domingo, 2 de junio de 2019

Tom Maver (Buenos Aires, 1985)



El Sagrado Corazón


En la sala de techos descascarados
del Hospital Israelita,
mi abuela terminaba de morir.
Cuando fueron apareciendo los síntomas,
pasaba la mayor parte del tiempo dormida
junto al cuadro inmenso
del Sagrado Corazón de Jesús,
rodeada de santitos.

En medio de la sordidez del hospital
y de ese cáncer que la postraba,
quería amparo,
ver ese corazón chorreando una luz
que sus venas aceptaran
junto a las corrientes de morfina,
y no sólo su cuerpo cansado.

Viéndola recordé cuando iba a su casa,
y con la radio prendida que pasaba
de nueve a tres de la mañana tangos y folclore,
me contaba historias de santos populares.
Y de pronto, tirada ahí, casi nunca despierta,
parecía encarnar a la Difunta Correa
secándose en el desierto sanjuanino,
siendo capaz de dar amor
incluso después de muerta,
alimentando hasta la inconciencia
a ese tumor que bebía
del Sagrado Corazón de mi abuela,
hasta quedarse dormidos los dos,
uno en brazos del otro.


(Fuente: Vallejo & Co.)

Gerardo Diego (España, 1896-1987)


Poeta sin palabras

 

Voy a romper la pluma. Ya no la necesito.
Lo que mi alma siente yo no lo sé decir.
Persigo la palabra y solo encuentro un grito
roto, inarticulado, que nadie quiere oír.

¡Dios mío, tu el Poeta! ¿Por qué no me concedes
la gracia de acertar a decir cosas bellas?
Dame que yo consiga -merced de las mercedes-
interpretar las flores, traducir las estrellas.

Yo escucho sus secretos. Yo entiendo su lenguaje.
No el ser sordo, el ser mudo es mi condenación.
Para mi es como un alma dolorida el paisaje
y el mundo es un sonoro y enfermo corazón.

Llevo dentro, muy dentro, palabras inefables
y el ritmo en mis oídos baila sus armonías,
mientras vagan perdidas, ciegas e inexpresables
yo no sé que interiores, soñadas melodías.

Como un niño que tiende sus bracitos desnudos
a las cosas y quiere hablar y no sabe y llora...
así también ante ellas se abren mis labios mudos
de poeta sin palabras que el gran milagro implora.

Tu, Señor, que a los mudos ordenabas hablar,
y ellos te obedecían. Pues mi alma concibe
bellas frases sin forma, házmelas tu expresar.
Ordénale ya "Habla" al poeta que en mi vive.

Juan Manuel Inchauspe ( Sta Fe, Argentina, 1940 - 1991)





Los tuyos

Has llorado, en secreto, a los tuyos.
Lenta, inexorablemente, los has visto partir
alejarse para siempre.
Has sentido, en tu corazón
el desprendimiento de una rama que cae.
Y luego has borrado
las huellas de esas lágrimas,
has contenido en el límite infranqueable
los bordes de tu propio dolor
y lo has devuelto a tu pobre vida,
a los días siguientes, a las horas
para que permanezca allí.
Oculto
como una invisible y constante
cicatriz.



Suave es caer en la habitación
cuando hemos dejado atrás
esta acumulación crujiente de horas
quemadas para vivir.

Suave la presencia de los muebles
la línea de tu nuca acompañando
la inclinación de tu cabeza sobre el libro.
Suave el fondo de mar de tus ojos.

Y más suave la hora —en que ya cansado
pero terriblemente libre— enciendo
la lámpara que apagaré muy tarde.



La palabras que no dije
las que no pronuncié y devolví
al fondo oscuro de mí mismo
me esperan en el camino.

Un día
o una noche cualquiera
no importa el lugar
me golpearán en pleno rostro.



Me voy temprano y regreso muy tarde
cuando la noche ha hecho ya
gran parte de su trabajo
y no queda tiempo para detenerse a mirar.

Así paso los días. Como si lo mejor de mí
estuviera paralizado y muerto
o mejor como si no hubiera existido nunca.

Nada más que este rostro hipnotizado.
Como un pájaro nocturno
alguna palabra escala mi sangre.

Entiendo que debo quemar mis manos una vez más.
Abro el cuaderno y escribo rápidamente.
Todo arde.



Sentado
en un banco de esta plaza
bajo el desamparo de las tipas
leo al viejo Benn.

Dura, puntual, metódica, implacable
dentro de mí
la garra del crepúsculo hace lo suyo.






