sábado, 25 de julio de 2026

León de Greiff (Colombia, 1895 - 1976)

 

 

 

 

A cincuenta años de la muerte de León de Greiff (1976-2026)

RELATO DEL CATABAUCALESISTA (FRAGMENTO)

 

IV

Cuentan, y nunca acaban, que Alighiero

-los más discretos no le dicen Dante-

fizo diez veces más que fago –espero-

reglones cotos. Era asaz constante

para la tersa rima, sin que –es obvio-

desdeñase otras rimas. Era amante

platónico –de juro apenas novio-

de Beatrice impoluta: (lo lamento:

pues Beatrice, sin que fuera oprobrio,

disfrutaba de un póstero opoluento

y de un anverso afín: oh! qué gemelas

proras desafiantes contra el viento,

exhibía adelante! combas velas)

Como añoro no habellas -tarde píace!-

catado, ohimé! Catar questas o quellas

donas renacentistas!  No un apache,

gigoló, pre-macró, Dante: un aedo

puro. De malandrín nadie lo tache.,

ninguno lo señale con el dedo.

Beatrice -impoluta?- era tan fría

(para Dante) que cuando –oh, qué denuedo!-

Su Divina Comedia le leía,

doncella parecía y no madona

docta ya en la sexual artesanía,

como se infiere –Dante me persona-

leyendo del Boccaccio quella o questa

fábula en que la Venus galardona,

con su flor, a la grey rijosa, enhiesta…

Beatrice era etérea -quién lo duda?-

Pero… cuán ígnea! El fauno, tras su siesta

-sino el de Mallarmé- la hubo desnuda

largas horas, si breves, sobre el prado:

Mirándola (1) el ombligo como Buda

se mira el propio? –oh, no! Desaguisado

fuera del tonto –tras de desatento-

concretarse al ombligo más honrado

frente al arqui-anatómico portento

de Beatrice yace y ya anhelosa

de fáunico homenaje vivo y lento.

Oh Beatrice sin par! Lúbrica rosa

cariciosa, cuyos tibios pétalos

entreabríanse lientos… Nadie osa?

Ninguno de los faunos osa? Y rétalos

Beatrice a la lid! –no agota cruenta-:

Qué faunos! Bah! Para el serrallo pétalos

cualquiera Alí que huríes apacienta…

Beatrice quedó mirando al… tálamo,

con tantálicas sedes, irredentea!

Punto se pone aquí. Detente, cálamo!

No ante el tálamo, etcétera, que eludo

por ahora –era un tálamo del álamo-

sino  porque Beatrice es caso crudo.

Se tratará más tarde y pondrá Coda…

Beatrice quedóse en su desnudo,

Lista para lo propio de la boda,

(y en el tálamo sola, sin el otro, epitálamo).

 

V

Beatrice quedóse y en su desnudo, sin

consecuencias mayores, reconociendo su esplín,

rumiando su congoja, mirando su jardín

sin riego, árido, en sicio, tomado del orín:

parará en poetisa –qué lamentable fin!-

En poetisa y sáfica? –No lo quiera Machín!

Ni tan sáfica Safo: Ni en griego ni latín,

ni en etrusco o toscano, bables o papiamentos

macarrónicos, veros urdirá macilentos,

melancóicos, mustios, lúgubres esperpentos,

sino poemas-yambos, definitivamente virulentos

contra los faunos rebolonios, babilanos, papavientos.

No tan sáfica Safo, Beatrice! Qué va! Sin aspavientos,

funcional Hembra! Fémina de femíneos talentos

atán normales: furibunda con la lela faunalia

de evirati, faunalia eunúquea, enervuda animalia!

Beatrice quedóse y en su desnudo, sin parafernalia

y en su sed y en sus hambres ugolinas: Onfalia,

con su rueca, y sin Hércules que en ella hiláse! Afalia,

Beatrice, tan ducha en lances fálicos! Beatrice filofalia,

golosa déllo cual no otra, cual no otra en Italia

virtuosa en tañerlo, o en Galia o en Tesalia (o en Tantalia…)

Beatrice sin huso! Beatrice sin huso,

si con rueca! Dejemos a Beatrice apta y sin uso.

Sigamos el Relato del Catabancabista divagante y difuso.

El tranco sexto ya está próximo. Terminó lo de asuso.

 

VI

Y yo, oh Baruch! voy a viajar, si ignoro

para dónde y por qué. Viajar sin ruta

ni derrota y sin rumbo tras sin meta. Beatrice

quedó desnuda –sin parafernalia

ninguna, ya se dijo- y sin un fauno de provecho, deshojando, anacrónica, despetalando la su dahlia:

no habrá quién de Beatrice se encapriche?

