
CIUDAD SIN NOMBRE,
ÚLTIMO DÍA DEL ANTROPOCENO.
Mañana nos mudaremos de casa para siempre, mi amada hija.
Pero para siempre es solo un decir: No sabemos si este destierro
Llegará antes que el exilio o si la expulsión es lo mismo que la huida.
Y casa es cualquier lugar distinto del cuerpo que nos agobia,
De la piel que se desmorona, de los huesos que colapsan...
Viviremos en el vientre de una loba desollada, en su útero baldío,
En la habitación de un cíclope siniestro, similar a nuestro nombre.
Mañana nos vamos para siempre de este planeta, mi amada niña.
Pero planeta es solo un decir: No sabemos cómo cambiaremos de piel,
Si caminaremos erguidos, en cuatro patas o solo gatearemos.
Y piel es cualquier serpiente que nos saluda desde el futuro,
Cualquier alimaña que nos invita a postrarnos y suplicar.
Viviremos en la tripa de una hiena que sonríe, en su víscera rotunda,
En la alcoba de un titán horripilante, parecido a nuestro miedo.
¿Ya te había contado que entre estos escombros habitaron las hembras
Y también los varones que nos parieron por sus bocas adoloridas?
Pero dolor es apenas un decir, porque dolor es el nombre de otro cuerpo,
Porque todo cuerpo es un arma que, así como te protege, te asesina.
Viviremos en un documento misterioso, cuyo sonido sea inevitable,
En las entrañas de una bestia extinta hace millones de años.
Mañana nos vamos para siempre de este lugar, mi hermosa niña.
¿Ya te conté que cuando eras una nena recién nacida
La Tierra era plana, como el rostro de todos los dioses?
Pero Dios es solo un decir: Cuando pienso en él… Digo tu nombre
Y las palabras son cualquier cosa que me permita pronunciarte.
Viviremos como vivieron los cazadores nómadas hace miles de años
Y en estas cartas de amor, que un demonio devora pacientemente.
Mañana nos mudaremos de este lugar y no volveremos jamás, mi amada niña.
CAMINO EN RUINAS,
QUIZÁS ABRIL.
Y ahora, ¿qué vas a decir? Si apenas te alcanza la lengua
Para lamerte las heridas. Y ahora, ¿qué quieres decir?
Como quien dice cadáver, como quien dice enemigo,
¿Perdón por la lengua tupida, zopenca, taruga, mafiosa?
Como quien dice esqueleto, como quien dice adversario...
¿Y si dices: El rocío se acumula sobre el lomo de una abeja
Colosal? Escúchame, te lo explico, es que tienes un vicio:
Te gustan las bendiciones, la redención y cierto tipo de clima.
Y ahora, ¿qué vas a decir? Si apenas te alcanza saliva
Para lavar tus cicatrices. Y ahora, ¿qué puedes decir?
Como quien dice armadura, como quien dice futuro,
¿Perdón por la lengua lanuda, apiñada, alcornoque?
La niñez finaliza una jerga de sapos. Y, entonces, croamos.
Y al mundo lo mata una juerga de locos. Entonces, bailamos.
Perdón por los enjambres estupendos, perdón por la saliva
Prodigiosa. La lengua que lame esta herida se llama duda.
NUEVO REFUGIO,
POSIBLEMENTE SEA MAYO.
Un camaleón bullicioso se trepa a la copa de un árbol secreto.
Y su error petrifica esta lluvia, que es toda la lluvia, la última lluvia.
Ya he vagado por la vida como un mulo sin bocado. Ya he gemido
Como un niño que babea mientras mira lo que queda de este mundo.
Llévame, hija, a mi casa, donde todos los cuervos son blancos.
Llévame a ninguna parte, de donde somos los lobos mansos.
EL MISMO REFUGIO,
SEGURAMENTE ES MAYO.
Mi hija presume que se llama igual que su madre.
Y luego corre entre los árboles con títulos nobiliarios,
Que bautizamos como Acacias, Sauces llorones, Jacarandás...
