
su frustrado suicidio por amor, la cara hacia el alto ​viento de la noche,
su alegre ceremonia no demasiado libre todavía,
sus fiestas errantes derivadas del fondo de la tristeza.
Y esta es mi juventud de luces despiadadas
y de rituales torpes nunca concertados,
haciendo un alto fuego de sonidos y mitos
de amor interminable.
 
​Sigo siendo mujer creciente y única hacia todos los ​ámbitos del mundo.
reconocida acaso entre los gestos
de quienes sólo esperan por mis probables hijos,
Soy mis ropas, mi nombre, mis inventos,
las palabras que elijo para crear la vida,
mi alargada esperanza.
 
​Podría ser un gusto nuevo, el sólo sueño de alguien, la desconocida a quien se nombra por el color del ​traje,
la que hace ciertas cosas,
esa mujer que caminaba a solas con su reflejo opaco en las vidrieras,
que llevaba su audacia a proclamar un fin de calles en el horizonte.
 
III
​Árboles,
sitios que he descubierto.
Cielos de la locura.
Tierra lejana, corazón del mundo:
dejadme las promesas del amor que despierta ​nuevamente.
 
​¿Pero, y los peligros?
el peligro de contagiar a otros con una estéril prisa ​que nadie necesita,
el tenaz peligro de recordar el vaho de los ríos,
de emparentarme con sus colores robados a la tierra
de pensar sólo en mí, cuando conozco lejos las estrellas,
cuando un bosque me envuelve de curiosas resinas,
de ajena densidad de cuento de hadas.
El peligro de desear el respeto de los otros en lugar de aprender a respirar,
de hundirme para siempre en la nostalgia rancia del amor.
 
​IV
​¿De quién es esta voz parecida al llamado de los ​barcos,
a su largo lamento de partida?
¿Por qué la reconozco y su grito me alcanza
para medir la altura de algún dios?
 
Basta ya de inventarme los tiernos desenlaces,
de acudir a mis propias señales embozadas en calles ​del olvido.
basta ya de esta hosca ternura por mi propio corazón.
 
​Quiero ser sólo una lenta libertad desplegada por ​fin sobre los hombres,
una caricia suelta sobrevolando el cielo de mi amor.
 
​Las deidades del amanecer han de acatar el joven ​gusto de mi boca,
prosternarse ante mi insomnio lleno de nombres y dulzuras.
 
​Aquí donde comienza mi país solitario,
en mi casa detrás de la intemperie,
a orillas de mi nombre,
el nuevo rostro del mundo tendrá que amanecer.
 

(Fuente: Cecilia Pontorno) 

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