Dejemos a Beatrice yacente y en su lecho,

-“lecho de rosas” de Cuáutemoxin –rumiando su despecho,

mirando –desde el tálamo, viuda- para el techo:

sueña, sueña Beatrice, sueña…: si soy Danáe

cómo es que el áureo chorro en mí no cae?

Cómo no embiste el Toro, si yo soy Pasifae?

Si Europa soy, por qué no embiste el Toro?

Si Leda soy, Leda harto leda, no me explico

por qué, cómo no el Cisne clávale a Leda el pico?

He aquí el toisón, Jasón! Medea soy y te deseo!

Dejemos a Beatrice amalayando el Himeneo.

Tiziano. Danaé

Tiziano. El rapto de Europa

Rubens. Leda y el cisne

Y yo, oh Baruch! voy a viajar. Ignoro

todavía, si iré a Malaca o a Formosa o Mindoro

-por exigencia de la rima- o a Trebizonda o a Borneo,

o a Mindanao,

o a Zanzíbar

-emporio del acíbar

aquéste, y, el de atrás, rima de Haraneo:

a Borneo, Zanzíbar, Célebes o Calcuta

o a Mindanao, viajaré en mi nao,

sin derrota y sin meta, tras sin rumbo y sin ruta?

Voy a viajar. Justo es ya que Noé se suba al Arca

Y a su galera se encarame el Tonto.

Más volveré, Beatrice ojizarca,

Beatrice ojiendrina! Retornaré muy pronto.

Y apenas baje del navío…

 

Obras Completas. Tomo Segundo. Bogotá. 1980. Págs. 251-253.

 

ADMONICIONES Y FACETAS

La charanguilla que periclitara en el preámbulo del año, que era pretexto a desaprensivas logomaquias, ella; al devanar sonámbulo del ensueño en la vigilia ni vigilante, el dulcérrimo dispender del ensueño en la vigilia y al acre recontrapunto. Como para no decir nada ya era útil la charanguilla y para así no enderezar los ímpetus a alquitarallos en forma de poemillas o de favilas que se beben los vientos o de facecias atán facetas manjar del propio regocijo: los poemillas “intemporales” o destemporizados. Cuando el dela charanguilla era poeta todavía, no se había inventado aún entre “nosotros” la poesía o no se la había traído de los cabellos colgada del pico de las cigüeñas. La reinvención o la importación o reincorporación de la poesía o –precisando- de la auténtica poesía, es de data relativamente fresca. Porque antes existía, pero no autorizada, sin el visto bueno o el O.K. contralores o proloritos. Poesía en el limbo o en Babia, porque no habían nacido los futuros dispensadores, ya no del don poético, sino de los cánones sin qua non. Cánones cancrizantes algunas veces y todas las otras memos o infantiles. Los poetas perdían su tiempo y pudieron –mejor pensados- haber guardado en latencia su denominado estro, en espera de que se les desfijara normas, se les marcara rumbos, y se les enseñara que lo poético no existe por fuera de lo hispánico y de lo hispano de las últimas por ahora décadas. Todo lo otro era bárbaro, es decir afrancesado, porque todo lo que no está en castellano (aunque esté en argentino) se da como francés para quienes confunden con el galo todos los idiomas que ignoran a más de él. Rilke y Hölderlin son poetas de ahora porque como “recién” (hará una década) los tradujeron al platense…

Un día de estos se les incorpora Blake.

¿Cuando será que les traducen a Rimbaud y a Apollinaire?

Porque en 1927 les dijeron de Góngora y se le subministraron traducido y explanado ad usum pazguati. Andrés Holguín les mostró de Baudelaire (Baldelario cometiera la torpeza de escribir antes de que Juan Ramón fuera poeta de Nueva York y Platero y yo (después de Jammes).

Los poetetes orondos y fatuecillos, Palemones en cuatro pies sobre la “stella”, distribuyen sus diplomas de doctores o sus cartones de licenciados o sus certificados provisionales de aptitud genial –permiso para ejercer-. Y no vale presentar exámenes ni de validación ni de habilitación… Se le da a quién sea y por aclamación y coreo el exequátur y se les estigmatiza con la divisa, el sello o la condecoración de grado y de hojalata. Héte poeta de buenas a primeras o de pésimas a últimas, por concesión de los Altos Heliotropos sandios y orondos, dueños del Gran Secreto (del secreto de Polichinela).  