Pero ella y yo sabemos que todas las estirpes son vanas.
Mi hija corre entre cuerpos diplomáticos de vegetal,
Entre yerbajos cívicos que nada saben de marchar
Hacia la noche, hacia la tundra o hacia la guerra.
Pero ella y yo sabemos que todos los linajes son espurios.
Mi hija entiende que todas las raleas son bastardas,
Y entonces imita el vagido de las caracolas,
Y entonces agita la cola de los peces espada,
Y entonces se devora el kril de los siete mares.
Si todas las progenies son heridas sumergidas en sal,
Si todos los abolengos son espejos de saliva,
Si todas las dinastías nos ofrecen la misma hambre,
Si todas las alcurnias nos mezquinan el mismo pan,
Como las niñas corramos y escapemos hacia el exilio.
Seamos flores anónimas. Seamos vegetales cotidianos.
Y escapemos de los patriarcas. Y escapemos de los obispos.
Y corramos entre las yerbas, sin saber sus apelativos.
LA MAÑANA.
Ya contemplé la primavera de los animales solitarios, de los señores de la noche, de los ángeles enloquecidos.
Acaso porque un sueño tan largo debía oxidar un metal de otros tiempos, una nuez invisible que cayó del espacio.
Era un cereal que rumiaban las vicuñas. Era una maldición que masticaban los loros. Era un almidón que cuidaban los batracios.
Así, miré las plantaciones del maíz indestructible. Así, me pareció que regresaba a las alturas, a las copas del recuerdo.
Ya respiré todo el aire en la cima de un sueño lunar. O tal vez haya sido la visión de otra tierra, que es esta misma tierra,
Nuevamente labrada, después de mil siglos, hasta la sangre del magma o la pomada dormida o, tal vez, la corteza de la maternidad.
Ya disfruté la transparencia de las hojas. Ya padecí la demencia de los talismanes, la lujuria de los acertijos.
Ya pronuncié el nombre de los huracanes. Ya veneré los peligros de la asfixia. Y rodé como una gema carcelaria y poderosa.
Porque en estas comarcas descansa la niebla. Porque en estas chorreras se bañan los moluscos o la gente del futuro.
Así fue esta cabalgata alucinada: Una meditación sobre los cántaros del rayo, una postura de yoga sobre las tumbas de la arcilla.
Pero te juro, Hija de todas las probabilidades, que yo no lo sabía. No sabía que debía mascullar como una cacatúa para encontrarte.
Nunca supe que debía renunciar a los ciclos naturales de la mosca cotidiana. Y aceptar que vivimos en las colonias de la Antártida.
Y vestir este plumaje sanguinario y aguerrido, que presume del silencio. Y calzar estos zapatos, que presumen del abismo.
Regreso de los muelles incesantes. Regreso de los funerales de las iguanas, que demoran cien años. Regreso hasta tu casa.
Hasta la habitación donde se apaciguan las aguas, donde podemos mirarnos con los ojos de las luciérnagas sin sentir ninguna pena.
En esta médula larga y constante, me quedo. En este sendero de harapos abstractos, camino. Porque soy una abeja radiante.
Un convicto de los aceites del cuarzo. Pero soy también un padre que te compra salmueras y vestidos subterráneos.
Aquí está mi legado, para que hables por tu sangre. Aquí está mi palabra, para que hables por la noche, que tanto te entretiene.
Juega con las orquídeas. Juega con las preguntas. Viste a tus muñecas con disfraces que recuerden la justicia de tu madre.
Aquí estaré, en la yerba que no vencerán ni el otoño ni las sequías. Aquí estaré, como un dolor muy dulce y profundo en tus huesos.
Mañana nos mudaremos de este planeta y no volveremos jamás, mi amada niña, porque resulta que la mañana tiene un sonido muy parecido a todos tus nombres, mi amada hija.
Diarios del Paleolítico (2024)
Quito: El Ángel Editor, 2024, pp. 11-12, 18, 19, 20 y 93-94
(Fuente: Óscar Limache)
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