martes, 2 de junio de 2026

Mario Jorge de Lellis (Buenos Aires, 1922-1966)

 

 


 

Poema para ser leído en una esquina

 

(Corrientes y Medrano)
 
 
Acá, más acá de este otoño,
más acá de esto vivo, en el hueso, en las venas,
en el fósforo pobre,
en la copa apretada como última moneda,
naciendo y renaciendo
desde llanto y protesta.
Acá, entre calles, rico, inamovible, perfilado
a las tardes sin sol de par en par abiertas,
nombrando a la que muere de amor por un geranio,
viendo crecer entierros, panaderías, sombras llenas;
acá donde se tuerce un sueño a cada luna,
donde se cae de un árbol toda la noche entera
y los años reclaman la sien y la fatiga,
debe de ser leído este poema.
 
Este poema se hizo de muchacha a deshora,
de muriente tabaco, de doce menos cinco, de madrugada
abierta;
se hizo de alcohol posible, de sensorial vestido,
de algo más que corbata y que silueta,
de comentada arruga entre los dedos,
de eso así como pena
puesta a secar, tendida en los rincones.
Se hizo todo de fábula esquinera.
 
Y es para ti mujer adjetivada,
corpiño ya estrenado, ropa suelta.
Para ti que solías rectificar agostos,
doblar grafologías en la mesa.
 
Y es para ti, gandul, noctambulero,
ladrón de cosas buenas.
Para ti, que te vas como un pañuelo
rumbo a un tiempo cualquiera.
Para ti que te fuiste -tan temprano-
sin demostrar maneras.
 
Es para todo el mundo que ha nacido
con la noche arropada a su derecha.
Es para todo acá, es para todo:
gandul, noctambulero, corpiño ya estrenado, ropa suelta.
¿Qué había más allá? ¿Qué había tras la tarde sin sol,
tras el sostén de nada, tras la mueca?
¿Qué había tras las doce menos cinco,
tras el áspero roce de fábula esquinera?
Había multitud -¡qué torpe!-
quemando el primer beso en la risa suelta.
Un crepúsculo amargo que nadie conversaba,
mesas recién servidas, corazones de arena,
generación con saldos venideros,
hombres legales tristes como ovejas,
tarea de vivir o no en el fruto,
arcángeles —tal vez arcángeles- y espejos de solteras
que morían de amor por un geranio.
 
Había apenas eso: mercado, multitudes, polvo y piedra.
Y había más: torpeza, reciedumbre en lo santo,
penumbra ante el dolor y la miseria,
renunciación total frente al vestigio,
sofocamiento de astros y de estrellas,
triunfadora rapiña,
maceración del sol, destierro de la niebla.
 
Pero acá, más cerca de este otoño,
más cerca de esto vivo, más cerca
de una copa y un trébol,
había este poema.
 
Un poema que sale de esta esquina
con una cara sola y descubierta
diciendo simplemente;
gandul, noctambulero, corpiño ya estrenado, ropa suelta.

 

(Fuente: Cecilia Pontorno) 

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