Yo no soy literato, pero creí ser poeta, un tiempo. Yo no soy propiamente un resentido: antes bien soy un regocijado, un gozón si no azucarado, ni acaramelado, ni menos almibarado. Pero el caso es que no he logrado adquirir mi diploma, por más que les pongo suplicantes ojos de ternera antes de estar a la llanera y les elevo memoriales con potísimas recomendaciones de los neo-oligarcas –palancas manzanillas-. Ni por esas ni las otras. Héteme no expoeta sino ni poeta: ni cripto-poeta sin conexidades. Voy a tener que dedicarme a dictar literatura desde la cátedra, en cursos no de verano, a base de los conocidos manuales ad-hoc (de esos que evitan el tener que leer las obras y que dan el barniz que –como superficial- se ve más, vale más o más aparenta). Y cuando se dice Literatura se entiende la española, porque los manuales de las otras (y no existentes a la mano) están en francés.

(Nos tiene fallidos el poeta (Leo) decía Barba (Ramón) con su cabrón francés, cuando el poeta (Leo) le decía, en alemán, versos de Goethe).

Yo no soy propiamente un resentido, ni un fracasado, ni un fallido, ni soy otro príncipe de Aquitania, de derruida, atrasada y abolida torre. Los nuevos ricos de la poesía (prosperidad poética a debe –prestámo y arriendo-, inflación: peso desvalorizado etc., tiénenme, es decir, no tiénenme en nada. De donde mi melancolía, mi humor atrabilario, mis colores mortecinos y mi glabra y macilenta estampa. Estoy en los puros huesos, aforrados en pergamino de clorótico marfil. Ya no como, señor de los ejércitos y menos bebo; y lo que sueño no sirve ni para presencia o substancia de un sonetín-oblea, y, cuando velo, se le abaten las velas al mástil derribado. Velay! Et je m´en fiche, vraiment, je m´en fiche et je m´en fous, como un alud de pájaros huaneros… Para fertilizarles el lleco, la “tierra baldía”, el “yermo sin hembras”, la paramera monda, hora y machorra.

Iba en aquestas, patán divertido, cuando irrumpió una tropilla de lacertos seguramente estudiantes en trance de alborada, amanecida borrascosa. Iba todo muy divertido –completamente-. Bien de la tos, basso ostinato, bajo continuo; mejor de la sinusitis que apenas se inicia… Yo no (soy) (fí) sino juglar intermitente y un poetete a ratos perdidos (también) y un redomado perezoso de todos los momentos –para escribir, digo-. Si hubiera puesto en fila todo el disparatorio que estuve a punto de fijar en caracteres perdurables, ora manuscritos, ya mecanografiados, se vería en un brete el señor Aguilar para editar mis opúsculos (papel india) en 20 volúmenes (sin los Apéndices) de tamaño corriente. Y sin contar novelas y mis estudios biogranovelescos y mi monumental “Bárba charanga” ni mis Memorias, que empezaré a escribir el 31 de diciembre del año 2002, al filo de las 12, vísperas del día de mi prematuro deceso. Daré ulteriores explicaciones.

BÁRBARA CHARANGA

BAJO EL SIGNO DE LEO / PRIMER LOTE

SEXTO MAMOTRETO / 1957

Obras Completas. Tomo Segundo. Bogotá. 1980. Págs. 160-162.

 

AFORISMOS Y PORISMAS Y PANTONTO BANDULLO

En una época de cada año me adviene la folía manuseta de fabricar aforismos en serie, como otros señor Le Bon. De ellos unos en prosa llana aforística, de ellos los otros -en clave absconta. Las sucesivas manuscriptas ediciones periódicas de esos célebres, aunque mal conocidos de lo son especializados, centones de aforismos y porismas, desparecieron y desaparecen de la circulación clandestina por mero desgaste y natural uso. No penséis en Quevedo… De mano en mano por el mundo van, iban, fueron, irán con el desgaste lógico.

No todos ellos, los porismas y aforismos refiriéndose, referíanse y refiérense -yse referirán- a temas graves y abstrusos, de pesadumbre kantiana. Los hubo y los habrá humorísticos -en frío-, sardónicos -en gelidez-, irónicos -al clima- y aún descaradamente cómicos e informales. Droláticos o pantontones.

Lo que antecede carece de importancia conceptual, y, como es lo usual por acá, ni va ni viene y en nada encaja ni con nada se conjuga. Pretexto apenas para endilgarle a Pantonto y a quien las lea, algunas muestras de los «Aforismos y Porismas de los Almanaques de un lelo Aprendiz de Brujo.

Estos -no se dude- no están puestos deliberadamente en prosa:

 

Señora Putifar, dáca la capa!

que me llena de polvos la solapa:

cantaba así, en la cima de una ceiba,

desconsolado mirlo, junto a Neiva.

De noche, todos los gatos son pardos,

hasta los bardos camaleopardos:

todos los gatos conservan su pergenio

de gato ilota: hasta el gato de genio.

