In Memoriam: Louise Glück (1943-2023)
por La Mecánica Celeste

EL IRIS SALVAJE
Los poemas no perduran como objetos, sino como presencias. Cuando lees algo que merece recordarse, liberas una voz humana: devuelves al mundo un espíritu compañero. Yo leo poemas para escuchar esa voz. Escribo para hablar a aquellos a quienes he escuchado.
Louise Glück, Proofs and Theories
MAITINES
Inalcanzable, padre, cuando fuimos expulsados
por primera vez del paraíso, construiste
una réplica, un lugar en cierto modo
diferente, destinado a ofrecer
una lección; por lo demás
era el mismo: belleza en ambos lados,
belleza sin alternativa. Salvo que nunca
supimos cuál era esa lección. Abandonados, nos hartamos unos de otros. Siguieron
años de tinieblas; nos turnamos
para trabajar en el jardín, las primeras
lágrimas colmaron nuestros ojos
como la tierra nublada con pétalos, algunos
de un rojo muy oscuro, algunos color carne.
Nunca pensamos en ti a quien todos aprendimos a adorar. Simplemente
supimos que no es propio de la naturaleza humana amar sólo aquello que nos devuelve amor.
NIEVE DE PRIMAVERA
Mira el cielo nocturno:
en mi poseo dos personas, dos clases de poder.
Estoy aquí contigo, en la ventana,
observando tu reacción. Ayer
la luna se alzó sobre la tierra mojada del jardín.
Hoy la tierra brilla igual que la luna, como materia muerta, encontrada de luz.
Ahora puedes ya cerrar los ojos. He escuchado tus llantos, también
los llantos anteriores a los tuyos,
y he sido sensible a sus demandas.
Te mostré lo que querías:
no la convicción sino el sometimiento
a la autoridad, que descansa en la violencia.
MAITINES
Octubre contigo que eres como los abedules:
no debo hablarte
de modo personal. Muchas
cosas han pasado entre nosotros. ¿O
sólo me ocurrieron a mí? Me
siento culpable, culpable, te pedí
humanidad; no soy más menesterosa
que los otros. Pero la ausencia
de todo sentimiento, de la menor
preocupación por mí… También podría
dirigirme a los abedules
como en mi vida anterior: dejemos
que lo hagan del peor modo, déjale
que me entierren con los románticos,
que sus hojas amarillas y afiladas
caigan sobre mí
y me cubran.
EL JARDÍN
No puedo hacerlo nuevamente,
difícilmente soportaría verlo;
bajo la tenue lluvia del jardín
la joven pareja siembra
un surco de guisantes, como si
nadie lo hubiese hecho nunca:
los grandes problemas todavía
no han sido enfrentados ni resueltos.
Ellos no pueden verse,
en el polvo fresco aún, empezar
sin ninguna perspectiva, con las colinas al fondo, verdes y pálidas, nubladas de flores.
Ella desea detenerse;
él desea llegar hasta el fin,
permanecer en las cosas.
Mírala a ella tocar su mejilla,
pedirle una tregua, los dedos ateridos
por la lluvia primaveral;
en el pasto tierno estrellan rojos azafranes. Aun aquí, aun en los comienzos del amor,
su mano al abandonar la cara
da una impresión de despedida,
y ellos se creen
capaces de ignorar
esta tristeza.
VIOLETAS
Porque en nuestro mundo
hay siempre algo escondido,
algo pequeño y blanco,
pequeño y lo que se llama puro,
no nos afligimos
como te afliges tú,
querido y doloroso maestro; tú
no estás más extraviado
que nosotras,
bajo el espino, el espino que sostiene equilibrados racimos de perlas: qué
te habrá puesto entre nosotras, quién te habrá enseñado, aunque
te arrodilles y llores, a juntar las manos poderosas
en todo tu esplendor, sabiduría
nula sobre el alma y su naturaleza,
que es nunca morir: pobre y triste dios,
acaso no tuviste una
o acaso nunca la perdiste.
