martes, 10 de octubre de 2023

María Elena Walsh (Buenos Aires, 1930 - 2011)

 

COMPLICIDAD DE LA VÍCTIMA

 

Besé la mano del guardián
y lo ayudé a bruñir cerrojos
con esa antigua habilidad que tengo
para borrar innecesariamente
toda huella de bien habida corrupción.
 
Permití las tinieblas,
rigores me tranquilizaron.
Saludé agradecida
al aumentado déspota
y agité flores y banderas
en honor de su rango
de sembrador de oprobios para prójimos
pero no —quizás- para mí.
 
Odié a las otras víctimas
en lugar de hermanarme
y no quise saber qué sucedía
en el vecino calabozo
o tras los diarios, más allá del mar.
 
Por eso me dejé vendar los ojos,
sencilla y obediente.
¡Es tan dulce la vida sin saber!
 
Acepté el castigo
con hipocresía de estampa
por si lo merecía mi inocencia
y fui capaz de denunciar
no al amo sino a la insensata esclava
que desdeñaba protección y ley.
 
Por pereza me dejé coronar
de puños o serpientes
y admiré sin fisuras
a ujieres y embalsamadores,
el fascinante escaparate de los serios.
 
No supe competir el sufrimiento
y orgullosa de su exclusividad
inventé argucias contra la rebelión
y jamás en sus aguas dudosas me metí.
 
Fui custodia del fuego
-a mucha honra- para pequeños meritorios
y santones cubiertos de moscas.
 
Juro que nunca vertí veneno en su sopa
y en mis tiempos de bruja les alivié las llagas,
favor que me pagaron con incendios
pero yo perdoné
porque ¡es humano quemar!
 
La razón del verdugo
justifiqué callando y otorgando
y preferí durar decapitada
que trascender a mi albedrío
porque la libertad, ya sabéis, amenaza
con alimañas de perdición
como abismos a los pies de un paralítico.
 
Dormí con la conciencia
engrillada pero limpia.
 
¿Qué culpa tiene una sombra?
Quise investirme de prestigio ajeno
y el sometimiento era vínculo
me contagiaba un solemne resplandor.
 
Por eso permanezco
fiel a iniquidades y censores.
Al fin y al cabo me porté bien,
supe negociar
mi pálida y frágil sobrevivencia.
 
 
(Fuente: Alicia Silva Rey)

 

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