Poetetes pastueños y yerbales

voicecocean ante los nervales.

Si alguien peta por vida la curuba

se le sirva en barril-tonel-cuba.

De parolas no sólo se abreve

vate macho, señor don Percebe!

 

Los aforismos y porismas puestos en deliberada prosa son muy serios, didascálicos, monitorios y doctrinales (y ahítos de doctrinas): generan el fastidio, suscitan el tedio, «dan el opio» y a la larga y tras uso frecuente reemplazan con ventaja a los llamados «brazos de Morfeo», muy conocidos, no se si de autos. Estoy por dejar para mejor ocasión y en ella ventura, subministrar copias de tales pétreos, plúmbeos, profundos pensamientos perogrullos, que parecen elaborados en serie por el de marras, ya en decadencia notoria.

Sobre los dioses debe lograr el hombre sus primeras y más importantes victorias, dice Gide en «Teseo», y agrega: Vuélve a ti. Porque nada viene de nada: lo que serás se apoya en tu pasado y en lo que eres hoy.

Después de citar a Gide, vuelvo a mí o vuelvo en mí, y dejo en paz aforismos, porismas y moxinifadas. Pero me recito al oído:

Si no ves más avante del naso,

don Bandullo, lamento tu caso…

Don Pantonto Bandullo no es un personaje imaginario -en total- pero tampoco es alias reconocido ni seudónimo de particular perencejo. Don Pantonto Bandullo participa de real y de insensato engendro pigmaliónico. Suelo verme con él -todas las tardes- en un discreto cafetín de extramuros, como ocurre decirse al ubicarles en los novelones -cuando hay muros-. Bandullo y el coronista hoy de turno, entre moka y moka, entre copilla y copilla, se cuentan sus invenciones y mentiras y se las creen, pero no se recitan sus poemillas, porque ahora son bardos en cesación «a divinis» y no la pulsan ni la tañen (alusión a la lira de los liróforos o portaídem). Se ha dado cuenta el coronista, héme dado yo cuenta cabal de que Pantonto Bandullo no e sin tonto ni cabla -en cuanto pinta por descabalado- ni tan ventral, porque es cenceño y enjunto. Descabalado y enteco, pero no peligroso beligerante, como no se aluda a su nariz, ciranesca por antifrasis. Lo romo de su nariz tampoco es cosa del otro mundo. Es un chato como otro, y como es corto de vista -además- no la necesita excesiva para ver más allá de ellas.

Entre copeja y copeja, entre moka y moka se refieren, nos referimos nuestras fazañas. Las de Bandullo también son fazañas intelectuales, metafísicas, pues no las dá de hombre de acción ni de «condotiero» cesante. Es aventurero de escritorio, sedentario y mansueto…, pero pura dinamita -como dicen allende Texas, o como decían antes de la era atómica-. Aventurero o prospector de aventuras hipotéticas, como no las soñó Hércules, que según André Gide en su «Teseo», era bruto (y sin imaginación -agrego por mi cuenta-). Hércules de yapa, se afeminó a los pies de Onfalia, y Pantonto Bandullo, por el momento, carecía de Onfalia -a la mano y su disposición y provista de su rueca.

Alguna vez, si lo tolera la ingnavia, narraré o reuniré en florilegio o antología, fazañas e imaginarias aventuras de Pantonto Bandullo, aventurero teórico de reputación universal, aunque chato.

Entreveraré de mis propias aventurillas y proezas, de las menos librescas y sobrerrealistas, míticas o fabulosas: de las reales, ciertas, veras, evidentes aventuras -en prosa- y fazañas -con fondo musical de bélicas fanfarrias-.

Mientras, y para terminar, otro aforismo:

Que no se me toque,

ee me deje quieto

(para mi coleto:

¿será que me enroque?)

Cuando me provoque: (no cuando me dé la gana sin cuando la gana me incite a ello).

Obras Completas. Tomo Segundo. Bogotá. Ediciones Tercer Mundo. 1980. Págs. 132-133.

 

 

ISIDORE DUCASSE

Para muchos no fue sino un cultor del disparate Isidore Ducasse, Conde de Lautréamont autor de Los Cantos de Maldoror, poema en prosa, y de algunas otras poesías.

Para otros un precursor, un liberador, y uno de los más raros, más extraños y más singulares poetas habidos.

Desdeñado naturalmente por los fautores de antologías, en ciertos casos florilegios muy al pie de la letra etimológica; antologías con hartas más flores de trapo o de cera coloreadas, nimiamente, que no flores del mal, aunque no sean ellas tan bodlerianas.

