PRIMAVERA Y OTOÑO
(A una muchacha)
¿Por qué te apenas, Margaret, al ver
la Alameda Dorada deshojarse?
¿Cómo puede tu pensamiento en flor
preocuparse por hojas
como si fuesen un asunto humano?
¡Ah! Cuando envejece el corazón,
asiste indiferente a esos otoños,
y no malgasta en ellos ni un suspiro
cuando el mundo se mustia y luego cae
hecho muertos pedazos.
Algún día, no obstante, llorarás
por cosas que sabrás perfectamente.
Pero ahora, muchacha, da lo mismo
el nombre que les des,
pues sólo hay una fuente de dolor.
Los labios y la mente nunca pueden
expresar lo que ha oído el corazón,
decir lo que el espíritu adivina.
Pues para esta tristeza nació el hombre,
y sin saberlo, Margaret, por eso
tú también te entristeces.
RAMAS DE FRESNO
Nada de lo que veo, rodando por el mundo,
nutre más el espíritu o alienta hondas palabras
que un árbol con sus ramas abiertas hacia el cielo.
Estas ramas de fresno: si apretadas y firmes en invierno,
en tiernas crestas de húmedas pestañas se despliegan
y anidan nuevas en los cielos altos.
Ellas tocan el cielo, tamborean; ¡cómo arañan sus garras
la espejeante bóveda enorme del invierno! Marzo en ellas
funde nieve y azul, y un hilo roto de verdor ajado.
Es nuestra vieja tierra aupándose, escalando a tientas
al escarpado cielo de quien nos ha engendrado.
EL MAR Y LA ALONDRA
A mi lado dos sones muy viejos, inmortales.
A la derecha, olas rompen contra la playa
con un vaivén crispado o silencioso,
eterno mientras crezca la luna o se retire.
A izquierda, desde tierra, oigo subir la alondra.
Su alborotado, fresco acorde serpentea
en rizos, libre, y gira en remolinos, y derrocha
su música y la vierte, hasta agotarla toda y consumirse.
Ellos dos avergüenzan nuestra ciudad trivial.
Claman contra este tiempo turbio y sórdido.
Y nosotros, orgullo de la vida y ansiosos de corona,
perdimos la alegría, el esplendor primero de la tierra.
Nuestro ajetreo y descanso se deshacen, y el polvo
deprisa fluye al barro original del hombre.
(Fuente: Henderson Espinosa)
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