VALERIANA AZUL
Atrapada en la tierra,
¿no querrías tú también
ir al cielo? Vivo
en el jardín de una dama. Perdóname, dama;
el anhelo ha robado mi gracia. No soy aquello que querías. Pero
igual que los hombres y mujeres
parecen desearse unos a otros, yo también
deseo conocer el paraíso. Y tu lamento
ahora, un tallo desnudo
que asoma en la ventana del portal.
¿Y finalmente, qué? Una pequeña flor azul
como una estrella. ¡Y nunca
abandonar el mundo! ¿O no es eso
lo que dicen tus lágrimas?
FLORES DEL CAMPO
¿Qué estás diciendo? ¿Qué quieres
la vida eterna? ¿Son tus pensamientos en verdad
tan apremiantes? Es cierto,
tu jamás nos miras, jamás nos escuchas,
en tu piel manchas de sol, polvo
de amarillas copas de oro: te estoy hablando
a ti, que miras fijamente a través de los barrotes de la alta hierba, agitando
tu pequeño cascabel. ¡Oh
el alma!, ¡el alma! ¿Es suficiente
con mirar al interior? Despreciar
por humanidad es una cosa, pero ¿por qué
este desdén por la amplitud del campo?,
tus ojos se alzan por encima de las claras
copas de oro, ¿hacia qué? Tu pobre
idea del cielo: ausencia
de cambio. ¿Mejor que la tierra? ¿Y cómo
podrías saberlo si no estás ni aquí
ni allá, estando entre nosotras.
LA AMAPOLA ROJA
Gran cosa
carecer
de mente. Sentimientos:
oh sí; ellos me gobiernan. Tengo
un señor en el cielo
llamado sol, y me abro
para él, le muestro el fuego
de mi propio corazón, fuego igual que su presencia.
¿Qué podría ser tal glorias
sino un corazón? Oh hermanos y hermanas,
¿fuisteis como yo alguna vez, hace tiempo,
antes de ser humano? ¿Os permitisteis
abriros una sola vez, vosotros
que nunca volveríais a hacerlo? Porque en verdad estoy hablando ahora como lo hacéis vosotros. Hablo porque estoy destrozada.
CIELO Y TIERRA
Donde uno termina la otra comienza.
Arriba, una franja azul; debajo
una franja verde y oro, verde y rosa profundo.
John, de pie en el horizonte: él quiere
las dos al mismo tiempo; quiere
todo al mismo tiempo.
Los extremos son fáciles. Sólo
el medio es un enigma. Pleno verano;
todo es posible.
Ahora lo sé: nunca más se acabará la vida.
Cómo puedo dejar a mi esposo
de pie en el jardín,
soñando esta clase de cosas,
sosteniendo el rastrillo, preparándose
para anunciar triunfalmente este hallazgo
como el fuego solar del verano cuando en verdad se estanca
y se deja contener entero
por los arces que arden
al borde del jardín.
MARGARITAS
Adelante: di lo que estás pensando. El jardín
no es el mundo real. Las máquinas
son el mundo real. Di con franqueza lo que cualquier tonto
podría leer en tu cara: tiene sentido
evitarnos, resistir
a la nostalgia. No es
tan moderno el sonido del viento que conmueve
un prado de margaritas: la mente
no puede brillar al seguirlo. Y la mente
desea brillar con claridad, como
brillan las máquinas, y no crecer hacia lo hondo, como las raíces, por ejemplo. Da lo mismo,
enternece tanto ver cómo te aproximas
con cautela a los límites del prado, de madrugada, cuando nadie podría observarte. Cuanto más te detienes
en la orilla más nerviosa pareces. Nadie quiere escuchar
las impresiones del mundo natural: se reirían
otra vez; acumularían escarnio sobre ti.
Y sobre lo que estás escuchando realmente esta mañana: piénsalo dos veces
antes de contarle a nadie qué fue dicho en este campo ni por quién.
Traducción de EDUARDO CHIRINOS

El iris salvaje. Valencia. Pre-Textos. 1992. Págs. 7, 13, 16, 19, 23, 26, 30, 31, 34, 41.
(Fuente: La Mecánica Celeste)
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