Aguda fue mi devoción hacia Isidore Ducasse, cuando hice de poeta en años adolescentes, adolescentes además de ponderación y equilibrio, equilibrio y ponderación de que ahora tampoco disfruto.

No sólo en las Antologías sino que ni en los más voluminosos textos de literaturas francesas, inclúyese en la nómina, rica en mediocridades cósmicas, al señor Conde de Lautréamont.

René Lalou si lo cita, y aún refiérese a él en estos términos:

No se osaría predecir la supervivencia sobre todas las revoluciones del gusto a Los Cantos de Maldoror que Isidore Ducasse publicó, con el seudónimo de Conde de Lautréamont, antes de morir a los 28 años. Desde las primeras páginas de ese poema en prosa ya se siente cuáles son las influencias que todavía pesan sobre el joven poeta: está ebrio de romanticismo sepulcral: (grandilocuencia fúnebre de Young y del pseudo-Ossián, satanismo de Byron y de los más tenebrosos novelones). Una furiosa sed de originalidad exagera aún más esa afectación puerilmente sádica; en una naturaleza grotesca cuyo autor es innoble, contempla visiones extrañas: en olas de sangre, entre piojos, vampiros, hermafroditas, invertidos y arañas, el hermano de la sanguijuela dialoga con el sapo, apostrofa a Lohengrin, le hace el amor a la hembra del tiburón y, metamorfoseado en pulpo, desafía a los Dioses. Ridículas en ocasiones, sus descripciones muy pronto vuélvense de una fatigante monotonía: se comprende por qué, en el simpático estudio que Remy de Gourmont le consagró, las citas no pasen del primer canto.

Si se encuentra con una bella fórmula:

“Yo…, yo hago que mi genio me sirva para pintar las delicias de la crueldad…”, ya se apresura a diluirla en triviales explicaciones. Se duda hasta de que merezca el elogio con que atempera su crítica a su héroe:

“Tú espíritu es del tal modo enfermizo, que no te das cuenta de ello, y que crees ser natural cada vez que salen de tu boca palabras insensatas, aunque llenas de una grandeza infernal”.

Y luego, como relámpagos, adviértese en esa obra abortada, trazas de una cierta maestría imaginativa. Su lirismo grotesco estalla en apóstrofes como éstos: Oh pulpo de mirada sedeña y la larga invocación sostenida al Viejo Océano:

Viejo océano! de ondas cristalinas: te asemejas proporcionalmente a esas marcas azúreas que se ven sobre el dorso magullado de los grumetes; eres un inmenso sello azul aplicado sobre el cuerpo de la tierra: amo esta comparación.

Viejo océano: tu forma harmoniosamente esférica que regocija la faz grave de la geometría, no me recuerda sino mucho los ojos pequeños del hombre semejantes a los del jabalí por la pequeñez, y a los de los pájaros nocturnos por la perfección circular del contorno.

Sin embargo, el hombre se ha creído bello en todos los siglos.

Yo supongo, de preferencia, que el hombre no cree en su belleza sino por amor propio; pero no es bello en realidad y él tiene sus dudas… y si no ¿por qué mira él la cara de su semejante con tanto desprecio?

Yo te saludo, Viejo Océano!

Viejo océano! tú eres el símbolo de la identidad: siempre igual a ti mismo.

Viejo océano! tus aguas son amargas. Tienen, exactamente el mismo gusto de la hiel que destila la crítica sobre las bellas artes, sobre las ciencias, sobre todo. Si alguien tiene genio, se le hace pasar por un idiota; si ese otro tiene un cuerpo hermoso, es un horrible jorobado.

Viejo océano!, los hombres, a pesar de la excelencia de sus métodos, no han logrado aún, ayudados por los medios de investigación de la ciencia, medir la profundidad vertiginosa de tus abismos.

Yo te saludo, viejo océano!

Sus enumeraciones potentísimas reavivan en el espíritu la obsesión de los monstruos elementales. Surgen altas imágenes:

“Como un ángulo hasta perderse de vista de grullas friolentas meditando mucho, que, durante el invierno, vuela poderosamente a través del silencio, todas las velas tendidas…”.

Su ironía llega a extrañas sonoridades:

“Tienes un amigo en el vampiro. Contando con el acarus sarcoptus que produce la tiña, tendrías dos amigos”.

Se traslada de un aletazo hasta el fin del mundo. Con Lautréamont penetramos en un reino de lumbres indecisas: a medida que escribo, dice, nuevos estremecimientos recorren la atmósfera intelectual: ya no se trata sino de tener el valor de mirarlos cara a cara…

Tendría conciencia de lo que hacía en estas frases enigmáticas en las que –quizá- existe el genio:

Yo, como los perros, experimento la necesidad del infinito… Yo no puedo, no puedo satisfacer esa necesidad! Yo soy el hijo del hombre y de la mujer, según lo que se me ha dicho…

Eso me sorprende… Yo creía ser algo más.