(Fuente: Caína bella)

sábado, 1 de junio de 2019

Roberto Santoro (Argentina, 1944 - 1977)



Calcomanía

sonríe
dios te ama
disimula
el comisario vigila


Cuadro

Cada vez que hay un problema
el juez levanta el martillo
y el país se hunde
más adentro.


Lluvia en la villa

afuera
el agua cae
de arriba para abajo
adentro
el agua sube
de abajo para arriba.


Verbo irregular

yo amo
tú escribes
él sueña
nosotros vivimos
vosotros cantáis
ellos matan.




(Roberto Santoro, poeta desaparecido y asesinado por la dictadura cívico militar en 1977)

Jorge Aulicino (Argentina, 1949)


7


Nadie mejor que el fresno imita al fresno. Repite
los dibujos su corteza. Un programa binario
los maneja. Este fresno no es idéntico al otro,
pero seguramente iguales variaciones del
dibujo podrían ser encontradas en distintos
fresnos. No pensamos en eso al mirar los fresnos.
Una hoja nada más caída al barro es un mundo
indescriptible, sobre todo en el instante en que
diversas tormentas moleculares comienzan
en la superficie al entrar en contacto con el
barro. Nadie cree que todo lo que sucede
en ese único segundo puede ser narrado.
Nada de un mísero instante puede ser narrado.
Nada, pintado. Sombras doradas las palabras
se tienden sobre el río y le dibujan cortezas
de aquel fresno, que no le rozan la superficie.
Colecciones de poemas entran y salen por
sus bocas, y por las bocas de sus poros y de
sus células. El río da que hablar, pero en la
realidad profunda donde hubo una explosión gris
que le dio nacimiento nadie entra, el río sólo
permite que hagamos las sinuosas realidades,
poemas que no nacen de él y que nos llevan a
remar en cierto cielo de pintura oriental,
como entre camalotes no sostenidos por el
agua sino por la tela blanda de la página,
con microscópicas briznas de corteza que la
amarronan en conjunto, pero son de cerca
puntos oscuros, canoas entre poros, breves
embudos del agua blanca, neutra, resultado
del litigio que hace años mantenemos con el
río pacífico pero inabordable, como
si de materia no fuera.


(De  El Río y otros poemas)

Tom Maver (Buenos Aires, 1985)



Baguala para yaguaretés


Contarse secretos
no las libera del peso que cargan
las mujeres de mi familia,
del aliento que les respira en la nuca,
del yaguareté montado a sus espaldas.

Ninguna hermana o tía,
habla de peleas o golpizas,
nadie se ríe de los celos o vergüenzas
de sus hombres. Sólo se miran.
Son las encadenadas.
Un círculo cerrado en la noche,
a campo abierto.

En medio, un fuego les deja ver
las caras y el pelo movido
por el aliento del animal.
Embrujo sobre embrujo,
empiezan con las bagualas,
de la caja sacan la seguridad
de una curación
a través del lamento,
y cantan con miedo y respeto
y solas.

Entonces los yaguaretés
paran sus orejas
y empiezan a temblar.
Saben que las oyeron
y luego soltaron
los maridos borrachos,
sus queridos autoritarios,
que se ahuyentan
por lo que no comprenden
de ellas.


(Fuente: Vallejo & Co.)

Marcelo Daniel Díaz (Argentina, 1981)


Catamarán

                                                    a Tom Maver


Fotograma: hombre con sombrero de mimbre
entrena a su pájaro en una balsa de bambú.
Es la doctrina del aire. ¿Soñará con un bosque
una cúpula invertida en un espejo de pinos?
Tras el ataque el pescador recoge los peces
en un recipiente de paja. De otro modo
si desata el hilo de su garganta el ave
partirá lejos enfocada en el mapa de ruta
de las migraciones transcontinentales.
En condiciones seguras será como un arqueólogo.
Excavará el terreno, anidará en su propio islote
alejado del gráfico elemental de los ríos
pero en el fondo sabe, como lo saben
todos los pájaros acuáticos, que el método
es inalterable, lo mismo que sucede con
la ingeniería de las represas o el movimiento
de sable de un samurái. De repente
te extraño. ¿Serás el pescador en la corriente
sosteniéndose con una soga en la mano?
Pronto una nube negra, liviana como
una alfombra voladora, estará aquí
y recorrerá tu interior como un collar
un regalo que alguien echó de menos.
 
 
(Fuente: Asamblea de palabras)