(El libro del Tao)
VIII (XLV)
La gran perfección parece imperfecta,
mas su eficiencia no sufre merma.
La gran plenitud parece vacía,
mas su eficiencia nunca se agota.
Lo más recto (1) parece curvo;
el mayor dialéctico parece tartaja.
El más diestro parece torpe;
lo más completo parece insuficiente.
La agitación triunfa del frío,
el reposo vence al calor.
Quien conoce la reposada quietud,
puede llegar a ser señor del mundo.
X (XLVII)
Sin salir de su propia casa,
Puedes conocer el mundo.
Sin mirar por la ventana,
puedes conocer el dao del cielo.
Cuanto más lejos vayas,
más menguado será tu saber.
Por eso el sabio conoce sin viajar,
distingue sin mirar (2),
realiza su obra sin actuar.
XIII (L)
Vive el hombre entre la vida y la muerte;
de diez, tres (probabilidades) tiene de sobrevivir,
de diez, tres (posibilidades) tiene de perecer,
y tres también son las (posibilidades) de que perezca
el que se esfuerza por sobrevivir (3).
¿Cuál es de ello la ocasión?
Porque se aferran a la vida.
Tengo oído decir que quien sabe guardar su vida,
no ha de menester evitar rinocerontes y tigres cuando camina por los montes,
ni portar armas y coraza en el campo de batalla.
El rinoceronte no halla en él lugar donde cornear,
ni el tigre donde clavar sus garras,
ni las armas donde aplicar su filo.
¿Cuál es de ello la ocasión?
Porque no hay en él lugar para la muerte.
XXVI (LXIII)
Actúa sin actuar,
ocúpate en no ocuparte en nada,
saborea lo que no tiene sabor.
Ten por grande lo pequeño y por mucho lo poco,
responde con la virtud a los que mal te quieren.
Intenta lo difícil en lo fácil,
realiza lo grande en lo menudo.
Las cosas difíciles del mundo comienzan por lo fácil,
y las cosas grandes del mundo por lo menudo empiezan.
Por eso el sabio nunca realiza cosas grandes,
y así es como puede llevar a cabo grandes cosas.
Quien promete a la ligera por fuerza gozará de escaso crédito,
quien juzga todo fácil por fuerza hallará todo difícil,
de ahí que el sabio tenga todo por difícil,
y así nunca tropieza con dificultades.
XXXI (LXXXXI)
Las palabras verdaderas no son gratas,
las palabras gratas no son verdaderas.
El saber no es erudición,
el erudito nada sabe.
El bien no es lo mucho,
lo mucho no es bueno (4).
El bueno no acumula,
obra enteramente para los otros,
y posee cada vez más;
lo da todo a los demás,
y cada vez más tiene.
De ahí el dao del cielo:
traer provecho y no daño;
y el dao del hombre:
actuar y no contender.
XXXVI (LXXI)
Conocer es no conocer,
he ahí lo más excelente.
No conocer es conocer,
he ahí el mal mayor.
El sabio libre se halla del mal,
porque lo padece.
Lo padece,
y por eso del mal está libre.
XLVI (II)
En el mundo todos saben por qué lo bello es bello,
y así aparece lo feo.
Todos saben lo que es bueno,
y entonces aparece lo que no es bueno.
Ser (you) y no-ser (wu) se engendran mutuamente,
Difícil y fácil se producen mutuamente,
Largo y corto se forman mutuamente,
alto y bajo se colman mutuamente,
sentido y sonido se armonizan mutuamente,
delante y detrás se siguen mutuamente,
es una ley constante (heng).
Por eso el sabio se acomoda en el no-acatuar (wu wei),
ejercita la enseñanza sin palabras.
Desarrollándose por sí mismos los seres todos,
y no tienen comienzo;
ayúdales (el sabio) a crecer,
mas no se tiene por su bienhechor;
triunfa en su empeño,
más no se atribuye mérito alguno.
Justamente porque no se atribuye el mérito,
el mérito nunca le abandona.
XLIX (V)
El cielo y la tierra no tienen benevolencia,
para ellos los seres sólo son perros de paja (5).
El sabio no tiene benevolencia,
para él las gentes del pueblo sólo son perros de paja.
El espacio entre cielo y tierra,
¿no semeja acaso un fuelle?
Vacío y nunca se agota;
cuanto más se mueve, más sale de él.
Si mucho aprendes, pronto te verás en mal trance (6),
más vale conservar el vacío interior (7).
LXVIII (XXIII)
Ser parco en palabras es acorde con la naturaleza.
Un viento furioso no sopla toda una mañana,
una lluvia violenta no dura todo el día.
¿Quién hace todo esto?
Si el cielo y la tierra no pueden durar largo tiempo,
¡menos ha de poder el hombre!
Por eso quien se empeña en el dao, únese al dao;
quien en la virtud se empeña, a la virtud se une;
quien se empeña en abandonar, se une a ese abandono.
Quienes se unen a la virtud,
también obtendrán el dao.
LXXXIII (XXIX)
Si alguien desea ganar el mundo y en ello se empeña,
bien veo que no saldrá con su intento.
El mundo,
instrumento mágico,
que no se puede manejar.
Si lo manejas fracasas,
y lo pierdes si lo aferras.
Las cosas, unas veces van delante y otras detrás;
soplan suaves a veces, otras con violencia;
a veces fuertes, a veces débiles,
a veces crecen vigorosas, otras veces decaen (8).
Por eso el sabio rechaza el exceso,
rechaza lo grande,
rechaza el lujo.
1. zhi, derecho. No debe confundirse con yi, recto, justo.
2. Otra posible traducción sería: “aunque no se muestra a los demás, es de todos elogiado”.
3. Shi you san (“los trece”) son las cuatro extremidades y los nueve orificios del cuerpo humano. Otra posible traducción de toda esta primera parte del capítulo sería: Salir es nacer,/entrar es morir./Al nacer, los trece pertenecen a la vida,/cuando se muerte, los trece pertenecen a la muerte./Mas los hombres se aferran a la vida,/hacen trabajar sus trece que van camino de la muerte.
4. Estas dos líneas, de gran carga ideológica y trasfondo social, no aparecían en ninguna de las versiones hasta ahora conocidas. También cabe otra interpretación, y entonces la traducción sería: “El hombre bueno no alardea,/el que alardea no es bueno”.
5. En la antigua China se usaban perros de paja (chuo gou) en las ceremonias de ofrendas y sacrificios. Una vez concluida la ceremonia, los perros de paja se arrojaban al fuego como objetos sin valor alguno. V. Comentario por capítulos.
6. Otra posible traducción: “Cuanto más conocemos, más rápido nos empobrecemos”. En el sentido de que más pobre se hace nosotros el dao.
7. zhong (“vacío interior”) es el mismo carácter empleado por los confucianos para designar el “medio dorado”, pero aquí significa el vacío interior simbolizado por el fuelle.
8. Para traducir estas cuatro líneas hemos seguido el texto A.
Traducción, prólogo y notas: IÑAKI PRECIADO YDOETA
Lao Zi. Barcelona. Alfaguara. 1996. Págs. 93, 97, 103, 129, 139, 149, 169, 175, 213, 223.
(Fuente: La Mecánica Celeste)
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