Hace cien años –el 4 de abril de 1846- nació en Montevideo de la Banda Oriental del Uruguay Isidore Ducasse, Conde de Lautréamont, autor de algunas poesías, de una docena de cartas y de los Seis Cantos de Maldoror, poema inconcluso. En una de sus cartas escrita en París, el 12 de marzo de 1870, le dice a su amigo: “He hecho publicar un tomo de poesías, por el librero Lacroix (bulevar No. 15) Pero, una vez impreso, el editor rehusó hacerlo aparecer porque allí está pintada la vida con colores muy amargos y temía la reacción del Procurador General. Es algo en género del Manfredo de Byron o del Conrado de Misckiewicz, pero, sin embargo, harto más terrible.

La edición costaba 1.200 francos de los cuales ya había dado yo 400. Pero, todo cayó en el agua. Ello me hizo abrir los ojos. Me decía que puesto que la poesía de la duda llega así a un tal punto de acerba desesperación y de perversidad teórica, la consecuencia es que ella es radicalmente falsa. Los gemidos poéticos de este siglo no son sino sofismas horrendos, cantan el fastidio, los dolores, las tristezas, las melancolías, la muerte, la penumbra, lo sombrío, etc., es no querer mirar –de todos modos- sino el reverso de las cosas. Lamartine, Hugo, Musset se han metamorfoseado voluntariamente en mujercillas. Son las Grandes Cabezas Blandas de nuestra época. Siempre lloriquear! He aquí por qué he cambiado totalmente el método: para no cantar sino la ilusión, la esperanza, la calma, la felicidad y el deber”.

Eso decía Isidore Ducasse, en una carta, dos años antes de morir.

En cuanto a sus poemas…: sería interesante leerlos, oh poetas!

Próximamente se tratará de Don Juan en América, o sea las aventuras de un tataranieto de una duquesa inglesa y del Don Juan de Byron.

Advierto que no tengo sino un ojo en medio de la frente! (dice Maldoror)

Oh espejos de plata incrustados en los paneles de los vestíbulos: cuántos servicios me habéis prestado con vuestro poder reflector! Desde el día en que el gato de angora me royó, durante una hora, la protuberancia parietal, como un trépano que perfora el cráneo, lanzándose bruscamente sobre mi espalda porque yo había puesto a hervir en una vasija llena de alcohol a sus pequeñuelos, no he cesado de lanzar contra mí mismo la flecha de los tormentos.

Y ahora un poco de música más apacible.

 

Extravagancia y Capricho, abril 8 de 1946

Edición al cuidado de HJALMAR DE GREIFF

Obra Dispersa. Poesía/Prosa. 1913-1956. Vol. I. Medellín. Editorial Universidad de Antioquia. 1995. Págs. 217-220.

Universidad de Antioquia. 1995. Págs. 217-220.

 

EL ESTILO/LEÓN DE GREIFF (1896-1976)

Por: Fernando González (1895-1964)

Llamo estilo la manera de manifestarse. Hay estilo para montar a caballo, para comer, para caminar, para escribir.

El verdadero estilo consiste en manifestarse naturalmente.

De suerte que cada hombre debe usar y perfeccionar su estilo, aquél para el cual nació. Todo hombre debe cultivar su jardín.

En Colombia nadie tiene estilo porque desde la colonia se ha enseñado a escribir por modelo; ha habido imitadores de los clásicos, de los románticos, de los modernistas, etc.

El pedagogo ayuda al hombre a encontrarse a sí mismo. En retórica, le enseña a cuidar y embellecer sus maneras propias.

Sócrates no se cansaba de repetir que era dirigido por “su demonio”, con lo cual quería enseñar que cada uno debe atender a su propio espíritu y obedecerle, o no será nadie sino un disfrazado.

Con las ideas anteriores hemos llegado al problema de León de Greiff.

 

LEÓN DE GREIFF

Uno de los pocos poetas entre los que hoy versifican en Colombia es León de Greiff, pero sólo en los poemas que ha publicado en Bogotá desde que se fue de Medellín en 1931.

En nuestro concepto, sus producciones anteriores valen muy poco. En ellas era el joven amigo de novedades verbales; carecía de “espíritu”.

