«Desaparecida»
Tres días
Día 25
Mis
pies reciben ahora el peso de mi culo como el peso de una carne
cualquiera. Es el peso de la plegaria, el peso y la rabia de creer que
el dios que llevaba en el pecho sobre un medallón de plata y que marcaba
las palmas de mis manos en la infancia puede silenciar ahora cada grito
que sale de mi boca raspando mi garganta y haciéndose un dolor
punzante, desesperado, como si cada sonido pudiera tocar las paredes y
rebotar como otro pedazo de carne.
¿Qué
dios será el que calle los gritos de mi cuerpo, los gritos de mi boca
cuando viene el hombre que son todos los hombres de este infierno,
cuando viene sobre mí, me somete como a un animal suyo, traga de mí como
pescado y me dice que soy una gran sirena muerta, esclavizada a mi
cabello largo entre sus manos, a mi cola quebrada sobre el suelo y
desangrada y otra vez esclavizada a la boca torturadora del hombre que
intenta un beso vulgar sobre la misma cara en la que otro vació el puño y
el esperma?
Mi
rostro deja poco a poco sus facciones bajo las botas que lo pisan. Ya
no hay tacto que no nos regrese a lo que nos han hecho y en lo que nos
han convertido.
Día 34
Dios,
halla esta plegaria entre tanta voz. Halla este cuerpo condenado y
bésalo para que encuentre la muerte y con él sus heridas. Halla también
el cuerpo del hombre que se hizo mi marido en tu palacio cuando yo
llevaba un vestido blanco. Acribíllalo en la noche con el arma de otro,
dale la muerte por la que rogamos todos y entiérranos juntos para que
pueda ir nuestra familia a dejarnos una gran flor y llorar nuestro
encierro, tortura, humillación y cada pálpito desesperado de cuando se
acercan. Oh, Dios, cuán sagrado es ahora el pasado, la sonrisa de mi
esposo, la de mi madre y mis hermanos. Son luz cuando cierro los ojos,
son una mañana soleada antes de que ellos y sus risas caigan sobre mi
cuerpo con su propia oscuridad.
Día 44
Han
hecho de mí la fotografía de la que ruega juntando las manos y cerrando
los ojos. Han hecho de mí la torpeza fría de la que ofrece el cuello.
Sueño que es arrancado, rueda e intenta una oración, acaso la última.
Sueño que el corazón sigue latiendo con fuerza y porque pronto dejará de
hacerlo para terminar con el cuerpo: hervido para arrancar de él todo
olor a infancia, para arrancar de él toda pureza, enterrarlo y rodearlo
de flores insanas, hierbas y espinas. Mi cuerpo terminará así, siendo un
objeto curioso cuya cabeza pueda mostrar una sonrisa rodante, de ojos
abiertos, viendo por última vez el patio donde creció entre hormigas
negras y huertos fértiles sin darse cuenta de que es la misma celda
marchita y hecha charco de orín de los últimos días. Despierto y la
cabeza humana sigue en su lugar con las heridas y el caminito de sangre
que termina entre mis pechos porque han roto mis labios cuando
intentaban una maldición que parece haber alcanzado mi cuerpo antes que
sus almas.
2025
(Fuente: Descontexto)

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