CUATRO POEMAS DE INMEDIACIONES
Recuerdas las ciudades,
algunos cuerpos, lacios con el alba,
desiertas carreteras, frases sueltas
en medio de la noche y del espanto,
verdades como puños al calor del vértigo:
narcosis que anulaba los caminos. Telarañas
de fiebre hilvanan tu pasado a sangre
fría. No viaja la piedad en la memoria ni yugula
la tarde sin fronteras tu nostalgia.
En vano conquistarte nuevos cuerpos, nuevas residencias
de paso, falsedad a falsedad, palabras
obvias y direcciones neutras («admitimos cheques
o tarjetas»). Al cabo de los rostros y los días nada
edificaste, excepto sombras y distancias. Vadeabas
sonámbulo la piel, el río de los muertos, femeninas
orillas, sin parar jamás, gasolineras
al borde del hastío, cruces sin salida, volver
atrás, volver atrás… cuando el regreso es imposible.
Hipnosis de los páramos, recuerdas los trigales
en flor, raquíticos, despeinados al cierzo. Nadie
cosechará tus sentimientos, nadie. Primavera
en zanja, la tristeza de los olmos, luto
los grajos en sus ramas. Recuerdas
las llanuras, sudarios de niebla
en los barrancos, bosques al amanecer
ceniza de las horas tumba, un tedio de canciones
dedicadas. De tarde en tarde su sonrisa
y sin embargo no podías ya
retroceder, su boca estaba zurcida para ti…
y recuerdas el mar, llamándote.
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De fango son los huesos,
de coral las retinas. Dormidos
los pulmones, acaso asfixia. Branquias.
O branquias como esquifes ―un desmayo
de sed, un hilo del prodigio― o sólo barro,
nada ―litoral del Caído―.
Paraíso o infierno.
Estás en la otra orilla, definitivamente
en vela. Si extirparas la memoria
verías lo que nunca entendiste.
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Recuerdas cuando aún vivías, antes
de tu primera muerte. El tiempo elástico
jugaba en las praderas de la infancia, los hombres
en las eras trillaban la miseria
y el trigo. Cuando ―bien o recuerdas―
en noches que los grillos orquestaron
la vida confiscaba los relojes. Más
allá de la conciencia y el dolor dormías
con estrellas, luciérnagas, en el fondo
del mar, a pleno día. No
existía el salario, ni el pecado. Después
vinieron el asfalto, los libros… Las palabras
perdieron la inocencia y el verbo se hizo
carne de mujer. A tu cuerpo se unieron otros
cuerpos, siempre hacia el fraude, siempre hacia
el olvido. Recuerdas en los parques, bajo la luz
cansada, inviernos con pereza.
Salías a las calles a perderte (o quizá para
amar entre paréntesis, íntimamente, el frío
de la helada en los versos
de Jaime Gil de Biedma). Eran
mañanas parsimonia, en los bancos
al sol resucitaban los mendigos, mientras
leías, en el nombre de tu pupitre
con falta, la lección sin horario de la vida.
Recuerdas cuando aún vivías, antes
de amontonar tus muertos, antes.
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Al sol desnudo. Barco
en playa virgen. Musgo y vientre
de los bosques nombrado
por las olas. La luz aquí no quema, congrega,
sacia el hambre, la sed mitiga. Bebe
las horas. Nunca zarpa.
Conjunción sin perfiles. Un silencio
salobre difumina siluetas,
contornos trenza, usurpa escollos. Unifica.
En el cerebro abierta
la espesura, a cercén, los sentidos
al pairo. Inmensidad. La noche
acecha. Mar en calma constelando clepsidras
y gavias. Todo pausa.
Fermín Herrero
Inmediaciones
Fundación Jorge Guillen – Universidad de Valladolid
(Fuente: Papeles de Pablo Müller)

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