En Bogotá apareció en él un “demonio” de honda melancolía, rumiador de anhelos fracasados. Sí; la sugestión que tienen algunos poemas suyos publicados en Bogotá, proviene el fracaso rotundo del poeta en sus instintos fundamentales: Primero. Quiso desde niño viajar y no ha viajado sino al puente Bolombolo, sobre el río Causa, es decir, al solar de la casa, y también a la inmunda Bogotá. Segundo. Quiso ser amado por “mujeres raras y nórdicas” y solo el aguardiente le daba la ilusión de que ellas son la negra pesetera, sifilítica y alcohólica de Bolombolo. Así llegó a los cuarenta años, comenzó a echar barriga y compuso sus versos en que habla de marineros que se embarcan y parten. León se queja así: “No quedó un mal leño para el viaje”. ¡Bello grito!

En algunos de sus poemas llamados “relatos” tiene intimidad con la conciencia humana. Desde este punto de vista es quizás el primer poeta que aparece por aquí.

Hace poco le enviamos a un amigo francés un libro de versos de un colombiano y nos contestó que era ilegible. Casi lo mismo puede afirmarse de la obra de León anterior a 1930. Respecto de los poemas que ha publicado en El Tiempo y en algunas revistas, en Bogotá, son tan perdurables como puede serlo obra literaria. En ellos hay un espíritu que a todos nos hace guiños.

El León de hoy es simbólico, nos despierta ciertas quejas, nos aviva ciertas heridas que todos llevamos ocultas.

Nos deleita este poeta porque comprueba una tesis que nos ha sido cara: que la verdadera poesía nace del sufrimiento que “los buenos poemas” son quejas que lanza en nombre de todos un pobre ser barbón y ebrio cuyos anhelos no se realizaron. León amó desde la niñez a la “gloria”, al “amor”, a los “viajes”, a la “singularidad”, y nada de eso tuvo… Ahora va a tener “la gloria”, la cual no es sino mierda, y tendrá también viajes y amores, pero su vientre tiene ya cuatro arrugas de grasa, como cuatro alforjones y cuando el olfato (sentido de la vejez) le impida amar.

Antioquia 5/1936

 

Revista Antioquia. Medellín. Editorial Universidad de Antioquia. 1997. Págs. 186-187.

LEÓN DE GREIFF (1895-1976)

Por: Eduardo Castillo (1889-1938)

No resulta fácil abordar un comentario crítico en torno de Tergiversaciones, el libro de versos que acaba de dar a la estampa León de Greiff (Leo Legris). Yo lo he leído una vez. Dos veces. Tres veces. Y no acierto a definir la impresión que produce aquella poesía extraña y erudita, a fijar mis ideas sobre ella en una fórmula exacta y sintética. Trataré de explicar mi perplejidad. León de Greiff no es uno de esos metrificadores que halaban con sus producciones el gusto rutinario de la mesocracia leyente. Es un poeta proteico y desconcertante por su inaudito refinamiento y el esoterismo de su arte polifacético. “Multánimes almas hay en mí” nos dice él mismo. Y en realidad no se puede clasificarlo ni afiliarlo a ninguna escuela literaria. Es a la vez, como decía de sí mismo Darío, muy antiguo y muy moderno. En su libro alternan voces y giros noblemente arcaicos con los más audaces neologismos. Y al lado de una canción en que revive la graciosa trovadoresca del viejo mester de juglaría hallaréis una composición de exasperado futurismo. Se trata, pues, de un artista contradictorio, paradójico y a veces extravagante y absurdo que escapa a todo ensayo de captación crítica, a toda tentativa para abarcar los diversos aspectos y modalidades de su talento. De ahí que para aproximarse a él, para ir un poco más allá de la superficie de su obra, sea necesario proceder por medio de ligeros avances sucesivos y de maniobras oblicuas, como hacen los cazadores.

Ni siquiera es posible determinar la filiación artística de De Greiff. Precisamente porque procede de muchos grandes poetas no desciende de ninguno. En su producción se entrecruzan las influencias más disímiles y contradictorias. A veces, como un genuino romántico, irá a los parques a recoger violetas que luego nos ofrecerá en mazos fragantes (“Arieta”, página 139). Y otras veces se complacerá, tal los parnasianos, en tender sobre sus sentimientos la cortina de púrpura y oro del verso suntuoso e impersonal. (“Tiene esa dama”…, página 183).

Pero dejemos que el poeta mismo nos guíe a través de sus dominios.

Estamos en un parque de Watteau. Bajo el éxtasis de una luna finamente gris y rosa, sueñan los surtidores, “los grandes surtidores esbeltos entre los mármoles”. Clorindas, Tirsis y Amintas de cabelleras empolvadas escuchan los madrigales de un abate amlmizclado y libertino. Lejos, entre la fronda dorada por el otoño, suspira una flauta que insinúa en el corazón de los amantes no sé qué deliciosa angusta. Es la sirena verlainiana de las Fetes Galantes.

 

I

En alameda

de ese jardín

cantal el violín

con voz de seda.

De la arboleda

por el confín

habla en Latín

el Cisne a leda.

Más cerca –loca

por el abate-

Clorinda, cede,

cede su boca.

Breve combate.

Todo se puede.

 

II

De este jardín

por la alameda

con voz de seda

llora el violín.

Trágico –al fin-

Pierrot, a Leda

de la arboleda

por el confín,

trata de loca…

Luego la abate

y ella no cede…

Niega su boca.

Rudo combate.

Nada se puede.

Cambio de decoración. Ahora, estamos en un paisaje cándido, elíseo, inmaterial. Bajo el embrujamiento plenilunar, Pierrot canta las endechas de su amor sin fortuna. Y a lo lejos, por entre los pinos argentados pasa la sombra de Jules Laforgue:

 

Di, Pierrot, la serenata,

Pierrot pálido, a la luna,

a l´alba luna de plata.

Di, Pierrot, la serenata.

Canta, dile a la querida,

la serenata dolida,

la llorosa serenta.

Di, Pierrot, la serenata.

La luna ríe, la luna.

Y él se deshace la vida

con el espadín de plata…

La luna ríe… La luna.

Nueva mudanza de escenario. Esta vez se extiende en torno nuestro un laberinto fantástico que se dijera soñado por un fumador de opio o por el cerebro alucinado de un Hoffmann o de un Poe. Entre las ramas de los árboles negros, espectrales, brillan con rodelas de oro noctíluco, los ojos de los búhos. (Aves de blasón lírico de De Greiff, el poeta que los ama por su sabiduría arcana y porque ahondan con ojos zahoríes en las sombras de la noche y del enigma):

 

Por el cansado laberinto

todo era sombra sepulcral,

y era romántico el recinto

como clausura conventual,

y el surtidor cantaba una

sonata trémula y brumal

al disco frío que la luna

mostró en la comba cenital.

Místicos, tétricos, los hondos

búhos señeros, funeral

treno balbucen, y redondos

flechan sus ojos luz mental…

Y el triste poeta doliente

oía el conjunto ritual,

Pierrot lunario y decadente

para su mal, para su mal…

Pierrot decadente y lunario,

ilusorio, sentimental…

Descaecido y solitario

de la Tebaida espiritual…

Pierrot decadente, ilusorio

que divaga por el erial

de este tinglado transitorio

tan grave, serio y tan ritual.

Quizá pudieran señalarse, sin embargo, en la producción de Legris, dos influencias predominantes: la del Poe que escribió los Cuentos de lo arabesco y lo grotesco y la del funambulismo de Teodoro de Banville. Sobre todo esta última. Las piruetas verbales en que se complace el autor de Tergiversaciones y los difíciles dislocamientos y contorsiones de sus versos pertenecen a la más pura tradición banvillesca. Lo mismo que para el cantor galo, para Legris el poeta es un juglar, un payaso que juega con las palabras como los clowns de los circos con sus discos sonoros y sus puñales fulgurantes. Sino que el autor de “Las estalactitas” era un poeta jovial, un optimista bebedor de azul, y el citareda colombiano tiene el cerebro lleno de melancolías y brumosos ensueños. Como el funámbulo de Banville podría de un salto, romper el aro de papel de sus rimas y remontarse a las alturas. Pero seguramente no iría a caer, como el otro, en las estrellas. Caería en la luna, el astro de los locos, los alucinados y los tristes. Porque De Greiff, debido acaso a la sangre de razas norteñas que corre en sus venas, es un soñador pesimista y melancólico. Más acaso. Podría decirse que en algunas de sus poesías ha llegado al más radical nihilismo. Tal ocurre en la “Balada de la fórmula definitiva y paradoja”, poesía de inspiración laforguesca, donde se lee este verso, tan terrible y desolado en su concisión brutal:

Todo no vale nada, si el resto vale menos.

Como veis, Tergiversaciones es un libro aristocrático y refinado que podrá desagradar e indignar pero que seguramente no pasará inadvertido. A mí me da la impresión de un manjar extraño, aderezado con especies fuertes y exóticas. No es para recomendarlo a los que tienen el paladar habituado a los platos caseros de nuestra literatura vernácula. Sólo podrán gustar de él los lectores para quienes el arte es un rito eleusino, únicamente accesible a una exigua minoría de iniciados.

Compilación y prólogo: FERNANDO CHARRY LARA

El árbol que canta. Bogotá. Instituto Colombiano de Cultura. 1981. Págs. 206-210.

 

(Fuente:  La Mecánica Celeste) 

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